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Treinta y ocho días, veintiuna horas y cincuenta y tres minutos


La chica del gorro de Moscú se disfrazó de Lobo Feroz y salió a la calle con andar decidido, dispuesta a comerse el mundo y mirar fijamente a los ojos a todos sus miedos, sin temblar. Esa mañana llevaba puesto un calcetín de cada color, pero no sé dio cuenta hasta bien entrada la tarde cuando se quitó las zapatillas que le apretaban los pies. Se guardó toda la valentía del mundo en los bolsillos, se puso su mejor sonrisa en la cara y se plantó frente al chico bonito; bueno, el chico de la sonrisa bonita (que es casi lo mismo para la pequeña moscovita). Él la miró extrañado, hacía más de un mes que no hablaban y luego alzó una ceja poniendo una cara realmente graciosa.

-¿Qué haces con ese gorro, pequeña? –dijo sin poder aguantar la risa-. Empieza a hacer calor, deberías ir pensando en guardarlo en el armario.

Ella sonrió por lo bajo y alzó la cabeza para mirarle a los ojos. Seguía ruborizándose como una tonta cuando la miraba con aquellos ojos sonrientes y cruzaba sus brazos en el pecho, intentando parecer un chico duro. Su atractivo explosivo chocaba contra aquella dulzura que destilaba de cada uno de sus poros formando una verdadera hecatombe de sentimientos dentro de La chica del gorro de Moscú.

-¿Y qué sería yo sin mi gorro? –le preguntó-. Seguramente ya ni me reconocerías.

-No lo creas –dijo guiñándole un ojo-. Retiro lo primero que te he dicho, el gorro te queda realmente bien –fue bajando el tono de voz mientras que lo colaba bien en la cabeza de la chica.

-Bonitos lunares –le susurró cuando se fijó en su cuerpo al tenerlo tan próxima a ella.

-Bonita tú –le sonrió mientras que la miraba fijamente a los ojos durante unos segundos antes de atraerla hacia si y abrazarla fuertemente-. Tonta –susurró entre su pelo-. Prométeme que no volverás a dejarme solo tantos días, nunca más.

El pelo de la chica se abrazó a cada parte del torso, de los hombros y del cuello del chico. Realmente había sido una tonta al pensar que podía olvidarse tan fácilmente de él. Escuchó como suspiraba desde la cabeza y media que le llevaba y finalmente posó sus labios con suavidad en la frente de la chica del gorro de Moscú.

-Exactamente han sido treinta y ocho días, veintiuna horas y cincuenta y tres minutos; siendo en el momento en que lo he pensado –dijo riendo-, pero ya sabes que eso de los números no es lo mío.

-Pues que no se repita, ni un minuto más. ¿Sabes la de pasatiempos idiotas que he hecho esperando a que sonase el teléfono? Me pagarás todas esas horas de suplicio.

La chica lo miró con ojitos de corderito degollado, arrebatándole una cálida carcajada.

-Y a veces me pregunto cómo será pasarse un día entero en tu mente, debe de ser realmente entretenido.

-No sé porque lo dices, te pasas la vida allí.

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Juguemos a ser unos extraños

Los días le resultaban aburridos y parecía no haber nada para poder remediarlo. Estaba un poco melancólica y el pasado le apretaba los pulmones amenazándola con ponerse a llorar. Sí, la chica del gorro de Moscú también tiene días malos y sabe perfectamente quien los puede remediar. A veces, a la chica del gorro de Moscú le da por garabatear palabras en folios en blanco, pero la sorpresa se la ha llevado al ver una extraña invitación que la retaba a que se hiciesen pasar por unos extraños; un juego diferente. Por supuesto, estaba firmado por el chico de la sonrisa bonita. A la chica del gorro de Moscú le hizo gracia y decidió aceptar, por supuesto. Él escribía palabras bonitas que la chica se permitía pensar que eran para ella durante unos minutos, en aquel juego sin normas. Sabía que estaban jugando, pero la cohesión entre sus textos era tan perfecta que la hacía sonreír cada vez que leía sus palabras. Sus miradas se entrelazaban cuando se topaban en cualquier sitio y el chico sonreía, ¡aquellos ojos de la mirada que hechizaba eran tan expresivos! Una tarde, la chica del gorro de Moscú encontró una nota entre sus folios que cantaba con voz dulce: Debería darle gracias a los dioses si estás leyendo esto, porque entonces habrán cumplido mi petición. Llevo días recitándole algunas tonterías a una chica que lleva un vistoso gorro de Moscú, no sé si la conoces. Una chica un poco extraña, pero que está volviendo loco a este pobre extraño. Sabes, creo que deberíamos conocernos. (¿Has visto? Esta vez no he dicho que estamos hechos el uno para el otro) –ella se reía mientras que le imaginaba escribir aquello-. Estaría bien que curases a este pobre demente que deambula solitario por las calles, ya sabes; quizás unas simples palabras le devuelvan la cordura, aunque me temo que luego necesitará más. Si está claro, el remedio es peor que la enfermedad. ¿Te veo en el tercer pasillo, a la hora de siempre? No llegues tarde y no te olvides de traer una sonrisa en la cara, no sé donde la has dejado estos días.
La chica del gorro de Moscú se reía, ambos estaban locos y no había solución posible para ellos mientras sus miradas se enlazasen día sí y día también. Por supuesto que se reunió con él, quizás llegando dos o tres minutos tarde, pero se había olvidado de algo importante.

