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Me gustaba mucho dormir contigo, Aleksi, acurrucarme sobre tu pecho y taparme hasta la nariz. 

Oh, sí, como me gustaba dormir acompañada. 
No lo supe hasta tiempo después, cuando mi cama de matrimonio se me quedó grande. Solía dormir en el medio, hecha un capullo de mantas pero nunca llegué a florecer, jamás salió la mariposa que guardaba  en mi interior. Se debió de perder entre el dolor que guardaba en el pecho y mis costillas fueron su jaula. 

Pobre mariposa. Pobre yo. 

Pero eso fue más tarde y ahora recuerdo lo que me gustaba dormir abrazada a ti. Lo mucho que lo extraño a veces. 

Y no sé porqué hoy Wint y yo nos parecenos tanto. 
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Fuimos unos amantes doloridos.
Nos habíamos querido con pasión, con odio, con cariño y con terror. Habíamos caído en una vorágine de sentimientos de la que no podríamos salir sin arrancarnos la piel y los sentimientos. Tratamos de escondernos de lo que nos unía (más yo que tú) y tratamos de huir (más tú que yo). Me quisiste dejar una y mil veces, tanto plantado como en vida y ni aún así fui quién de darme cuenta de que lo que yo más quería estaba sangrando en cuerpo y alma, que debía ser yo quien curase y cerrase aquellas heridas de por vida.

Y aún así tu amor por mí jamás murió, ni se hizo pequeño, se alimentaba de tu pena y eso era lo que le hacía seguir viviendo. Jamás entenderé porqué fue así y por qué no me has dejado marchar hoy. Por qué te agarras a mí como si fuese a evaporarme en cualquier momento. 
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Han pasado más de dos años y quizás sea un poco tarde pero voy a escribir una vez más sobre Aleksi y Wint. 



Fuimos los amantes más sangrantes conocidos, derramadores de las lágrimas más saladas y tristes que se han visto en la faz de la tierra. Fuimos absolutos amantes, fuiste un tremendo mentiroso y yo, seguramente, el alma más desgarrada que se ha paseado por las calles del planeta. 

Todavía tengo esquirlas de dolor clavadas en el corazón, muy profundas y que mantienen viejas heridas abiertas, en carne viva, sangrando. Pero ahora mismo no me importan mucho, me encargaré de sanarlas con un poco de Betadine cuando esté en el sofá de mi casa, tranquila, relajada, sabiendo que estás bien. Que por mucho daño que nos hallamos hecho me sigo preocupando por ti, con cada trocito de mi corazón que has dejado magullado y destrozado. 

Ahora mismo estoy sentada en la sala de espera del hospital, fría y blanca como la nieve. El olor a desinfectante se me clava en la nariz y hace que me pique pero no soy capaz de rascarme ya que mis manos están muy ocupadas tabaleando nerviosa y frenéticamente sobre mis rodillas. Te han sacado de la ambulancia en una camilla, de esas que hacen ruido con las ruedecillas como en las películas y han corrido hacia un box. A mí me han dejado plantada frente a la entrada de las urgencias, con la mirada clavada en la puerta por la que has desaparecido con un sonido opaco de las puertas al cerrarse. Creo que ha venido una enfermera, casi ya una ancianita y me ha traído a esta sala. Me ha estado hablando con todo suave pero no recuerdo con claridad sus palabras, supongo que ha intentado tranquilizarme. 


Te imagino a ti, en la misma tesitura en la que estoy yo ahora, con la mirada perdida en la pared y esperando a que saliese un médico vestido de verde a decirme que todo estaba bien, que todo iba a estar bien. Hace daño esta incertidumbre, esta culpa por no saber lo que venía cuando te desvaneciste en mis brazos, por no saber que de verdad te estabas yendo de mi lado y pretendías que fuese una despedida final. Y es que tú no eres el único malo de esta historia. Mi forma de devolverte la jugada, el dolor que me provocabas con cada perfume de mujer en tu ropa no era comparable a esta eterna espera con olor a hospital y miedo. Debemos cambiar muchas cosas, tú, el pasado y yo. 


Es ahora cuando el médico, bajito y vestido de verde, con aspecto de duendecillo, que sale de la habitación donde te has metido y se dirige hacia mi sacándose su mascarilla. Sus pasos se me hacen infinitamente lentos, como si quisiese hacerme sufrir ¿por qué no venía corriendo? ¿Es que a caso traía una mala noticia? Mi corazón se golpeaba fuertemente contra mis costillas sin que yo pudiese hacer nada por calmar esos fuertes latidos y mantenerme respirando a la vez. El hombre se sentó a mi lado, con cuidado, como si le doliesen las piernas o quizás era dolor de corazón por la noticia que me tenía que dar. 


-Debo decirle que su novio ha tenido mucha suerte.


Mi novio. Mucha suerte. ¿A caso era esto algún tipo de alucinación? Aleksi y yo nunca habíamos sido novios, habíamos sido mucho más que eso, más doloroso y más pasional. Límites desconocidos en la palabra novios, en realidad, en ninguna palabra existente. Simplemente éramos él y yo. Sin sinónimos. Sin antónimos. ¿Y suerte? ¿Alguna vez habíamos tenido suerte alguno de los dos? Habríamos tenido suerte si jamás nos hubiésemos cruzado uno en el camino del otro, eso habría sido una fortuna incomparable a cualquier montaña de oro.


O no. O quizás no. Igual era una segunda oportunidad u otra burla del cosmos contra nosotros. Más dolor, más lágrimas y mucho, mucho más sufrimiento el que nos aguardaba. Pero daba igual, fuera lo que fuese, no he llegado a la conclusión mientras corro, con los gritos del médico persiguiéndome, indicándome que no puedo entrar en el box. Pero ya da todo igual mientras te estrujo en mis brazos, rodeados de cables y vías. Tal y como hacías tú conmigo. 

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¡Trocito especial de cumpleaños para estos dos!
Hace justo un año era la primera vez que colgaba algo sobre ellos 
así que os dejo el como se conocieron
Y Feliz Cumple a mí Lau (L)
(no os asustéis por lo largo que es)
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Esencias para no dormir



