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-K, ¿estás ahí?
-Estoy yendo.
-¿Pero es de verdad o es de "todavía me estoy vistiendo y todavía no he salido de casa"?

Y se rió con suavidad. Ay, ven ya.
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-K, ven ¿dónde estás? 
Tan solo ven un ratito y nos mimamos un rato, me acurruco sobre tus piernas y hago de gato un rato (con ronroneos y maullidos incluídos, ya me conoces). Ven, aparece un rato. Uno muuuuuuy largo. 
Y también te mimo yo, que tú me conoces bien y sabes que soy un saco de mimos desbocado y te quiero achuchar hasta que te salga alergia a mí. 
Porque la acabarás teniendo y te irás pero mientras tanto quememos un poco nuestros sentimientos, esta vida, este momento. 
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A K le hubiese gustado acercarse a ella aquella tarde. Se había sentado en las escaleras que conducían a la facultad, relajada, mientras se dejaba bañar por los rayos del Sol que eran escasos en aquella época y en aquella ciudad por regla general. 
K fingió tener algo importante que mirar en su teléfono mientras que su verdadera atención estaba puesta en el rabillo de su ojo, en ella. Los reflejos cobrizos de su pelo arrancados por el Sol le parecían bonitos en sobremanera, la hacían brillar un poquito y alegraban sus tinieblas. 
Estaba sentada sola pero K no encontró el valor suficiente que le llevase a despegar sus pies del cemento y moverlos en la dirección de ella.

O quizás si encontró las fuerzas cuando se metió las manos en los bolsillos, refugiándose del frío. Allí encontró un poco del coraje y de la valentía que necesitaba, las energías que le llevaron a sentarse cerca de ella, un escalón más arriba desde donde podía embelesarse con los sentimientos que desprendía de forma natural. Y tras un carraspeo nervioso que sonó más agudo de lo que debería susurró un saludo que llegó hasta los oídos de la chica.
Y ella se giró, confundida pero con una pequeña sonrisa. ¿Quién le habría hablado? 
Solo K podía ser el valiente caballero que rescatase a la princesa de sus monstruos internos.
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Cuando no sonreía solía desprender un cierto halo de oscuridad, de misticismo, de tristeza y hasta de odio, cuando frucía los labios como si estuviese forzando a todas sus palabras envenenadas a quedarse dentro de su mente. Era muy probable que si salía provocarían la ira y la tristeza de un par de personas, incluída, al final, ella misma.
K solía mirarla desde lejos, entre asustado y maravillado por las emociones que desprendía su simple movimiento al andar pero sobretodo, se sentía terriblemente curioso por conocerla a ella. Tenía casi la absoluta certeza de que si traspasaba la zona de seguridad y entrada en el terreno peligroso de los sentimientos iba a salir más que escaldado. Quemado. Derruído. Seguramente eso era lo que pensaban todos y por eso allí seguía ella, sola, con su oscuridad pero no parecía sentirse incómoda del todo. Hasta parecía que le quedaba bien.  
Quizás ella también lo hacía un poco a posta porque se sentía tranquila y estable en el mundito de sombras que se había creado. Sabía que llegado el momento alguien le arrancaría sus tinieblas y pesadillas y se las llevaría lejos pero solo lo haría una persona valiente. Y ser valiente es sinónimo de ser alguien que merezca la pena.

Pero eso solo pasaba cuando tenía cara de gato enfadado, cuando estaba seria, porque cuando sonreía y se reía a mandíbula batiente parecía prometerte toda la felicidad de este mundo, la alegría misma. Y quizás eso era lo que no podían ver aquellos que quedaban enredados en sus tinieblas. Y eso significaba que K debería hacer algo.
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Necesitaba algo constante en su vida, que le recordase que estaba aquí por una razón, que no estaba sola, que no se dejase llevar por la vagancia, por la tristeza y por las malas costumbres.
En realidad necesitaba buenas costumbres. O costumbres siquiera.

Necesitaba una constante vital que destrozase su caos y crease un poco de calma. Que supiese llevar las cosas, que la supiese llevar y sobrellevar a ella.

Necesitaba una constante y por eso lo llamó K. Era común y también primo. Mágico, imperecedero, reconocible, justo e inexacto a partes iguales.

Ella necesitaba a K y K sería un trocito de ella.

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