64/365
61/365
Because tonight will be the night that I will fall for you
A ocho minutos y medio de nuestro apocalipsis
El último sufrimiento, te lo aseguro
Se me hacen eternos los tres segundos y medio que dejas sonar el teléfono justo antes de descolgarlo con estrépito. Te quedas en silencio con la respiración entrecortada y la verdad es que no sé que decir, te he dicho por activa y por pasiva que esto no va bien así. Bueno, quizás haya una cosa que todavía no te haya preguntado.
-¿Qué tal? –mi voz es un simple susurro que misteriosamente ha logrado captar el teléfono, incluso tú también.
Dos simples palabras que se te atragantan y cuando intentas contestar varias lágrimas inician su desgraciada carrera por tus mejillas, que aunque no las veo sé perfectamente que están ahí. Tan sensible que siempre has sido, manteniendo al principio tus sentimientos bajo llave pero finalmente siendo de esos que no les importa que los vean llorar, que el dolor hay que sacárselo de alguna forma y llorar dicen que es una de ellas pero que a mí no me quita este dolor que tan hondo se me ha clavado (ni a ti tampoco).
-Sin corazón –tardas en contestar pero lo dices con voz segura.
-No lo creas –intento continuar la conversación pero el dolor también se dedica a atacarme por todas partes-, siempre has sido una persona buena, de esas que se dice que tienen un gran corazón.
-Mentira. Todo mentira. ¡Me he dedica a hacerte daño durante tanto tiempo! ¿A caso se puede decir de eso que es de personas bondadosas? –te gritas a ti mismo-. Abre los ojos, Wint. Olvídate de mí y mándame al infierno, allí donde debería estar. No me llames, no pienses en mí, no rebusques entre mis cosas. No. Lo de esta tarde ha sido un error pero es el último sufrimiento, ¡te lo prometo, te lo juro! Mañana temprano cada uno vuelve a su casa, a su nueva vida. Sé que podrás olvidarte de mí, encontrar a otro que sea un millón de veces mejor y que te haga feliz y yo… bueno, me las arreglaré hasta que diga un adiós definitivo.
-¿Estás loco, Aleksi? –no sé ni como he podido hablar. Todas esas palabras, toda esa ristra de locuras sin fundamento-. ¿Crees que vamos a llegar muy lejos los dos, el uno sin el otro? ¡Abre tú los ojos y no te aferres a esta jodida separación! ¿Qué dices de un adiós definitivo, ¡qué locura es esa!? Que yo confío en ti y sé que lograremos seguir adelante, ¿cuántas veces lo hemos conseguido?
-¡Ahí está, Wint! ¿Cuántas veces te he hecho pasar por esto? ¿Cuántas veces has sido tú la que has intentado sacarte la vida? ¿Te parece una locura que se me haya pasado a mí también por la cabeza? Es lógico, será lo mejor para ambos. Tú no sufres y yo no existo, me parece un precio justo para que seas feliz el resto de tu vida.
Me muero de miedo de las palabras que te oigo decir, tú que siempre has sido tan racional, el que se ocupaba de los asuntos serios ¿y ahora me vienes diciendo todo esto? Me tiembla todo el cuerpo y doy gracias de que me salga la voz ahora que quiero hablar claramente.
-No pienso permitirte nada de eso. Que ninguno va a volver a su casa ni va a empezar una nueva vida, que haré lo imposible para que las cosas vayan mejor que nunca y bajo ningún concepto dejaré que te hagas daño a ti mismo porque ¿cómo crees que me iba a quedar yo? ¿Te crees que iba a poder seguir viviendo tan tranquila si tú ya no estás aquí, sonreírle a otros cuando mis sonrisas siempre han sido tuyas? Jamás, óyeme bien.
-Ahora ponte en mi lugar, Wint, ¿qué harías tú en el caso de verme sufrir día a día, un intento fallido tras otro de que me quitara la vida? ¿Seguirías conmigo sabiendo que lo único que me traes es dolor, pena, sufrimiento, muerte? No lo harías, dejarías que fuese feliz pagando el precio que fuese así que déjame hacer las cosas bien, por última vez. Dicen que el tiempo lo cura todo y el que yo ya no esté aquí no va a ser una excepción.
Y se me atragantan las palabras cuando voy a reprocharte que no tienes razón en nada de eso pero el final de la llamada se clava en mis oídos y el miedo me congela enteramente. Nunca has sido una persona paciente y menos aún cuando algo se te metía en la cabeza.