-¿Y la sonrisa? –le dijo con una risa suave el chico-. Si no sonríes el extraño también se entristecerá.

Instintivamente la chica sonrió y él se echó a reír. Ella no se podía ni imaginar lo mucho que le gustaba aquella sonrisa al chico.

-¿Y que es lo que le pasa a ese pobre extraño, que tanto precisaba de mi ayuda? –le preguntó ya sin perder la sonrisa.

-Él empieza a creer que le has echado alguna clase de maleficio, esa necesidad que tiene de saber de ti y de protegerte tras un fuerte abrazo no es algo normal en él. Tienes algo que llama a todo el mundo, pero a él le grita y hace que no le dejes la mente libre ni un minuto.

-Oh, eso también lo hace él, ¿a caso no te lo ha dicho? –dijo riendo.

-¿Ah, sí? Pues no tenía yo constancia de eso –rió con ella-. Creo que lo mejor que puedes hacer es cerrar los ojos y dejarte ir con el chico extraño.

-Mi madre siempre me dice que no hable con desconocidos –le contestó sin dejar de reírse.

-Por una vez fíate de uno, de éste en concreto. Me ha dicho que tiene una sorpresa para ti.

-¿Una sorpresa, qué es? –preguntó y cerró los ojos obedeciendo.

-Un segundo, no seas impaciente –imaginó como sonreía frente a ella.

La chica del gorro de Moscú casi era capaz de contar las milésimas de segundo que él estaba perdiendo mientras que su corazón martilleaba en su pecho con los nervios a flor de piel. ¿Pero a que no sabes lo que ocurrió? Venga, piensa un poco y lograrás acertarlo. La chica del gorro de Moscú podía imaginarse al chico de la sonrisa bonita frente a ella, observándola como si fuese única en el mundo y casi derritiéndose al notar que le temblaban levemente las manos debido al nerviosismo. Podía imaginarse rozando su cara y cerciorándose de que era tan suave como parecía, sosteniéndola entre sus manos como si fuese de cristal, pero en el instante en que sus dedos iban a rozar su cara, en efecto; el timbre volvió a sonar. La chica del gorro de Moscú abrió los ojos riéndose y vio al chico con los puños apretados y con cara de enfado.

-Pensé que habías dicho… -comenzó a decir la chica, pero él finalizó sus palabras.

-…no más timbres –le sonrió, despidiéndose con un movimiento de cabeza mientras que aún cerraba sus puños fuertemente.

Aquel timbre estaba dispuesto a fastidiarle la existencia.
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La de los ojos que hechizan