Son las diez menos tres minutos, las nueve cincuenta y siete, en cristiano y parece que el tren que me lleva a casa no quiere aparecer. La estación está bastante solitaria, como de costumbre. Tres jubilados que conversan sobre el partido del día anterior, un nervioso hombre de unos cuarenta y tres años que no deja de mirar cada dos por tres su reloj, una pareja que se dice cosas bonitas al oído y yo, separada ligeramente de la zona de los asientos donde se encuentran todos, sentada en el suelo con la música haciéndome doler los oídos. No es que me automargine, la sociedad lo hace increíblemente bien con los que somos diferentes. Supongo que no les gusta mi aspecto, que se basa en pantalones rotos por mil y un sitios, camisetas de grupos que nunca han oído hablar de ellos y un aspecto un tanto desaliñado, pero no te creas que soy una descuidada. Me hago a la idea de que me espera otra de esas largas noches esperando por el maldito tren y con el frío de este febrero estoy empezando a preocuparme por si se me congelan los dedos de los pies. Nada podía presagiar tu entrada en aquella descuidada estación, pero todo el mundo se gira hacia la puerta y observan como entras con paso decidido, avanzas hacia el final del pequeño andén y te tiras junto a una de las columnas con cara de pocos amigos. Te miro fijamente durante unos segundos, sin querer. Pantalones negros, botas militares, chaqueta de cuero y una increíble melena rubia y lisa que sobrepasa tus hombros; por no hablar de la guitarra. Por supuesto, la gente ya ha empezado a comentar por lo bajo, y no es para menos, eres nuevo en nuestra querida estación. No me doy cuenta de que te llevo mirando fijamente durante unos minutos y se me para el corazón cuando me diriges una mirada de ira a unos diez metros de mí. Miro para otro lado, arrepentida, sé que no tengo porque meterme en tus asuntos. Se ve a leguas que estás profundamente cabreado y más cuando abres tu paquete de cigarrillos, te das cuenta de que está vacío y que no hay ningún sitio cerca en el cual comprar otro. Desde mi posición oigo el gruñido de furia que sale de lo más profundo de tu alma, pero mantengo la vista fija en el suelo, no quiero ser molesta. Sé que me quedan tres cigarros en el bolso y que por hoy ya he fumado demasiado, pero no quiero parecer una entrometida. Pasan los minutos y me doy cuenta de que llevas inmóvil desde el momento que llegaste. Si es mono lo que tienes, debes de estar bien fastidiado. Suspiro lentamente mientras que recojo mis cosas del suelo, me saco el valor de los bolsillos aunque sea y me acerco hasta ti. Subes lentamente tu mirada desde mis pies hasta mis ojos, pero no para evaluar mi cuerpo con una mirada lasciva ni nada similar, supongo que intentas averiguar quien es el loco que se ha atrevido a acercarse a ti con la rabia que irradias. Te tiro el paquete de tabaco y no dudas ni un solo instante en servirte tú mismo. Sacas el mechero de la chaqueta y le das la calada más honda que jamás haya visto. Echas tu cabeza hacia atrás lentamente mientras que expulsas todo el humo, haciendo que tu pelo se mueva acorde con tus movimientos y terminas por dedicarme una sonrisa de medio lado que seduciría hasta un frío bloque de hielo; que me sedujo a mí, que ya es decir.
-Aleksi –te presentas y me tiendes el cigarro para darle una calada. Es tentador y más si pensamos que proviene de tus labios.
No sé en que estoy pensando, me he vuelto loca por completo. Niego con la cabeza e interpretas que no quiero y apuras otro largo trago de aquel vicio.
-Wint –susurro y vuelves a sonreír al escuchar mi nombre, pero no haces preguntas al respecto-. De winter –te explico aunque no me lo hayas pedido.
-Si buscas algún tipo de compañía, ya sea social o carnal –dices con una ligera risa-, no es el momento ni el lugar. Te agradezco el cigarro, pero no estoy de humor para nada. Quizás otro día –vuelves a subir tu mirada por mi cuerpo, esta vez de forma más seductora-, podríamos tener una pequeña charla.
Te miro con una ceja alzada pero termina por escapárseme una pequeña carcajada.
-Hombres… -siseo mientras que me doy la vuelta-. Sois todos iguales.
-Seguramente, pero ninguna mujer tiene un cuerpo como el tuyo –dices elevando un poco la voz, aunque sólo yo sea capaz de oírlo.
Sin girarme, te dedico un corte de manga y me voy hacia la civilización si se le puede llamar así, claro. Por suerte o por desgracia el tren llega pasados tres minutos. Entro en el segundo vagón y busco un sitio junto a la ventana, es lo único que me relaja al ir en tren. Te veo entrar en el mismo vagón por la puerta del fondo y con un suspiro de resignación avanzo con rapidez al sitio que quiero. Con un poco de suerte, no verás el único asiento libre que está junto al mío; pero desgraciada mi suerte o veloz tu mirada, me has visto a mí y al sitio libre. No hace falta que me gire para saber que caminas hacia allí, con una asquerosa sonrisa de triunfo en tus labios.
-¿Está ocupado? –preguntas con una pequeña carcajada-. Bueno, no sé porqué pregunto, está claro que no –dices mientras caes sentado en el sillón.
Hago caso omiso a tus comentarios y fijo mi vista en el andén, a la espera de que el tren arranque de una vez. No sé que narices has hecho, pero estoy nerviosa como no lo había estado en mucho tiempo.
-Háblame de ti, muchacha –giras tu cabeza hacia mí y sonríes. Estoy completamente segura de que sabes lo que puedes lograr con ella-. ¿Qué haces aquí, qué música te gusta, qué te gusta…? Y ya sabes a que me refiero.
Te fulmino con la mirada, pero me arrepiento casi al instante. No me había fijado en tus ojos claros. ¿De dónde diantres has salido?
-Me gustaría que te estuvieses callado. Siento decirte que pierdes todo tu… encanto, atractivo o como lo quieras llamar cuando abres la boca –miro al frente, ahora estás empezando a irritarme.
-Como quieras, nena –noto cierto resquemor en tu voz, pero tengo muy claro que no te vas a rendir tan pronto.
El tren arranca por fin de la estación y suspiro lentamente, aún queda todavía una hora de viaje. Es lo malo de vivir en una ciudad e ir a clases a otra. Como siempre fuera de casa, pero el viajecito de la mañana y de la noche no me lo saca nadie, aunque el de hoy va a hacerse más interminable de lo normal. Los minutos pasan lentamente y cada vez se va apoderando más de mí esa sensación de tener que hablar, como cuando vas en el ascensor con algún vecino y tienes que decir algo, ya sea del tiempo o de la noticia más hablada. Suspiro y me giro hacia ti, para darme cuenta de que llevas todo el trayecto mirándome (ya que no he notado que te hayas movido ni un ápice).
-¿Qué hacías? –pregunto un poco de mal humor, aunque no  fuese eso lo que te iba a decir en un primer momento.
-Mirarte –respuesta precisa. Haces que me sonroje.
-¿Y por qué se supone que lo hacías? –te has llevado mi mal humor, de repente, sin que me haya dado cuenta si quiera.
-Estás buena, ¡perdón! –rectificas casi al instante-, eres ¿guapa, bella, bonita? No me pega decir esas cosas. Estás buena –reafirmas.
Me río, a lo menos resultas algo simpático.
-No, no creo que te pegue mucho.
-Ahora es cuando tú me devuelves el cumplido –sonríes.
-Ahora es cuando tú dejes de ser un egocéntrico –te digo y me río-. Quizás no seas mi tipo de chico.
-¿Me has visto bien? –dices sonriendo y pasas tus manos por tu pecho, como enmarcando tu figura-. Soy el tipo perfecto para cualquier mujer.
-Reitero lo dicho. Cierra la boca o perderás la poca dignidad que te queda –me giro hacia la ventana. Vuelvo a estar molesta. Resultas realmente estúpido.
-Está bien, me haré el intelectual contigo. ¿Has oído lo de la caída de la bolsa? Este mundo va de mal en peor. Lo que los gobiernos deberían hacer… -te ves interrumpido por una ruidosa carcajada mía.
-Tampoco lo intentes por esa parte. Hoy no vas a follar, o por lo menos no conmigo, cariño –digo riendo mientras me giro hacia ti de nuevo.
Pones cara de pena pero algo atraviesa tu mente rápidamente.
-Está bien, si no es hoy, mañana –te ríes y yo suspiro, al ver de la forma en que has interpretado mis palabras-; pero a partir de las nueve, que tengo ensayo.
-Por supuesto, a las nueve y cuarto en la puerta de mi casa –ironizo mientras que vuelvo mi mirada a la vía del tren. Ignoro por completo la tonta sonrisa que has puesto.
Nos quedamos en silencio durante un rato. Se escucha el tintineo del tren sobre los raíles y un murmullo de música de alguno de los pasajeros. Te vuelves a girar hacia mí y clavo la vista en el asiento de delante, no sin antes soltar un largo bufido.
-Me gusta tu pelo –atrapas un mechón y lo acaricias con delicadeza, casi increíble-. ¿Es natural? El color, me refiero.
-No, me dedico todas las mañanas a pasarme un rotulador por el pelo –vale, acabo de ser extremadamente borde y parecías decirlo en serio-. Perdona, sí, es natural –rectifico, aunque no sé si a tiempo.
Asientes levemente con la cabeza y sigues mirando al frente. Distraído, sacas el reproductor de música del bolsillo, te colocas los cascos con parsimonia, como si me estuvieses recriminando con tus actos que tuvieses que llegar a aquel extremo porque no te hiciese caso. La música estalla a un volumen extremadamente alto y en un acto reflejo casi, te quito los cascos de un manotazo. Pones cara de dolor y te frotas el oído izquierdo.
-¿A caso quieres quedarte sordo? –te regaño. Vaya, parezco tu madre.
-No, no está entre mis planes de futuro. ¿Algo más que objetar? –dices mirándome con el ceño fruncido, parece que sigues enfadado.
-¿Y qué es lo que entra dentro de tus planes de futuro? –te pregunto, intentando remendar un poco la situación.
-¿Hoy, mañana o en un futuro mucho más lejano?
-Me conformo con el hoy –te digo, quizás si hablas de algo se te pasa el mal humor. La verdad, no me gusta nada que la gente tenga esa actitud conmigo; lo normal, supongo.
-Llegaré a casa, discutiré con mis padres, gritaré, daré un portazo, encenderé el ordenador y pondré la música lo más alto posible. Luego me acordaré de ti, de esta conversación y sonreiré –y en efecto, eso es lo que haces en este mismo instante.
-Lo tienes todo bastante claro, ¿sueles acertar?
-Hoy es fácil dar en el clavo. Hace tres días que debía haber vuelto a casa –ríes y a mí se me abre la boca formando una o perfecta.
-¡¿Tres días?! –levanto el tono de voz casi sin darme cuenta-. ¿Qué diantres has estado haciendo?
-Sex, drugs –sonríes de medio lado- and heavy metal.
-Está más perdido de lo que realmente aparentas –digo riendo-. ¿Cuántos años se supone que tienes?
-Diecinueve apestosos años y sí, aún sigo estudiando –contestas-. ¿Y tú, bonita?
-Dieciocho alérgicas primaveras y con todos los cursos al día –te ríes, al igual que yo.
Asientes y sonríes mientras que vuelves a guardar el reproductor de música. Te quedas unos instantes mirando hacia el bolsillo y finalmente vuelves a girarte hacia mí. Inclinas la cabeza levemente, me giñas un ojo y pareces esperar que diga algo –y la verdad es que me veo en la necesidad de ello.
-¿Por qué estabas tan enfadado antes? –digo lo primero que se me ocurre.
-Problemas con la banda –te pones serio, perdiendo la felicidad de la sonrisa-. No se lo toman nada en serio, siempre están con las mismas tonterías y termino por hartarme.
-Seguramente tú no hagas de sus tonterías –ironizo y me río suavemente.
Frunces el ceño para terminar mirándome con una ceja alzada.
-¿Crees que busco la fama, conseguir miles de millones de euros y a la tía que quiero en mi cama en el momento que me plazca?
-Exacto.
-No te equivocas –dices riendo y yo también rompo en carcajadas-, pero no está entre mis principales aspiraciones. La música es lo único que me interesa en esta vida y haré todo lo posible por vivir de ella. Y tú, Chicafría, ¿qué es lo que te gusta hacer en tu tiempo libre?
-Fotos, cine –digo sonriendo con cariño-, suelo perder el tiempo en esas tonterías. A veces hago pequeños cortos con ideas que se me vienen a la mente.
-¿Alguno interesante? –levantas una ceja, pero hago como si no hubiese notado el todo seductor de tu pregunta.
-Mi favorito es uno que he hecho con unos dibujos de papel recortados. Los iba colocando con diferentes fondos e incluso les ponía diálogos –río, por experiencia sé que aquellas cosas no le interesan a nadie.
-¡Genial! –dices, a falta de una palabra mejor para poder describir aquello que no sientes por mis hobbies-. ¿Y qué tal de novios? –cambias de tema en menos tiempo del que dura un parpadeo y además me hace gracia, suena como las preguntas que te suele hacer tu abuela.
-Realmente bien o extremadamente mal, depende de por donde se mire. Debo de tener unos cuantos miles de pretendientes, pero en el vistazo que he echado no hay ninguno que me haya llamado la atención –río, en verdad es que los chicos más próximos a mí son mis amigos, y son más de monte que las cabras.
-Está claro, que eso es porque aún no había llegado yo. He venido para romper los moldes, cariño –sonríes, otra vez, con esa maldita sonrisa.
-Eso ha sonado muy… Terminator –ambos reímos, al fin y al cabo el viaje no está resultando tan malo.
De repente resoplas y echas la cabeza hacia atrás, reposándola contra el asiento. Te has movido rápido, revolucionando el aire de nuestro alrededor. Me llega tu fragancia hasta mí, dioses, es una mezcla de tabaco y colonia, dulce pero muy masculina. Fantástico. Suspiro y veo como te pellizcas el puente de la nariz.
-Que pocas ganas tengo que llegar a casa –dices con pesadumbre. Tus padres, por supuesto-. Podrías compadecerte de mí e invitarme a tu casa, Wint –vuelves a mirar hacia mí, poniendo cara de pena, pero es que me he quedado en el momento es que has pronunciado mi nombre. Suena… digamos que diferente, en tus labios.
-Cuanto más alargues el tiempo de volver a casa, peor serán las consecuencias pero, ¿siendo mayor de edad por qué no te vas a vivir sólo? Te olvidarías de todos esos problemas –hasta parezco una persona seria cuando hablo de este modo.
-Mis padres no están dispuestos a pagarme un piso o lo que sea. A parte, me encanta la comida que hace mi madre –dices riendo al final.
El tren comienza a aligerar un poco la velocidad, en la parada anterior a la mía. Sólo hay unos dos quilómetros o así entre los dos pueblecitos, que la mayoría de la gente suele hacer andando; la verdad. Veo que te vas levantando y cogiendo la guitarra con un mimo increíble. La mitad de los pasajeros hacen lo mismo, con el mismo ruido que siempre. Sé que me estás mirando, que no me sacas ojo, pero sigo con la mirada clavada en la vía del tren, haciéndome la tonta. Te ríes y en consecuencia me acabo girando hacia allí.
-Hasta luego, bonita –te despides sonriendo justo cuando el tren se para.
-Adiós, Aleksi –digo, aunque suena más borde de lo que me imaginaba.
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Kissing the shadows