Me dedicaba a hacer teorías sobre medios corazones tristes

Ah, por favor, me es imposible conciliar el sueño con tu olor enredado en mi nariz. Ni siquiera me he movido desde que te has ido pero cada vez me abrazo más fuerte a tu camiseta en un vago intento de estrujarle hasta la última gota de tu fragancia. Me pregunto cómo estarás tú, quizás también espachurrando entre los brazos las sábanas de nuestra cama o tal vez hayas recogido el pijama que había dejado en el suelo y le has dado los mimos y caricias que tendrían que ser míos. Se me viene a los labios una sonrisa triste imaginándote abrazado a mi pijama rosa y dejando caer tus lágrimas sobre él, que jamás te había visto llorar tanto como hoy, tanta pena desbordada por esos ojos claros. Es que ya no se me ocurre nada para hacerte ver que esto se nos ha ido de las manos, que entiendas que esta separación nos acabará matando si no estamos muertos ya por dentro. ¿Cuánto hace que no sientes el corazón contento, latiendo con un ritmo que te hace sonreír? Yo ya ni me acuerdo, si no fuera porque el dolor me recuerda que sigo viva diría que ya dejó de latir hace mucho tiempo. Bueno, quizás tenga dos maneras de latir, la que mantiene el cuerpo con vida verdaderamente y la que late por otra persona. Y no es que ya no te quiera y que por eso no lo sienta latir, ¡menuda estupidez más grande! Quizás sea que cada mitad de nuestro corazón late por el otro y aunque no lo sepamos eso es lo que nos mantiene en pie. Tu mitad es la que me da fuerzas a mí y yo te juro que la mía jamás dejará de latir por ti, Aleksi. ¡Pero por favor, que tonterías me hace pensar este insomnio! Mejor me dejo de filosofar sobre mitades de corazones tristes y me dedico a pensar en algo que nos salve. Vaya, ahora también se me viene a la mente eso que me habías dicho de que “el amor es una mentira”, que tan sólo es una forma bonita que tienen de llamar algunos al ancestral deseo carnal. Luego dijiste que no me amabas porque la verdad era que me llevabas impresa en tu alma, con mis defectos, mis virtudes, mis tonterías y mi cariño y eso era mucho más que cualquier chorrada llamada amor. Si sólo me escuchases con el sentido común y no con esos oídos que son los que se empeñan en decir un no a todo lo que lleve consigo la palabra volver quizás las cosas fuesen mucho mejor. Joder, si me doy cuenta de que te estás tomando esto más seriamente que nunca y se me llena el alma de una esperanza que se sale por todos los poros de mi piel con solamente pensar lo mucho que al fin y al cabo me quieres; pero por qué seguir haciéndonos daño estando separados cuando los dos queremos terminar con esta distancia, no lo entiendo. Que sé que también te mueres de ganas de que volvamos a estar juntos pero ese razonamiento que crees correcto te está engañando como a un tonto. ¿Y sabes que es lo que voy a hacer? Voy a llamar inmediatamente a nuestra casa, allí donde estás y si no quieres venir hablaremos largo y tendido; que por supuesto también sé que estás tan despierto como yo.
Hurts so good
Yogures y cereales de chocolate, pañuelos (por lo menos dos cajas), helado y un poco de Aleksi, aunque no creo que en el súper me lo pongan para regalo. Me había convencido de que un poco de llorera nunca venía mal y después de estar dos días enteros con sus dos noches echando cataratas por los ojos hoy era el día de dar el golpe fuerte, la estocada mortal. Música triste, maratón de películas de pañuelos y mucho chocolate. La ironía del asunto llega cuando te veo allí, en el súper también, cargado con una caja de cervezas y tres tabletas de chocolate. Genial, ¡hasta habíamos pensado el mismo plan de autodestrucción! Me tiemblan las piernas, me arden las manos sólo de pensar que cambiándome de fila podría tocarte otra vez pero es que me siento tan deshecha, tengo el corazón tan sumamente encogido de tanto llorar que no sabría si me entraría la llorera nada más mirarte a los ojos o te rogaría de rodillas que volvieses. Y me ves, me miras con aquellos ojos perdidos que no saben dónde meterse cuando se topan con los míos y te sumes tanto en tu tristeza que te olvidas hasta de la cajera que te mira con mala cara. Si hasta a mí me cuesta encontrar el dinero pero me sorprendes cogiendo mi bolsa y antes de que pueda decir nada tus ojos bañados en pena me alertan de que no diga nada.