Esta mañana se ha levantado con ganas de un tazón de leche con cereales y un abrazo de oso. El desayuno ha sido fácil de conseguir, pero el abrazo ha sido totalmente imposible. Le ha dado rabia madrugar para poder cruzarse con él y que justo en el momento que ha pasado, la chica estaba dentro sin hacer nada. Ha querido gritar y romperlo todo, ¿sabes esa rabia incontenible que amenaza con salirse por cada poro de tu piel? Así se ha sentido la chica del gorro de Moscú. Maldijo esa suerte que no tiene y se tragó su rabia respirando hondo. Lo ha buscado por todas partes, pero el chico de la sonrisa bonita ha decidido desaparecer y hacerse el interesante (o por lo menos eso es lo que piensa ella). Puede pasarse todo el tiempo del mundo esperando en el pasillo, pero él no aparece ni de lejos. Al cabo de las horas solamente busca un roce de miradas que parece nunca llegar y cuando llega el momento su mente deja de funcionar y se vuelve aún más torpe que de costumbre (que ya es decir, Manitos de Oro, la llaman por casa por su pronunciada habilidad para tirar las cosas al suelo). Unas escaleras no son un buen lugar como para que el chico sonriente aparezca de la nada al lado de la chica del gorro de Moscú. Ella sabía perfectamente que andaba rodando por allí, pero se tuvo que recordar una y mil veces el procedimiento para bajar unas escaleras. Coloca el pie derecho con cuidado y ahora haz lo mismo con el izquierdo, pero por nada del mundo gires tu cabeza hacia la derecha. Pero como el “nunca hagas no sequé” es sinónimo de la más pura de las tentaciones la chica del gorro de Moscú se ha girado, ¡pero ya no había nadie!

Estaba confusa, pero un susurro se colocó entre su cabello y con un estremecimiento acabó por hacerla sonreír.

-Pensé que me evitabas –le dijo bajo el murmullo de la gente, casi apenas audiblemente.

-Lo mismo pensaba yo. ¿Qué par de tontos, no?

Alza sus ojos hacia él y sí, le estaba sonriendo de esa manera que le es inevitable el no sonrojarse y bajar la cabeza mordiéndose el labio inferior.

-Resultas encantadora cuando haces eso –le susurra al oído ya lejos de la multitud.

-Tú resultas demasiado sexy cuando sonríes de esa manera. ¿Voy a tener que morderles un ojo a todas las mujeres que te vean al mirarlas de esa forma y se encaprichen de ti?

-Tranquila, eres a la única a la que sonrío de esa forma.

-¿Por qué? –le preguntó tontamente.

-Eres la chica del gorro de Moscú, la que me cuenta secretos a través de las rayas de colores de sus guantes, la que tiene un llamador de ángeles que me da dolor de cabeza, la que es única como un copo de nieve, la que estornuda bonito y hoy siempre has sido la de los ojos que me enamoraron con su mirada. Eres extraordinaria y por alguna extraña razón los dioses han decidido que te fijes en mí, ¿no tengo razones para sonreírte a ti sola de esa forma?

-Soy normal –le replica riéndose.

Él la mira fijamente a los ojos mientras que las comisuras de sus labios se tuercen en su sonrisa.

-Me apasiona lo irónica que eres.
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¡Qué bonita resultas al estornudar!


Podéis pensar que la chica del gorro de Moscú es un poco obsesiva, pero es que mire a donde mire siempre aparece ese chico de la sonrisa bonita. El otro día se quedó sola durante unos segundos y, ¿a que no sabéis quien estaba al otro lado de la calle sin quitarle ojo de encima mientras caminaba? Exacto, lo has adivinado. Él la miraba fijamente, quizás intentando averiguar qué diantres hacía sola si la acababa de ver bien acompañada. La chica del gorro de Moscú se dio cuenta de cómo la miraba, de esa forma con la que él parecía pedirle que se diera a conocer un poco más, pero en un acto de timidez ella bajó la cabeza, se dio la vuelta y comenzó a andar con una estúpida sonrisa pintada en sus labios.

¡Pero ahí no se acaba la cosa! En un lugar cuyo nombre no recuerda la chica (qué le vamos a hacer, el secretismo se ha adueñado de su vida y parece que le encantan los secretos), nada más elevar su mirada volvió a verle. Parecía estar ocupado pero cuando sus miradas se encontraron, el rostro del chico mudo y si convirtió en una muda pregunta; ¿qué estaba haciendo ella allí? Por dos o tres veces la chica del gorro de Moscú sintió la necesidad de girarse hacia donde se encontraba el chico y sus miradas se enlazaron de nuevo. ¡Qué tontería, seguramente estés pensando! Probablemente sólo se trate de una coincidencia pero para la chica las coincidencias no existen, prefiere creer en el Destino.

Éste quiso que se encontraran un rato más tarde y alguna alergia extraña hizo que la chica del gorro de Moscú comenzara a estornudar de nuevo (si es que llevaba todo el día estornudando, pero quiso su mala suerte que fuera justo en aquel momento cuando comenzara de nuevo su ataque de estornudos). No se percató de que el chico se había parado justo a su lado y que la miraba divertido hasta que comenzó a hablar.