Because tonight will be the night that I will fall for you
Over again
Don't make me change my mind
Or I won't live to see another day
I swear it's true
Because a girl like you is impossible to find
You're impossible to find

Por todos los dioses, los océanos que salen de mis ojos no son nada comparados con las lágrimas que nublan los tuyos. ¡Pero como te atreves! ¿Cómo eres capaz de cantar semejante cosa ahora, en este momento, cuándo me estás dejando sola, rota, sin vida? Me cantas al oído, como cuando éramos jóvenes, cuando de cada noche exprimíamos días enteros, los dos juntos, hora tras hora, beso tras beso. Cuando sacabas la guitarra y las horas se me pasaban mirándote, sintiéndote cantar con ese tono grave y masculino cerca de mi oreja y de esa forma pedirme un beso mudo. Sentir tu voz rota de dolor, tu ahora débil aliento que acaricia mi oreja mientras que te pego a mi cuerpo intentando darte parte de mi vida, ¡toda la que necesites, que si no te quedas conmigo yo tampoco pienso quedarme aquí! ¿Sin ti? Ni loca. Que por más que intento que nos marchemos de aquí, llamar a una ambulancia o lo que sea necesario para salvarte no me dejas moverme un solo centímetro, no dejas de enredar tus manos con mi pelo, de acariciarme la espalda con el cariño más absoluto. Me pides con todo tu dolor, con el sufrimiento de todo este tiempo que me deje de tonterías y te abrace más fuerte, que ya tan sólo queda esperar que acabes la canción y con ello todo sufrimiento. Como si fuera tan fácil, ¿cómo te lo puedes tomar con tanta calma? Y por favor, ¿cómo saber que hacer cuando tú misma te das cuenta de que todo está perdido de que la razón por la que te late el corazón está allí, deshaciéndose ante ti y pidiéndote un simple abrazo? Un último abrazo, ese que me arrepentiría toda la vida si no te lo doy, si te lo niego, que me mataría lentamente si alguna vez llego a salir de aquí y tú no vienes conmigo; pero eso no sucederá, porque si no me voy contigo andando me iré contigo en alma. Te siento tan frío contra mi propio cuerpo, tan lejos ya de mí ¡¿que cómo no te voy a abrazar todavía más fuerte para engañarme así a mí misma con que podré mantenerte aquí para siempre?! Que las pulsaciones que le sobran a mi corazón llegan para tener diez vidas conmigo, para tenernos mutuamente. Se me escapa tu nombre de los labios, una y otra vez, sin que sea consciente de ello, el dolor me abruma, se me cuela por todas partes y me ahoga por dentro, me inunda el alma con todas las lágrimas que no tienen sitio para salir por mis ojos.