-Tenemos el mismo plan, por lo que veo –un simple susurro, la mismísima voz del dolor-. Te invito a mi casa, para que lloremos juntos pero si me juras que sólo eso, Wint.
¡Y cómo voy a negarme, por todos los dioses! Asiento casi frenéticamente y me guardo las lágrimas en los bolsillos, no es el mejor sitio para dar el espectáculo.
Se me parte más el corazón, si es posible, cuando veo finalmente el sitio que tantas veces me había preguntado en el que vivías. Es pequeño, salón, dormitorio, baño y cocina se apretujan en treinta metros cuadrados, pero no tengo pensado quejarme. Sin mirarnos siquiera pones las cuatro películas de lagrimones que nos esperan y cada uno con sus drogas se deja consumir por el sufrimiento, pero es que cariño, duele tan bien. Poder llorar por ti y tener tu brazo rozando el mío, aquella sensación en la que se confunde el dolor, el masoquismo sentimental y el amor es inexplicablemente satisfactoria aunque me queme por dentro. Y verte así también, más triste que un medio corazón sin compañía ¡por tus tonterías! me destroza pero todavía más las ganas de estirar el brazo y poderte acariciar. Joder, si tú también lo estás deseando pero ¡no te das cuenta que este alejamiento que has impuesto entre nosotros no hace más que matarnos! Nos pudre el alma y desangra el corazón.
-Qué tarde es… -medio exclamas con frenesí y apagas la televisión. Te secas los lagrimones con furia contra la manga de la chaqueta y te vuelves hacia a mí por primera vez-. Es demasiado tarde para que vuelvas a casa, quédate… aquí y me iré yo.
Te vuelves hacia la mesa y coges tus llaves, aquellas que nunca pensé que existieran. Y no me salen las palabras, dejo que te marches sin decir una maldita palabra y se me desatan los sentimientos cuando se cierra la puerta. Con doloroso recuerdo veo tu camiseta favorita en la silla, me abrazo a ella y me tiro en el sofá para dormir aunque estoy segura de que me torturaré pensando en ti. Dioses, si la camiseta huele a ti, solamente a ti y sí, me encantan lo bonito que duelen estos sentimientos que te queman en las venas y te aprietan en el pecho.
(Hurts so good - Jonh Mellecamp)
A las doce menos un minuto

Hoy, día de aniversarios y recuerdos se me ha ocurrido rescatar la caja de las fotos que guardabas bajo la cama. No es que hubiese muchas, pero verdaderamente una me ha llegado al corazón. Siempre te dije que odiaba esa foto, pero tú la adorabas como ninguna. Decías que aquella era la cara que ponía cuando tenía ganas de mimos, de peli, de chocolate y de ti, por supuesto, mientras que me abrazaba las rodillas como si fuese una niña, pareciendo más pequeñita de lo que ya era. Soy una tonta, jamás debería haber sacado esa caja de donde estaba, y menos esta noche. Queda apenas un minuto para que se acabe el día de nuestro aniversario de amordolorypenas y me he dejado ya de castigar pensando que vendrías a hacerme una visita, si es que cada día me vuelvo más tonta e ilusa.
Pero el timbre suena, tres segundos exactos seguido de tres golpecitos sobre la puerta. Decir que volé hacia la puerta es quedarse cortos, ni tropezar con la mesa, tirar el florero y arrastrar las sillas conseguirían alejarme de la puerta, ya que eras la única persona que timbraba así en el mundo. Y te veo allí, tan alto, tan triste, tan bonito, tan deshecho y con cara de que te faltase medio corazón. Se me hace inmensa la distancia que nos separa y te estrecho entre mis brazos, queriéndote sacar a apretujones toda aquella pena que tienes dentro. Me correspondes dándome un beso en la frente, acaricias mi pelo suavemente y enredas tus dedos en él con infinita memoria, como lo que era una costumbre.
-Un minuto, fue lo que me pediste –susurras es mi oído, sabiendo que aquel doloroso abrazo era nuestra salvación y perdición.
-Oh, vaya, no puedo creerme que no huelas a colonia de mujer –no sé ni porqué lo digo, pero me sale del alma y me hace sonreír.
-Estoy aprendiendo a hacer las cosas bien, por la chica que ponía cara de quererme un poco, aunque nunca lo haya merecido –me contestas al ver la foto que todavía sostengo en mi mano, la coges y dejo que te la lleves, al fin y al cabo siempre ha sido tuya.