-¡Qué bonita resultas al estornudar! –la chica levantó la cabeza y le fulminó con la mirada. Nadie, absolutamente nadie resultaba bonito al estornudar-. No pongas esa cara, mujer, que es verdad. Te salen unas arruguitas preciosas junto a los ojos y el taparte con las manos te hace parecer una niña pequeña que se esconde después de hacer una trastada.

La chica se rió suavemente y luego negó con la cabeza.

-Parezco una patata al estornudar –dijo volviendo a reír y se quedó mirando los ojos del chico durante unos segundos.

-Vaya, entonces tendré que prohibir terminantemente el consumo de patatas en todo el mundo. ¡Quién sabe si algún día los chicos del McDollars estén escasos de patatas y vayan a por ti! –ambos rieron por el cambio que le había hecho el chico a la conocida marca de restaurantes de comida rápida-. En fin, no sé cómo lo haces, pero siempre apareces y desbarajustas todos mis planes –le dijo con esa sonrisa.

-¿Qué es lo que he hecho? –le preguntó la chica del gorro de Moscú con preocupación.

-Con tu pregunta me acabas de obligar a invitarte a otro chocolate calentito para ver si se te pasa ese infernal catarro –le contestó divertido.

-Oh, entonces te preguntaré eso más a menudo –en ese momento la chica del gorro de Moscú cae en la cuenta de algo-. ¡Catarro, que idiota soy! Pensé que estaba desarrollando una extraña alergia hacia ti –le dijo riendo de nuevo y ambos comenzaron a andar aun entre risas.
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El frío invernal hace magia


-¿Me llevas a dónde los osos son reyes, en el hielo hay cuevas de hadas y donde los gorros de Moscú son normales? –le preguntó la chica con una sonrisa, pero seguía sin ver nada ya que las manos del chico cubrían sus ojos.

-Algo parecido –le contestó riendo y destapó sus ojos mostrándole un pequeño lago cubierto con una fina capa de hielo y una nieve resplandeciente-. Por nuestro bien espero que no haya osos y dudo que haya hadas, pero no desentonas con tu gorro; tranquila –le confesó y se acercó a ella mientras que jugaba con la nieve.


-¿Cómo descubriste este lugar? –le preguntó maravillada de lo que ve.


-Un día conocí a una chica que siempre llevaba un extraño gorro como si estuviese en la Antártida, tenía guantes de colores y un curioso llamador de ángeles. Me dio la impresión de que le gustaba el frío y decidí buscar un lugar en el que éste convirtiera las cosas en algo mágico –dijo señalando la nieve-. Puede que digan que está loca, ¡pero si eso es locura que me digan a mí que es lo que siento cuando curva sus labios en una sonrisa!


-Muy afortunada esa chica –le contestó ella bajando la mirado algo azorada y por supuesto que no era por el frío.


-¿Y sabes qué es lo mejor de todo? Secretamente me ha prometido un beso –le dijo riendo.


-¿Un beso? –le preguntó ella levantando la mirada hacia sus ojos, que la miraban con dulzura.


-Sí, en el mismo momento en el que ha dicho “beso” –volvió a reír.


Se acercó a ella lentamente con su preciosa sonrisa dibujada en la cara. La chica del gorro de Moscú se ha pasado demasiado tiempo jugando con la nieve y el frío se le ha calado en los huesos. Con un temblor que le recorrió toda la espalda se vio obligada a apartarse de él cuando estaba a menos de un centímetro y estornudó rompiendo la magia del momento. Escuchó como el chico se reía y ella le dirigió una mirada sonrojada.


-¿Sabes? Soy verdaderamente oportuna –dijo temblando de nuevo y él lo notó perfectamente.


-¿Por qué no me has dicho que tenías frío? –pareció echarle la bronca, aunque fuese desde el infinito cariño y cubrió las manos heladas de la chica devolviéndoles su temperatura con una cálida caricia-. Tengo un termo calentito lleno de chocolate –le susurró disfrutando del brillo de sus ojos-, pero solamente te daré si dejas de temblar y dejas que te abrace.


-¡Trato hecho! –le contestó sin dudarlo.

Él la abrazó fuertemente, notando el frío de su cuerpo a través de la ropa. Ambos se rieron cuando él dio un respingo al notar la fría nariz de la chica sobre su cuello. El abrazo del chico era cálido y confortable. Ella sentía como sus manos acariciaban suavemente su pelo, enredando a veces un dedo haciéndole tirabuzones.

