Traficante de sentimientos

Pelirroja.





A eso era a lo que te dedicabas los viernes noche, entrando de bar en bar, de vida en vida, de alma en alma y de boca en boca. Nada te importaba, aquel era tu trabajo, maldito manipulador de sonrisas. Agitabas el aire a tu paso, se suponía que regalabas miradas profundas a cualquier jovencita que se atreviese a aguantarte la mirada ¡pero bien caras que las cobrabas luego! Te observaba cada noche, tu trapicheo continuo de susurros bonitos al oído que no eran más que una sarta de mentiras y en media canción de sonido atronador ya tenías el número de teléfono de la morena escrito con su pintalabios en tu espalda. Ah, es cierto, me he saltado el paso en el que se supone que ella(s) te arrancaba(n) la ropa. Te mudabas de bar y cambiabas tus armas, las miradas abrasadoras se convertían en suave caricias de tu lengua sobre el labio inferior. ¡Cómo te devoraban con la mirada aquellas malditas hormonas humanas! Que te encantaba jugar con sus sentimientos, sonreírles con tu habilidad traicionera, de gato malicioso para que se acercaran y cayeran en tu trampa. ¡Vaya montón de tontas! Semejante dios bajado del Olimpo jamás podría rebajarse a esa escoria de faldas cortas ¡pero bien que se lo creían ellas! Acostumbraba a reírme cuando llegabas al último bar, lleno de carmín en los bordes de la camisa y con cara de cansancio. De aborrecimiento de la vida, que sé que hacías todo aquello para odiarte más a ti mismo, puro masoquismo llevado al extremo. Odiabas tu existencia, desde tu maldito cuerpo a cada uno de tus recuerdos. Te acercabas a aquellas muchachas con el único afán de seguir llenando tu lista de pecados cometidos para asegurarte un lugar en el infierno al que creías con creces que pertenecías. Y te tirabas en los sofás de charol, rojo putón, del bar de la esquina más mugrienta de toda la ciudad. Pedías lo primero que se te viniera a la cabeza que te mordiera un poco en la garganta y esperabas a que llegara yo, para relatarme a la perfección lo que yo misma había visto con mis propios ojos. Luego, como siempre, me suplicabas que te matara, que desfigurara tu cuerpo para no ejercer aquella atracción hacia cualquier cuerpo con curvas. Pero no, cariño, no tenía pensado (ni tampoco lo tengo pensado) llegar hacerlo algún día. Que te sirva como lección después de maldecirme a que te amara por toda la eternidad y que de rebote te tocara a ti lo mismo. Sí, yo sufro viéndote con todas esas pelandruscas pero mayor es la satisfacción de saber que yo soy la única que deseas. Y no me puedes tener, por mucho que me desees por mucho que te desee. En este caso, el odio le va ganando la batalla al amor. 
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Mimos y aspirinas ¡nuevo blog! 

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8 comentarios:

  1. esta historia de trafico de sentimientos me cautivo...

    a partir de ahora creere firmemnt en todas las malas de los cuentos :)

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  2. Ambrose, sabes lo que opino de tus historias , así que no me pondré ni pesada ni repetitiva XD

    Besos de neón.

    http://leanansidhe-blackroses.blogspot.com/

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  3. ¡Me alegro de que os haya gustado! : D
    La verdad, me huele a historia larga.

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  4. ¡Qué bien huele entonces!

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  5. Embriagador, muy bueno.
    Me quedo leyendo por aquí...
    Enhorabuena.

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  6. Relato enfermizo.

    Psicópata más que traficante.

    Me gustó mucho!.

    Saludos...

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  7. Me vuelve loca y no he podido evitar acordarme de Alaric, enserio.
    muá : D

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