So breathe in so deep, breathe me in

-Prométeme algo, Wint –casi no percibo tu voz entre todos mis sollozos, entre todas estas emociones que me desbordan y que no soy capaz de contener- prométeme que me perdonas por haberlo quemado todo, nuestras fotos, los vídeos, todas las cartas que tenías en casa. Quiero que me olvides, que pienses que todo esto no fue más que una pesadilla, que aquel tipo llamado Aleksi jamás se ha paseado por tu vida. No pienso ser tan egoísta como para pedirte que nunca me olvides porque te mereces eso y mucho más y yo seré feliz cuando te vea sonreír otra vez, como solías hacer antes de que… te jodiera la vida. No digo que me voy con la conciencia tranquila porque lo dejo todo mal, todo hecho una mierda pero por una vez sé que estoy haciendo las cosas bien, aunque ahora creas que no, que esto es una estupidez y todas esas cosas. Estoy más feliz que nunca, que aunque me haya dado cuenta tarde, sé que eres lo mejor de este mundo, lo más increíble que me ha pasado y me podrá pasar en cualquier vida, que le pueda suceder a cualquier persona y me siento más que sorprendido, henchido de todas las sensaciones del mundo, del cariño más absoluto de que me hayas regalado parte de tu amor y de tus lágrimas por mí, pero solamente las de alegría; que tampoco quiero que llores nunca más, ni por mí no por nadie. Júrame aquí, ante mi muerte, que jamás dejarás que alguien te vuelva a hacer tanto daño como yo y prométeme de corazón que no harás ninguna locura, que nos conocemos, pequeña Wint. Míralo por otro lado, ¿cuánto hacía que no estábamos así, cuánto hacía que no se te disparaban todos estos sentimientos? Eres el amor desbordado en este momento, en cada lágrima, en cada sollozo y estas impuras que salen de mis ojos te juro que están hechas de lo mismo, ahora de verdad, sin nadie más, solos tú y yo, como solía ser; como nunca tuvo que dejar de ser. Deja que te guarde en mi alma, hacerte inmortal conmigo para siempre, será lo único que me lleve de ti, la esencia de la vida misma, el amor y el dolor, tú entera junto a mí haciéndome feliz aunque no me lo merezca. Eres increíble y me alegro de haberte encontrado, haber logrado rozar lo imposible con la yema de mis dedos. Saber que fui merecedor de todas tus palabras bonitas, de tus suspiros con los ojos cerrados cuando se me daba por robarte un beso en el hueco que dejaban la nevera y el armario, de tus enfados más que graciosos cuando preparaba algún postre sin chocolate, cuando me regalabas abrazos de oso los domingos a las ocho y media de la mañana solo para hacerme rabiar, sabiendo bien lo mucho que me gusta dormir pero sólo contigo, tenlo claro. Jamás hubo otra que lograse hacerme sonreír en sueños, cuando sus manos buscan a tientas mi pecho. Y sin más, amor –no me había dado cuenta de lo bajas que se habían tornado tus palabras, de lo leve que se había vuelto tu respiración, del frío que se estaba asentando en mi interior- you're impossible to find –de que habías terminado la canción sin dejarme tiempo a replicar.

Que habías dejado de acariciar mi pelo, que me habías entretenido para que no pudiera hacer nada, para que al final lograras alcanzar aquella locura que se te había metido en la cabeza. Y te separo de mi cuerpo con manos temblorosas solamente para ver tu sonrisa tan suave que casi tengo que imaginármela, para clavar mi mirada en la tuya y percibir con espanto las sombras que se han apoderado de tus ojos claros, de las mismas que se me han echado encima y me han tirado sobre tu cuerpo, rota, bañada en lágrimas, casi tan lejos de aquí como tú. Dije que saldríamos de aquí juntos, de una forma o de otra. 

Fall for you- Secondhand Serenade
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A ocho minutos y medio de nuestro apocalipsis



Llueve, diluvia. A los dioses se les ha dado por llorar visto el drama de mi vida. Las calles estás desiertas y el amanecer se esconde entre los edificios, las nubes cargadas de melancolía y la tristeza del silencio. Corro sin pararme si quiera a recuperar el aliento que perdí nada más salir de casa, esta confusión convertida en carrera se parece a esas películas lacrimógenas es las que el chico corre a por ella, a por su vida misma, al darse cuenta que no es nada sin su todo aunque aquí es algo diferente. Yo vuelo casi a por nuestras vidas y la mayor desventaja es que no sé a donde diantres has ido. Tengo muy claro que nada más colgar el teléfono saliste huyendo tan rápido como un parpadeo y después de haberte ido a buscar a la orilla del río donde solíamos nadar a las tantas de la madrugada me ha entrado aún más miedo. No estabas allí pero tampoco nada me decía que no pudieras estar ya dentro de la corriente. Ha sido una corazonada el volver a las calles, quizás hasta me haya perdido buscando aquel parque que estaba entre un montón de edificios donde un día me juraste que seríamos uno y que ni la muerte podría separarnos. Ahora lo vas a hacer tú con tus propias manos y te aseguro que al destruir algo tan unido como nosotros dos no quedará nada. Me vuelvo realmente loca cuando me pierdo por callejuelas que no llevan a ninguna parte y me engañan con sus curvas tortuosas jugando con la oscuridad, haciéndome creer que aquel era el camino por el que me habías llevado tiempo atrás. Y juro que se hace la luz en aquella penumbra, en mis ojos, cuando uno de esos callejones me trae el jugar nervioso de tu mechero de esos de hombre importante. Si pensé que había corrido con todas mis fuerzas cuando iba hacia allí es totalmente mentira. Las baldosas se difuminan en mis ojos, no paro de correr hasta que llego al parque (o intento de eso, en estos tiempos) y cuando intento frenar resbalo y caigo al suelo, sacándote de tus pensamientos.


-¡Wint! –antes de que pueda quejarme del dolor de mis rodillas hincas tú las tuyas en el suelo casi con la misma fuerza que mi caída.

Tus ojos llorosos, tu olor a tabaco mezclado con mil y una clases diferente de alcohol, ojeras de no haber dormido en toda la noche, temblor de manos, de cuerpo entero; labios amoratados del frío y de mordértelos para no llorar aún con más fuerza. Ni siquiera quiero imaginarme como debo de estar yo pero tampoco es que sea realmente importante. Te abrazo con fuerza y aunque se me clave algo duro que lleves en el bolsillo me imitas sin perder un solo segundo, allí, debajo de aquella lluvia y ese frío que te congela en el sitio. Lloramos como Apolo por su querida Dafne, que cuanto más llora más crece y cuanto más crece más llora. Te noto helado entre mis brazos y esos temblores no son de este mundo. Esa es la cuestión, no son de esta realidad. La verdad me golpea como nunca antes lo había hecho. Alcohol. Tabaco. Las pastillas (o lo que sea) de tu bolsillo. Escalofríos. Labios violáceos. Tu mirada apagada ahora que me miras fijamente a los ojos.