-Eres igual que un copo de nieve -le susurró-. Fría, preciosa e irrepetible.

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Calling Angels



Un pequeño llamador de ángeles es lo que le ha dejado el Gordito de Rojo a La chica del gorro de Moscú. Ella dice que tiene un timbre dulce, suave, como si las alas del ángel te estuviesen haciendo cosquillas en la cintura y el sonido del cascabel fuese tu risa.

Más que nunca le gusta ir saltando de un lado a otro porque con un pequeño movimiento el llamador empieza a sonar. Ella está preocupada y ahora procura no moverlo mucho, no vaya a ser que le vaya a dar dolor de cabeza a su pobre ángel (aunque también piensa que si lo agita mucho puede dejar de sonar por alguna razón). Hoy se ha cruzado con el chico de la preciosa sonrisa, se ha parado junto a ella y ha mirado divertido el collar. Lo hizo sonar durante un momento y comenzó a reír.

-¿Entonces eras tú la que me lleva llamando desde hace una semana? Haré más caso la próxima vez –sonrió-, quizás a La chica del gorro de Moscú le apetezca tomar un chocolate de esos tan calentitos.

-Pero en un lugar donde no haya timbres –le recordó.

-Donde no haya un solo ruido –rio y le guiñó un ojo.

¿Un lugar dónde se pueda tomar un chocolate calentito, dónde no haya ruido y pueda llevar su gorro sin que hablen por lo bajo? –se pregunta ella-. Quizás tenga pensado llevarla a la Antártida, pero la próxima vez que agite su llamador tendrá a mano una pala y un cubo de la playa. ¿Se podrán hacer castillitos con la nieve de la Antártida?
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Cuéntame un secreto por cada raya de colores



-¿Quieres que te cuente un secreto? –pregunta aclarándose la voz.

-Me encanta que me cuentes cosas –le contesta sonriendo.

-Está bien, cada día te contaré un secreto por cada raya de colores–dice riendo y parece que vuelve a tener cinco años. Le apasiona verla así y no le importa seguir sus extravagantes juegos solamente por complacerla-. Empecemos por el… ¡rosa!

Él asiente y se sienta junto a ella, mirándola a los ojos. No logra acostumbrarse a tenerla tan cerca, a que sus ojos sólo lo miren a él y a nadie más.

-¿Qué secreto me deparará el rosa? –le dice.

-Una virtud o un defecto, según como lo mires –se calla un momento e inspira para coger fuerzas-. Tengo tendencia a obsesionarme con los olores, es algo que no puedo evitar. Creo que soy capaz de reconocer a una persona sólo con tenerla cerca de mí –dice la chica, y se sonroja al contarle aquello.

Seguramente debe de estar pensando que está loca o estará maquinando un plan para huir de ella lo antes posible, pero para su sorpresa él comienza a reírse.

-Quizás tengas algún tipo de súper poder, pero dime ¿a que huelo yo? –sonríe y piensa que aunque no tenga ningún tipo de súper poder, es realmente única.

-Es un olor fuerte, masculino, pero que resulta agradable para todos los sentidos. Una de esas fragancias que te imaginas en el cuerpo de cualquier modelo alto y fornido.

-Vaya, no pega mucho con mi descripción. No me veo desfilando por una pasarela.

-¡Eso que lo digas tú! –le contesta la chica riendo-. ¿Y yo que aroma tengo? –le pregunta con curiosidad.

Se queda pensativo un momento y se acerca a ella lentamente, hasta acariciar suavemente la piel de la curvatura de su cuello con la nariz. Le hace cosquillas el roce de su piel y no puede evitar encogerse hacia el lado conde siente su grata caricia. Sin quererlo, la mejilla de la chica roza la piel del rostro del chico y la hace enrojecer cuando empieza a susurrarle en el oído.

-Es una fragancia suave y dulce, con olor a muchas flores que me hace imaginarte como una dríade danzando por el bosque. Hueles a feminidad, a la ambrosía que atrae mis labios en busca de un solo roce que me conceda la inmortalidad, a la atracción de dos imanes juntos por las leyes escritas –susurra perfilando su mandíbula con la nariz, dejando chocar su aliento contra su piel, que la hace estallar en escalofríos-. Tienes ese olor infantil que me llevaría hasta los confines entre la vida y la muerte sólo por protegerte –murmura delante de su mentón-; pero sobretodo tienes el exclusivo aroma de la persona a la que he estado esperando. Tienes el olor de una amante hecha a medida.