Y te separas de mí, con la mirada baja y el reflejo de mis lágrimas en tus mejillas, que son tan reales como las mías. Intento alcanzarlas con mis dedos, pero atrapas mi mano derecha y la besas con infinita ternura. Te veo marchar, arrastrando los pies, tu pena y la mía, tus ganas de quedarte y también el saber que separados no nos hacemos daño, o por lo menos no tanto.
-Aleksi -es lo único que me sale decir mientras me escurro por la pared. Ni siquiera he entrado en casa pero tampoco me veo con fuerzas-. Vuelve…
Y ni toda el agua de los océanos sería comparable a las lágrimas que lloré, con mi mano derecha en el corazón, aún sintiendo tus labios.
Las palabras bonitas no duelen, o eso es lo que yo pensaba

¿Te acuerdas de estas palabras? Por supuesto, ¡cómo olvidarlas! Fue mi particular regalo de aniversario, una locura de adolescentes que ahora me está pasando factura. ¿Por qué me duele tanto hoy, por qué me arde la muñeca? Mañana, justamente mañana, vuelve a ser nuestro aniversario. Que con sólo mirar estas letras, aquellas que acariciaste con tus dedos con el mayor mimo que había conocido en ti cuando te enseñé el tatuaje, se me saltan las lágrimas. Te dije que era para llevar un pequeño trocito tuyo siempre conmigo, que fuera inseparable de mí. Recuerdo que habías dicho que era precioso y que tu cariño estaría en mi piel de por vida. ¡Ilusa de mí, joder! Incluso te preocupaste por si me había dolido mucho y te dije que no, que las palabras bonitas nunca duelen. Te encargabas de echarme todos los potingues que me había recomendado el tatuador, que ya sabes como odiaba yo esas cosas tan pringosas.
Y pensar que ahora no sé donde estás, que so estás bien o tan desamparado como yo. Aleksi, por lo que más quieras, da señales de vida –suplica mi mente, en vano-. Tantas veces he soñado con que sonara el teléfono que ahora, cuando lo vuelvo a escuchar ya dudo de si es real o no. Pero me doy cuenta de que es tan real como la vida misma cuando veo las luces del teléfono. Y ya van tres tonos y la paciencia no es una virtud que posees. Me tiro hacia el teléfono, sin pensarlo si quiera.
-¡Aleksi! –grito, pero al otro lado de la línea no contesta nadie, aunque la llamada sigue avanzando. Se escucha un leve suspiro y la persona empieza a hablar.
-Sólo… Sólo quería asegurarme de que estabas bien, no te molesto más. Adiós, Wint…
Se me congeló todo. El cerebro, los brazos, las manos y las piernas. No podía terminar tan pronto la conversación. ¡NO!
-Aleksi, por favor… -no quiero llorar, no mostrarte aquel sentimiento de debilidad pero es que me es inevitable-. Vuelve a casa, te lo suplico. Una noche, una hora, ¡un minuto! Deja que pueda abrazarte de nuevo.
-Es mejor así, menos doloroso –oigo tu voz y sé que aún estás más jodido que yo. Nunca había escuchado ese tono tan reprimido y que avisaba de que tu garganta iba a estallar en sollozos de un momento a otro.
-Sabes que no es cierto –te reprocho, ¿por qué aguantar todo este sufrimiento si ninguno de los dos lo desea?
-Lo sé, pero será lo mejor para ambos. O eso espero…
Y se corta la línea telefónica, llevándose tus lágrimas y las mías. Siempre me he preguntado si habría otra persona escuchando desde algún sitio, todas las conversaciones de la gente. Si es así, acaba de escuchar el te quiero más doloroso y triste jamás pronunciado.
Llama, Aleksi
“Es demasiado tarde para seguir rogando por tu perdón. No tengo la suficiente valentía de decírtelo a la cara, pero es que me voy, muy lejos. No mereces que te siga atormentando de esta manera y si mi amor lo único que hace es daño, mejor será que no quiera a nadie más, nunca. Que yo sabes que te quiero y por mucho que te lo diga no me salvaría de pudrirme en lo más profundo del infierno. Y es lo que verdaderamente quiero. Sin más… -la voz se descompone en ese momento, rompiéndose, desgarrándose con las últimas palabras- me voy. Reza para que aparezca mi cuerpo, sin vida. Wint…” –y el mensaje finaliza, es un ligero susurro, en un último suspiro, una última lágrima.