-Siempre has sido tan lista, Wint, no sé cómo has podido terminar con una mierda tan grande como yo pero tranquila, en diez minutos se curará todo tu pesar. Me guardaré mi egoísmo y me joderé sin un último beso tuyo. En fin, otro castigo más de esos que me merezco y no llores, preciosa, que se te pone una cara de pena que parte corazones y me hace más daño, me hará más daño que todos los fuegos del infierno al que voy de cabeza.

Que no llore, me pides, cuando la razón de mi existencia se evapora con cada latido de tu corazón. ¡Y aún por encima te atreves a sonreírme con delicadeza a ocho minutos y medio de nuestro particular apocalipsis!

-Aleksi… -la tristeza, la amargura, la pena y el desconsuelo aprisionados en un susurro perdido en la inmensidad del no saber qué hacer.
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El último sufrimiento, te lo aseguro

El hielo que me congelaba no lo derretiría ni tus lágrimas

Se me hacen eternos los tres segundos y medio que dejas sonar el teléfono justo antes de descolgarlo con estrépito. Te quedas en silencio con la respiración entrecortada y la verdad es que no sé que decir, te he dicho por activa y por pasiva que esto no va bien así. Bueno, quizás haya una cosa que todavía no te haya preguntado.

-¿Qué tal? –mi voz es un simple susurro que misteriosamente ha logrado captar el teléfono, incluso tú también.

Dos simples palabras que se te atragantan y cuando intentas contestar varias lágrimas inician su desgraciada carrera por tus mejillas, que aunque no las veo sé perfectamente que están ahí. Tan sensible que siempre has sido, manteniendo al principio tus sentimientos bajo llave pero finalmente siendo de esos que no les importa que los vean llorar, que el dolor hay que sacárselo de alguna forma y llorar dicen que es una de ellas pero que a mí no me quita este dolor que tan hondo se me ha clavado (ni a ti tampoco).

-Sin corazón –tardas en contestar pero lo dices con voz segura.

-No lo creas –intento continuar la conversación pero el dolor también se dedica a atacarme por todas partes-, siempre has sido una persona buena, de esas que se dice que tienen un gran corazón.

-Mentira. Todo mentira. ¡Me he dedica a hacerte daño durante tanto tiempo! ¿A caso se puede decir de eso que es de personas bondadosas? –te gritas a ti mismo-. Abre los ojos, Wint. Olvídate de mí y mándame al infierno, allí donde debería estar. No me llames, no pienses en mí, no rebusques entre mis cosas. No. Lo de esta tarde ha sido un error pero es el último sufrimiento, ¡te lo prometo, te lo juro! Mañana temprano cada uno vuelve a su casa, a su nueva vida. Sé que podrás olvidarte de mí, encontrar a otro que sea un millón de veces mejor y que te haga feliz y yo… bueno, me las arreglaré hasta que diga un adiós definitivo.

-¿Estás loco, Aleksi? –no sé ni como he podido hablar. Todas esas palabras, toda esa ristra de locuras sin fundamento-. ¿Crees que vamos a llegar muy lejos los dos, el uno sin el otro? ¡Abre tú los ojos y no te aferres a esta jodida separación! ¿Qué dices de un adiós definitivo, ¡qué locura es esa!? Que yo confío en ti y sé que lograremos seguir adelante, ¿cuántas veces lo hemos conseguido?

-¡Ahí está, Wint! ¿Cuántas veces te he hecho pasar por esto? ¿Cuántas veces has sido tú la que has intentado sacarte la vida? ¿Te parece una locura que se me haya pasado a mí también por la cabeza? Es lógico, será lo mejor para ambos. Tú no sufres y yo no existo, me parece un precio justo para que seas feliz el resto de tu vida.

Me muero de miedo de las palabras que te oigo decir, tú que siempre has sido tan racional, el que se ocupaba de los asuntos serios ¿y ahora me vienes diciendo todo esto? Me tiembla todo el cuerpo y doy gracias de que me salga la voz ahora que quiero hablar claramente.

-No pienso permitirte nada de eso. Que ninguno va a volver a su casa ni va a empezar una nueva vida, que haré lo imposible para que las cosas vayan mejor que nunca y bajo ningún concepto dejaré que te hagas daño a ti mismo porque ¿cómo crees que me iba a quedar yo? ¿Te crees que iba a poder seguir viviendo tan tranquila si tú ya no estás aquí, sonreírle a otros cuando mis sonrisas siempre han sido tuyas? Jamás, óyeme bien.

-Ahora ponte en mi lugar, Wint, ¿qué harías tú en el caso de verme sufrir día a día, un intento fallido tras otro de que me quitara la vida? ¿Seguirías conmigo sabiendo que lo único que me traes es dolor, pena, sufrimiento, muerte? No lo harías, dejarías que fuese feliz pagando el precio que fuese así que déjame hacer las cosas bien, por última vez. Dicen que el tiempo lo cura todo y el que yo ya no esté aquí no va a ser una excepción.

Y se me atragantan las palabras cuando voy a reprocharte que no tienes razón en nada de eso pero el final de la llamada se clava en mis oídos y el miedo me congela enteramente. Nunca has sido una persona paciente y menos aún cuando algo se te metía en la cabeza.
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Me dedicaba a hacer teorías sobre medios corazones tristes



Ah, por favor, me es imposible conciliar el sueño con tu olor enredado en mi nariz. Ni siquiera me he movido desde que te has ido pero cada vez me abrazo más fuerte a tu camiseta en un vago intento de estrujarle hasta la última gota de tu fragancia. Me pregunto cómo estarás tú, quizás también espachurrando entre los brazos las sábanas de nuestra cama o tal vez hayas recogido el pijama que había dejado en el suelo y le has dado los mimos y caricias que tendrían que ser míos. Se me viene a los labios una sonrisa triste imaginándote abrazado a mi pijama rosa y dejando caer tus lágrimas sobre él, que jamás te había visto llorar tanto como hoy, tanta pena desbordada por esos ojos claros. Es que ya no se me ocurre nada para hacerte ver que esto se nos ha ido de las manos, que entiendas que esta separación nos acabará matando si no estamos muertos ya por dentro. ¿Cuánto hace que no sientes el corazón contento, latiendo con un ritmo que te hace sonreír? Yo ya ni me acuerdo, si no fuera porque el dolor me recuerda que sigo viva diría que ya dejó de latir hace mucho tiempo. Bueno, quizás tenga dos maneras de latir, la que mantiene el cuerpo con vida verdaderamente y la que late por otra persona. Y no es que ya no te quiera y que por eso no lo sienta latir, ¡menuda estupidez más grande! Quizás sea que cada mitad de nuestro corazón late por el otro y aunque no lo sepamos eso es lo que nos mantiene en pie. Tu mitad es la que me da fuerzas a mí y yo te juro que la mía jamás dejará de latir por ti, Aleksi. ¡Pero por favor, que tonterías me hace pensar este insomnio! Mejor me dejo de filosofar sobre mitades de corazones tristes y me dedico a pensar en algo que nos salve. Vaya, ahora también se me viene a la mente eso que me habías dicho de que “el amor es una mentira”, que tan sólo es una forma bonita que tienen de llamar algunos al ancestral deseo carnal. Luego dijiste que no me amabas porque la verdad era que me llevabas impresa en tu alma, con mis defectos, mis virtudes, mis tonterías y mi cariño y eso era mucho más que cualquier chorrada llamada amor. Si sólo me escuchases con el sentido común y no con esos oídos que son los que se empeñan en decir un no a todo lo que lleve consigo la palabra volver quizás las cosas fuesen mucho mejor. Joder, si me doy cuenta de que te estás tomando esto más seriamente que nunca y se me llena el alma de una esperanza que se sale por todos los poros de mi piel con solamente pensar lo mucho que al fin y al cabo me quieres; pero por qué seguir haciéndonos daño estando separados cuando los dos queremos terminar con esta distancia, no lo entiendo. Que sé que también te mueres de ganas de que volvamos a estar juntos pero ese razonamiento que crees correcto te está engañando como a un tonto. ¿Y sabes que es lo que voy a hacer? Voy a llamar inmediatamente a nuestra casa, allí donde estás y si no quieres venir hablaremos largo y tendido; que por supuesto también sé que estás tan despierto como yo.
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Hurts so good