Se queda quieta un momento, con la respiración acelerada y el pulso errático.

-Bastante preciso para no tener mis súper poderes –tartamudea sin evitar decir una estupidez.

El chico se ríe suavemente y se separa de ella nervioso.

-Júrame que la próxima vez que te vea no sea en un lugar donde haya un timbre.

Al instante siguiente vuelve a sonar la campana y se traga su juramento. Solamente espera que él lo haya escuchado.

¿Has visto? ¡Los "hasta luego" dichos con una preciosa sonrisa son un "quiero verte de nuevo" de verdad!
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La chica del gorro de Moscú


-¿Tienes tanto frío como para llevar ese gorro? –oye susurrar a su espalda.


Se gira lentamente y ve a un chico dos años mayor que ella, con el pelo castaño y ondulado que le tapa la frente y no le permite ver sus ojos. Una pequeña barba incipiente cubre su mentón y le da un toque de madurez y edad, de la cual, la última; carece.


-Eh… No. Bueno, quizás sí –rectifica y se sonroja como una tonta.


No solía ser nada tímida, pero él la intimidaba y temía decir algo que pudiera fastidiar el momento.

-Era una duda existencial, aunque no me hayas contestado, de todas formas –dice con una pequeña sonrisa, pero por su forma nerviosa de mover las manos y su cuerpo en tensión se divisa un haz de timidez-. Espero no haberte molestado.


-¡No, no me ha molestado ni nada! –dice elevando el tono de voz hasta casi gritar.


Él la mira, analizándola por unos segundos y la chica se coloca nerviosamente el pelo. Al cabo de unos segundos una risa floja escapa de su boca mientras que él no le saca ojo de encima.


-Resultas mucho más interesante cara a cara que viéndote por los pasillos, que ya es decir. A menudo me pregunto si padeces de hiperactividad o algo similar cuando te veo gritando, saltando o haciendo cualquier cosa extraña.


Ella se sonroja y dirige la mirada a sus zapatillas. Piensa en algo coherente que decir y es extraño, ya que nunca piensa antes de hablar ni tampoco se suele sonrojar.


-Bueno, soy de mente inquieta… Pero sí, puede que también falle algo en ella –le responde-. Soy algo rara, de eso no hay duda.


-Todos somos algo diferentes, pero me da la impresión de que tú eres un modelo de “edición especial de Navidad” –tartamudea. ¿De verdad le costaba tanto hablar?


¿Estaría la mitad de nervioso que ella? ¡Dios, la chica llevaba esperando aquel día años y no era capaz de decir algo con sentido!


-Lo dudo, pero gracias de todas formas –responde y se atreve a esbozarle una tímida sonrisa.


-De nada –dice guiñándole un ojo y se da la vuelta para dirigirse a su clase-. Te parecerá una locura –dice volviendo a girarse hacia ella-, pero creo que estamos hechos el uno para el otro –dice pero de repente comienza a reírse y ella le mira curiosa-. Por favor, dime que no acabo de decir “estamos hechos el uno para le otro”. Me prometí a mí mismo que no diría eso.


Ella se une a su risa mientras que la gente que pasa a su lado no es más que un espejismo. Siente que ambos están en una especia de burbuja y que nadie puede romperla.


-No, no he oído nada de eso –le sigue el juego-. Ahora tengo yo una duda existencial –imita sus palabras-. ¿Cuánto hace que preparas esta conversación? –ríe como si estuviera en una ensoñación.


La mira fijamente a los ojos y sonríe. La chica se maravilla con las arrugas que salen junto a la comisura de sus labios y se queda observándole como una boba. De repente, aquella burbuja que había a su alrededor se rompe por culpa del fantástico sonido del timbre.


-Hasta luego, mi querida chica del gorro de Moscú –dice sin contestarle, se gira finalmente y le ve perderse entre la multitud.


La chica se tambalea un poco pero recupera la compostura. Un “hasta luego” es lo mejor que le podría haber dicho nunca, ¿por qué un “hasta luego” dicho con esa preciosa sonrisa significa que tiene pensado volver a verla, no? –piensa mientras camina hacia su clase sonriendo como una boba.
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