Entre estremeciemientos rompo a llorar, abrazándome a las rodillas y sintiendo toda la pena del mundo en mi corazón. Que no puedo vivir ni contigo ni sin ti. Que me duele aquí en el pecho por no tenerte conmigo al igual que me duelen tus tonterías y mentiras. Llama, Aleksi. Llama, llama, llama. Necesito oírte una vez más. Que pensé que después de lo del baño algo había cambiado. Pero te levantaste, me diste un beso en la frente y te marchaste sin decir nada. Me abrazo aún más fuerte, cierro los ojos y sueño con el ruido de las llaves, la puerta abriéndose y tú allí. Tonta de mí, nunca llevas llaves.
Dime que el amor resiste el frío
Mi pequeña Wint, mis pensamientos son tuyos
Hoy he madrugado y he ido a comprarte flores. Las he mandado llevar a tu oficina con una nota roja, pero sin nada escrito. Tú ya sabes lo que eso significa, mi mayor arrepentimiento. Bien sabes que no me puedo resistir a las mujeres, pero en el fondo te quiero y aunque intentes evitarlo; tú también. Si es que eres lo más importante de mi vida, no sabes hasta que punto me complacen tus abrazos cuando llego a casa o una simple sonrisa al despertarme; pero lo he fastidiado todo una vez tras otra y cada vez más a menudo me pregunto por que diantres me perdonas. A veces quiero alejarme de ti, marcharme una noche sin decirte adiós y no volver, abandonar esta tortura para ambos; pero otras me doy cuenta de lo mucho que te necesito y tú a mí. Dioses, si es que lo tenía todo pensado. Había reservado mesa en tu restaurante favorito, me convertí en el joven alocado que te enamoró y me enfundé mi chaqueta de cuero que tantos abrazos te dio; pero el diablo me ha tentado de nuevo, vestido esta vez con un delicado vestido de seda negro. ¡Si sólo hubiese esperado tres minutos ya no te habría llamado y no te habrías hecho ilusiones con el plan de la noche! Si es que cada vez me hundo más. Estaba dispuesto a arreglarlo todo esta noche, quería darte otra de esas veladas de risas, de sueños adolescentes y cantarte al oído mientras tocaba la guitarra. Ahora lo único que me preocupa es llegar lo más rápido posible a casa mientras que intento quitarme este intenso olor a colonia barata de mujer. Deberías matarme, o por lo menos torturarme por un largo tiempo. No te merezco y mucho menos tu amor que se desangra con cada uno de mis actos. Las escaleras se difuminan a mi paso, abro la puerta en un abrir y cerrar de ojos, pero algo va mal; realmente mal. La casa está extrañamente silenciosa, huele a aquel incienso que te había regalado que decías que olía a muerte y se escucha la radio desde nuestra habitación. Odias la radio y el incienso. Corro hacia la habitación con el pulso de mi corazón palpitándome en los oídos, pero allí no hay nadie. Veo que has estado revolviendo todo el armario hasta encontrar aquellos pantalones ajustados y aquellas camisetas de grupos que muy pocos conocíamos para nuestra cita. Dioses, siempre he dicho que hemos tenido un vínculo mental. No se oye nada más en casa, pero veo la puerta del baño cerrada y voy hacia allí. Aunque no me lo hayas dicho se que te da miedo cerrar la puerta por si pasa algo. Joder ¿y aún por encima has cerrado con pestillo? Golpeo la puerta mil veces seguidas con mis puños mientras que no dejo de gritar tu nombre, pero no recibo contestación alguna. Con todas mis fuerzas, mi rabia contenida, mis ganas de amarte y mi desesperación arremeto contra la puerta y logro abrirla. En una milésima de segundo veo todos los recovecos del pequeño baño pero tú no estás allí. El tiempo se para mientras que me acerco lentamente hacia la bañera. Veo todas las flores del ramo que te he enviado esta misma mañana esparcidas por el agua, con un grito gutural me lanzo hacia la bañera y en tus ojos puedo ver la muerte. Te saco del agua con lágrimas en los ojos y te abrazo con fuerza, apretándote contra mi pecho para sentir tu leve respiración sobre mi oído. Grito cosas sin sentido que se tragan tu leve balbuceo que ni siquiera entiendo. Eres una egoísta, escucho que salen de mi boca esas palabras, pero no sé lo que digo y necesito serenarme. Me miras fijamente a los ojos mientras ves como se escurren mis lágrimas como ríos de pena. Veo la rabia y el perdón en tus ojos, que solamente consiguen que me enfurezca aún más conmigo mismo. Siento tu cuerpo helado y te saco de la bañera inmediatamente. Te envuelvo con la toalla y te abrazo con todas mis fuerzas mientras que seguimos en el suelo de plaquetas grises y feas que hacen todavía más lúgubre aquel instante. Mi pequeña Wint, mi amante del invierno, por favor no te aferres a ese frío que congela tu alma, tu vida y tu cuerpo. Susurras que me odias y asiento con la cabeza, mucho más asco me tengo yo a mí mismo. Me pregunto que hubiese pasado si en aquel veintisiete de un frío febrero no te hubieses acercado a mí para ofrecerme un cigarrillo. Quizás hubiese muerto y ni tú ni yo hubiésemos sufrido tanto, pero esa es otra historia que te contaré más adelante; ahora tengo que regalarle cariñitos y besos de esquimal a mi fría Wint.