¿Un café calentito a las cuatro de la mañana?
Yogures y cereales de chocolate, pañuelos (por lo menos dos cajas), helado y un poco de Aleksi, aunque no creo que en el súper me lo pongan para regalo. Me había convencido de que un poco de llorera nunca venía mal y después de estar dos días enteros con sus dos noches echando cataratas por los ojos hoy era el día de dar el golpe fuerte, la estocada mortal. Música triste, maratón de películas de pañuelos y mucho chocolate. La ironía del asunto llega cuando te veo allí, en el súper también, cargado con una caja de cervezas y tres tabletas de chocolate. Genial, ¡hasta habíamos pensado el mismo plan de autodestrucción! Me tiemblan las piernas, me arden las manos sólo de pensar que cambiándome de fila podría tocarte otra vez pero es que me siento tan deshecha, tengo el corazón tan sumamente encogido de tanto llorar que no sabría si me entraría la llorera nada más mirarte a los ojos o te rogaría de rodillas que volvieses. Y me ves, me miras con aquellos ojos perdidos que no saben dónde meterse cuando se topan con los míos y te sumes tanto en tu tristeza que te olvidas hasta de la cajera que te mira con mala cara. Si hasta a mí me cuesta encontrar el dinero pero me sorprendes cogiendo mi bolsa y antes de que pueda decir nada tus ojos bañados en pena me alertan de que no diga nada.



-Tenemos el mismo plan, por lo que veo –un simple susurro, la mismísima voz del dolor-. Te invito a mi casa, para que lloremos juntos pero si me juras que sólo eso, Wint.

¡Y cómo voy a negarme, por todos los dioses! Asiento casi frenéticamente y me guardo las lágrimas en los bolsillos, no es el mejor sitio para dar el espectáculo.
Se me parte más el corazón, si es posible, cuando veo finalmente el sitio que tantas veces me había preguntado en el que vivías. Es pequeño, salón, dormitorio, baño y cocina se apretujan en treinta metros cuadrados, pero no tengo pensado quejarme. Sin mirarnos siquiera pones las cuatro películas de lagrimones que nos esperan y cada uno con sus drogas se deja consumir por el sufrimiento, pero es que cariño, duele tan bien. Poder llorar por ti y tener tu brazo rozando el mío, aquella sensación en la que se confunde el dolor, el masoquismo sentimental y el amor es inexplicablemente satisfactoria aunque me queme por dentro. Y verte así también, más triste que un medio corazón sin compañía ¡por tus tonterías! me destroza pero todavía más las ganas de estirar el brazo y poderte acariciar. Joder, si tú también lo estás deseando pero ¡no te das cuenta que este alejamiento que has impuesto entre nosotros no hace más que matarnos! Nos pudre el alma y desangra el corazón.

-Qué tarde es… -medio exclamas con frenesí y apagas la televisión. Te secas los lagrimones con furia contra la manga de la chaqueta y te vuelves hacia a mí por primera vez-. Es demasiado tarde para que vuelvas a casa, quédate… aquí y me iré yo.

Te vuelves hacia la mesa y coges tus llaves, aquellas que nunca pensé que existieran. Y no me salen las palabras, dejo que te marches sin decir una maldita palabra y se me desatan los sentimientos cuando se cierra la puerta. Con doloroso recuerdo veo tu camiseta favorita en la silla, me abrazo a ella y me tiro en el sofá para dormir aunque estoy segura de que me torturaré pensando en ti. Dioses, si la camiseta huele a ti, solamente a ti y sí, me encantan lo bonito que duelen estos sentimientos que te queman en las venas y te aprietan en el pecho.



(Hurts so good - Jonh Mellecamp)
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A las doce menos un minuto



Hoy, día de aniversarios y recuerdos se me ha ocurrido rescatar la caja de las fotos que guardabas bajo la cama. No es que hubiese muchas, pero verdaderamente una me ha llegado al corazón. Siempre te dije que odiaba esa foto, pero tú la adorabas como ninguna. Decías que aquella era la cara que ponía cuando tenía ganas de mimos, de peli, de chocolate y de ti, por supuesto, mientras que me abrazaba las rodillas como si fuese una niña, pareciendo más pequeñita de lo que ya era. Soy una tonta, jamás debería haber sacado esa caja de donde estaba, y menos esta noche. Queda apenas un minuto para que se acabe el día de nuestro aniversario de amordolorypenas y me he dejado ya de castigar pensando que vendrías a hacerme una visita, si es que cada día me vuelvo más tonta e ilusa.
Pero el timbre suena, tres segundos exactos seguido de tres golpecitos sobre la puerta. Decir que volé hacia la puerta es quedarse cortos, ni tropezar con la mesa, tirar el florero y arrastrar las sillas conseguirían alejarme de la puerta, ya que eras la única persona que timbraba así en el mundo. Y te veo allí, tan alto, tan triste, tan bonito, tan deshecho y con cara de que te faltase medio corazón. Se me hace inmensa la distancia que nos separa y te estrecho entre mis brazos, queriéndote sacar a apretujones toda aquella pena que tienes dentro. Me correspondes dándome un beso en la frente, acaricias mi pelo suavemente y enredas tus dedos en él con infinita memoria, como lo que era una costumbre.

-Un minuto, fue lo que me pediste –susurras es mi oído, sabiendo que aquel doloroso abrazo era nuestra salvación y perdición.

-Oh, vaya, no puedo creerme que no huelas a colonia de mujer –no sé ni porqué lo digo, pero me sale del alma y me hace sonreír.

-Estoy aprendiendo a hacer las cosas bien, por la chica que ponía cara de quererme un poco, aunque nunca lo haya merecido –me contestas al ver la foto que todavía sostengo en mi mano, la coges y dejo que te la lleves, al fin y al cabo siempre ha sido tuya.

Y te separas de mí, con la mirada baja y el reflejo de mis lágrimas en tus mejillas, que son tan reales como las mías. Intento alcanzarlas con mis dedos, pero atrapas mi mano derecha y la besas con infinita ternura. Te veo marchar, arrastrando los pies, tu pena y la mía, tus ganas de quedarte y también el saber que separados no nos hacemos daño, o por lo menos no tanto.

-Aleksi -es lo único que me sale decir mientras me escurro por la pared. Ni siquiera he entrado en casa pero tampoco me veo con fuerzas-. Vuelve…

Y ni toda el agua de los océanos sería comparable a las lágrimas que lloré, con mi mano derecha en el corazón, aún sintiendo tus labios.
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Las palabras bonitas no duelen, o eso es lo que yo pensaba



¿Te acuerdas de estas palabras? Por supuesto, ¡cómo olvidarlas! Fue mi particular regalo de aniversario, una locura de adolescentes que ahora me está pasando factura. ¿Por qué me duele tanto hoy, por qué me arde la muñeca? Mañana, justamente mañana, vuelve a ser nuestro aniversario. Que con sólo mirar estas letras, aquellas que acariciaste con tus dedos con el mayor mimo que había conocido en ti cuando te enseñé el tatuaje, se me saltan las lágrimas. Te dije que era para llevar un pequeño trocito tuyo siempre conmigo, que fuera inseparable de mí. Recuerdo que habías dicho que era precioso y que tu cariño estaría en mi piel de por vida. ¡Ilusa de mí, joder! Incluso te preocupaste por si me había dolido mucho y te dije que no, que las palabras bonitas nunca duelen. Te encargabas de echarme todos los potingues que me había recomendado el tatuador, que ya sabes como odiaba yo esas cosas tan pringosas.
Y pensar que ahora no sé donde estás, que so estás bien o tan desamparado como yo. Aleksi, por lo que más quieras, da señales de vida –suplica mi mente, en vano-. Tantas veces he soñado con que sonara el teléfono que ahora, cuando lo vuelvo a escuchar ya dudo de si es real o no. Pero me doy cuenta de que es tan real como la vida misma cuando veo las luces del teléfono. Y ya van tres tonos y la paciencia no es una virtud que posees. Me tiro hacia el teléfono, sin pensarlo si quiera.

-¡Aleksi! –grito, pero al otro lado de la línea no contesta nadie, aunque la llamada sigue avanzando. Se escucha un leve suspiro y la persona empieza a hablar.

-Sólo… Sólo quería asegurarme de que estabas bien, no te molesto más. Adiós, Wint…

Se me congeló todo. El cerebro, los brazos, las manos y las piernas. No podía terminar tan pronto la conversación. ¡NO!

-Aleksi, por favor… -no quiero llorar, no mostrarte aquel sentimiento de debilidad pero es que me es inevitable-. Vuelve a casa, te lo suplico. Una noche, una hora, ¡un minuto! Deja que pueda abrazarte de nuevo.

-Es mejor así, menos doloroso –oigo tu voz y sé que aún estás más jodido que yo. Nunca había escuchado ese tono tan reprimido y que avisaba de que tu garganta iba a estallar en sollozos de un momento a otro.

-Sabes que no es cierto –te reprocho, ¿por qué aguantar todo este sufrimiento si ninguno de los dos lo desea?

-Lo sé, pero será lo mejor para ambos. O eso espero…

Y se corta la línea telefónica, llevándose tus lágrimas y las mías. Siempre me he preguntado si habría otra persona escuchando desde algún sitio, todas las conversaciones de la gente. Si es así, acaba de escuchar el te quiero más doloroso y triste jamás pronunciado.
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Llama, Aleksi




Puñados de rosas después de la actuaciónMe he levantado, he salido corriendo de la cama, chocando contra el mueble del pasillo y he descolgado el teléfono; el de la cocina, pero no he marcado ningún número y no, tampoco estaba sonando. He escuchado el continuo pitido que me recuerda a los electrocardiógrafos, el inalterable sonido que para todo el mundo significa muerte. Y tiemblo. Y me escurro ayudada por la nevera. Y llego al suelo, el teléfono cae. Otra vez lo he vuelto a hacer. Es la octava vez esta semana que he acudido hacia el teléfono con los nervios a flor de piel sin que estuviese sonando, y es que estamos a jueves. A tientas, he pulsado el botón del contestador automático y ahora escucho la voz metálica, fría y sin sentimientos que emite aquel asqueroso aparato.
“Es demasiado tarde para seguir rogando por tu perdón. No tengo la suficiente valentía de decírtelo a la cara, pero es que me voy, muy lejos. No mereces que te siga atormentando de esta manera y si mi amor lo único que hace es daño, mejor será que no quiera a nadie más, nunca. Que yo sabes que te quiero y por mucho que te lo diga no me salvaría de pudrirme en lo más profundo del infierno. Y es lo que verdaderamente quiero. Sin más… -la voz se descompone en ese momento, rompiéndose, desgarrándose con las últimas palabras- me voy. Reza para que aparezca mi cuerpo, sin vida. Wint…” –y el mensaje finaliza, es un ligero susurro, en un último suspiro, una última lágrima.
 Entre estremeciemientos rompo a llorar, abrazándome a las rodillas y sintiendo toda la pena del mundo en mi corazón. Que no puedo vivir ni contigo ni sin ti. Que me duele aquí en el pecho por no tenerte conmigo al igual que me duelen tus tonterías y mentiras. Llama, Aleksi. Llama, llama, llama. Necesito oírte una vez más. Que pensé que después de lo del baño algo había cambiado. Pero te levantaste, me diste un beso en la frente y te marchaste sin decir nada. Me abrazo aún más fuerte, cierro los ojos y sueño con el ruido de las llaves, la puerta abriéndose y tú allí. Tonta de mí, nunca llevas llaves.
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Dime que el amor resiste el frío



Mil y una tormetas sobre estas ruinas

El frío que se respira en este baño escarcha mi corazón y mis pulmones. Quiero dejar de sentir la calidez de tus brazos y sumirme en mi paz interior, en la que tú no existes o por lo menos, estás guardado bajo cien candados. Que ese olor de colonia barata de mujer deje de quemarme la nariz y de hacer sollozar a mi garganta; pero es que sigo sin aprender y me sigue gustando sentir la fuerza de tus brazos en mi espalda, apretándome contra tu pecho y terminando por arrancarme todos los males de encima; aunque sólo sea por unas horas, unos instantes. Ya te he dicho, Aleksi (o como mínimo lo he pensado, que ya sabes que en este estado ya no sé lo que es real y que no lo es), que quiero que me explique porqué diantres te acabo perdonando siempre, ¡¿cuál es el jodido botón que has pulsado en mi alma para que siempre termine por olvidar todo lo que haces?!
Me acaricias la cara y haces que te mire a los ojos, fijamente. Quiero apartar mis ojos de los tuyos, pero solamente soy capaz de hacerlo cuando sigo el camino invisible que recorren tus lágrimas por tu mejilla. Me separas de tu abrazo infiel, posas tus manos en mis hombros y me miras de arriba abajo por un instante. Estoy pálida, fría, con el pelo enredado, encogida de frío y de pena; mi mirada perdida reflejada en la tuya me da miedo y un escalofrío recorre mi espalda.
-¿Por qué toda esta mierda? –dices y el sonido repentino de tu voz me hace daño en los oídos y hasta en las mismísimas entrañas.
-¿Por qué tu afición por las mujeres? ¿Por qué ese olor a colonia barata para féminas en tu piel? ¿Por qué me continúas haciendo esto? ¿Por qué nos haces esto a ambos? ¿Por qué, por qué, por qué? –digo de carrerilla sin apenas creerme que haya sido capaz de decir tantas cosas seguidas.
-Lo único que sé, Wint, es que te quiero con todo el dolor mi alma y por mucho que te jure y perjure que hace meses que no estoy con una mujer; no me creerás, que me lo merezco por malnacido, pero no permitiré que las cosas sigan así. Arriba –me ordenas, intentando reprimir las emociones que amenazan con desbordarte.
-No quiero –susurro acurrucándome en el suelo haciendo toda la fuerza que me queda. Quiero sentir el frío lo más adentro posible, que me calme.
Un sonido devastador, es tu garganta desgarrándose de dolor. Golpes, tus puños contra los azulejos. Tres gotas cortan el aire, tu sangre. Un murmullo agudo continuo, tu cuerpo escurriéndose por la pared. Sollozos, tu alma rota en mil pedazos.
-Mándame una carta con destino a mi corazón cuando decidas quererme un poco más, Aleksi.
Respiras, suspiro. Silencio, nuestras miradas unidas.
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Mi pequeña Wint, mis pensamientos son tuyos