PD: Puedes llamarme Aleksi, el que debería querer un poco más a Wint.
El hielo que me congelaba no lo derretiría ni tus lágrimas, o eso creía

Y este frío que me hiela el alma y hasta la punta de cada uno de mis cabellos me hace tiritar y abrazarme las rodillas con fuerza, haciendo que me haga daño en los nudillos. Mis ojos lloran angustias del pasado, del presente y del futuro. Entre sollozos susurro tu nombre al viento, intentado que se lo lleve lejos de mí, pero siempre vuelve, siempre. Las flores marchitas se acumulan en el agua de mi bañera llena de agua helada, pero no pienso salir de aquí. Los pétalos acarician la piel de mi cuerpo intentando imitar inútilmente el suave roce de tus manos, pero es algo realmente imposible. Una y otra vez te he perdonado como una estúpida, un juego divertido he sido para ti, ¿verdad? ¡Qué bonito se siente ahora el frío por mi cuerpo, sintiendo como adormece cada parte de mi ser y sumiéndome en un estado apacible! Sí, echaba de menos esto, pero nunca imaginé que volvería a estar tan relajada tan cerca de la muerte. Me sumerjo lentamente mientras que los dientes me tiritan haciendo ruido y creando una tonta sonrisa en mi rostro. En mi mente aparece tu cara, tus ojos, tu pelo, tu olor, tus palabras que me dedicabas, pero solamente aquellas que eran bonitas; de esas que sabías que se me encogía el corazón al leerlas y me daban ganas de darte abrazos. Sí, de abrazarte con tanta fuerza que me doliesen los brazos y el pecho al apretujarme contra ti, de darte un beso o de decirte cualquier tontería de esas que a ti te pintaban una sonrisa en la cara y a mí me sacaban los colores. En efecto, esas son las penas del pasado y las del futuro ya las dejé de pensar. El mañana se termina hoy mismo. El agua ya cubre mi cabeza y me atrevo a abrir los ojos bajo el agua, viendo los destellos de los pétalos de colores sobre mí. Necesito ser valiente, unos segundos y no habrá ya más problemas. Me llega el sonido apagado de tus puños golpeado la puerta del baño. Diantres, se me había olvidado quitarte las llaves de mi casa la noche anterior. Tampoco es que importe mucho ya. Me escuecen los pulmones y el sonido atronador de mi corazón palpita en mis oídos, pero sólo un poco más, diez segundos. Cuando ya la luz de mis ojos se va haciendo más tenue, la puerta se abre y sabes perfectamente lo que ha sucedido. Me sacas del agua y una sensación de mareo insoportable sustituye a la pasmosa calma en la que me había sumido y empezaba a disfrutar. Gritas cosas que no tienen sentido, que impactan contra mis oídos y entran como un torrente que me hace doler la cabeza. Intento balbucear un suéltame o algo parecido, pero las lágrimas de tus ojos me hieren aún más que todo el dolor que soporta mi cuerpo. Dices que soy una egoísta y que no entiendes por que hago una cosa así. Dices que me quieres y que siempre lo harás, pero has vuelto a fallar. Tu camisa huele a perfume de mujer, un olor fuerte y penetrante muy diferente del de esencia de flores que me regalaste hace unos meses. ¿Y tú me preguntas por qué hago esto? Primero quiero que me expliques porque eres tan jodidamente cautivador y te acabo perdonando siempre, después te explicaré mis motivos.
PD: Me llamo Wint, de winter, o por lo menos así era después de salir de la bañera. Espero tener otro pequeño momento para contarte que sucedió después.