Hoy he madrugado y he ido a comprarte flores. Las he mandado llevar a tu oficina con una nota roja, pero sin nada escrito. Tú ya sabes lo que eso significa, mi mayor arrepentimiento. Bien sabes que no me puedo resistir a las mujeres, pero en el fondo te quiero y aunque intentes evitarlo; tú también. Si es que eres lo más importante de mi vida, no sabes hasta que punto me complacen tus abrazos cuando llego a casa o una simple sonrisa al despertarme; pero lo he fastidiado todo una vez tras otra y cada vez más a menudo me pregunto por que diantres me perdonas. A veces quiero alejarme de ti, marcharme una noche sin decirte adiós y no volver, abandonar esta tortura para ambos; pero otras me doy cuenta de lo mucho que te necesito y tú a mí. Dioses, si es que lo tenía todo pensado. Había reservado mesa en tu restaurante favorito, me convertí en el joven alocado que te enamoró y me enfundé mi chaqueta de cuero que tantos abrazos te dio; pero el diablo me ha tentado de nuevo, vestido esta vez con un delicado vestido de seda negro. ¡Si sólo hubiese esperado tres minutos ya no te habría llamado y no te habrías hecho ilusiones con el plan de la noche! Si es que cada vez me hundo más. Estaba dispuesto a arreglarlo todo esta noche, quería darte otra de esas veladas de risas, de sueños adolescentes y cantarte al oído mientras tocaba la guitarra. Ahora lo único que me preocupa es llegar lo más rápido posible a casa mientras que intento quitarme este intenso olor a colonia barata de mujer. Deberías matarme, o por lo menos torturarme por un largo tiempo. No te merezco y mucho menos tu amor que se desangra con cada uno de mis actos. Las escaleras se difuminan a mi paso, abro la puerta en un abrir y cerrar de ojos, pero algo va mal; realmente mal. La casa está extrañamente silenciosa, huele a aquel incienso que te había regalado que decías que olía a muerte y se escucha la radio desde nuestra habitación. Odias la radio y el incienso. Corro hacia la habitación con el pulso de mi corazón palpitándome en los oídos, pero allí no hay nadie. Veo que has estado revolviendo todo el armario hasta encontrar aquellos pantalones ajustados y aquellas camisetas de grupos que muy pocos conocíamos para nuestra cita. Dioses, siempre he dicho que hemos tenido un vínculo mental. No se oye nada más en casa, pero veo la puerta del baño cerrada y voy hacia allí. Aunque no me lo hayas dicho se que te da miedo cerrar la puerta por si pasa algo. Joder ¿y aún por encima has cerrado con pestillo? Golpeo la puerta mil veces seguidas con mis puños mientras que no dejo de gritar tu nombre, pero no recibo contestación alguna. Con todas mis fuerzas, mi rabia contenida, mis ganas de amarte y mi desesperación arremeto contra la puerta y logro abrirla. En una milésima de segundo veo todos los recovecos del pequeño baño pero tú no estás allí. El tiempo se para mientras que me acerco lentamente hacia la bañera. Veo todas las flores del ramo que te he enviado esta misma mañana esparcidas por el agua, con un grito gutural me lanzo hacia la bañera y en tus ojos puedo ver la muerte. Te saco del agua con lágrimas en los ojos y te abrazo con fuerza, apretándote contra mi pecho para sentir tu leve respiración sobre mi oído. Grito cosas sin sentido que se tragan tu leve balbuceo que ni siquiera entiendo. Eres una egoísta, escucho que salen de mi boca esas palabras, pero no sé lo que digo y necesito serenarme. Me miras fijamente a los ojos mientras ves como se escurren mis lágrimas como ríos de pena. Veo la rabia y el perdón en tus ojos, que solamente consiguen que me enfurezca aún más conmigo mismo. Siento tu cuerpo helado y te saco de la bañera inmediatamente. Te envuelvo con la toalla y te abrazo con todas mis fuerzas mientras que seguimos en el suelo de plaquetas grises y feas que hacen todavía más lúgubre aquel instante. Mi pequeña Wint, mi amante del invierno, por favor no te aferres a ese frío que congela tu alma, tu vida y tu cuerpo. Susurras que me odias y asiento con la cabeza, mucho más asco me tengo yo a mí mismo. Me pregunto que hubiese pasado si en aquel veintisiete de un frío febrero no te hubieses acercado a mí para ofrecerme un cigarrillo. Quizás hubiese muerto y ni tú ni yo hubiésemos sufrido tanto, pero esa es otra historia que te contaré más adelante; ahora tengo que regalarle cariñitos y besos de esquimal a mi fría Wint.

PD: Puedes llamarme Aleksi, el que debería querer un poco más a Wint.

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El hielo que me congelaba no lo derretiría ni tus lágrimas, o eso creía



Y este frío que me hiela el alma y hasta la punta de cada uno de mis cabellos me hace tiritar y abrazarme las rodillas con fuerza, haciendo que me haga daño en los nudillos. Mis ojos lloran angustias del pasado, del presente y del futuro. Entre sollozos susurro tu nombre al viento, intentado que se lo lleve lejos de mí, pero siempre vuelve, siempre. Las flores marchitas se acumulan en el agua de mi bañera llena de agua helada, pero no pienso salir de aquí. Los pétalos acarician la piel de mi cuerpo intentando imitar inútilmente el suave roce de tus manos, pero es algo realmente imposible. Una y otra vez te he perdonado como una estúpida, un juego divertido he sido para ti, ¿verdad? ¡Qué bonito se siente ahora el frío por mi cuerpo, sintiendo como adormece cada parte de mi ser y sumiéndome en un estado apacible! Sí, echaba de menos esto, pero nunca imaginé que volvería a estar tan relajada tan cerca de la muerte. Me sumerjo lentamente mientras que los dientes me tiritan haciendo ruido y creando una tonta sonrisa en mi rostro. En mi mente aparece tu cara, tus ojos, tu pelo, tu olor, tus palabras que me dedicabas, pero solamente aquellas que eran bonitas; de esas que sabías que se me encogía el corazón al leerlas y me daban ganas de darte abrazos. Sí, de abrazarte con tanta fuerza que me doliesen los brazos y el pecho al apretujarme contra ti, de darte un beso o de decirte cualquier tontería de esas que a ti te pintaban una sonrisa en la cara y a mí me sacaban los colores. En efecto, esas son las penas del pasado y las del futuro ya las dejé de pensar. El mañana se termina hoy mismo. El agua ya cubre mi cabeza y me atrevo a abrir los ojos bajo el agua, viendo los destellos de los pétalos de colores sobre mí. Necesito ser valiente, unos segundos y no habrá ya más problemas. Me llega el sonido apagado de tus puños golpeado la puerta del baño. Diantres, se me había olvidado quitarte las llaves de mi casa la noche anterior. Tampoco es que importe mucho ya. Me escuecen los pulmones y el sonido atronador de mi corazón palpita en mis oídos, pero sólo un poco más, diez segundos. Cuando ya la luz de mis ojos se va haciendo más tenue, la puerta se abre y sabes perfectamente lo que ha sucedido. Me sacas del agua y una sensación de mareo insoportable sustituye a la pasmosa calma en la que me había sumido y empezaba a disfrutar. Gritas cosas que no tienen sentido, que impactan contra mis oídos y entran como un torrente que me hace doler la cabeza. Intento balbucear un suéltame o algo parecido, pero las lágrimas de tus ojos me hieren aún más que todo el dolor que soporta mi cuerpo. Dices que soy una egoísta y que no entiendes por que hago una cosa así. Dices que me quieres y que siempre lo harás, pero has vuelto a fallar. Tu camisa huele a perfume de mujer, un olor fuerte y penetrante muy diferente del de esencia de flores que me regalaste hace unos meses. ¿Y tú me preguntas por qué hago esto? Primero quiero que me expliques porque eres tan jodidamente cautivador y te acabo perdonando siempre, después te explicaré mis motivos.

PD: Me llamo Wint, de winter, o por lo menos así era después de salir de la bañera. Espero tener otro pequeño momento para contarte que sucedió después.

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