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Se vieron entre las bolsas de guisantes congelados pero ni todo el frío que envolvía el ambiente fue suficiente para apagar la mecha que se había prendido entre ellos. ¡Y mira que hace frío en la sección de congelados, eh!
Los dos se equivocaron y cogieron las croquetas que no les gustaban, bueno, es que en realidad no iban ni a por croquetas, querían masa de pizza.

Vaya dos tontos.

Se rieron y se miraron y si aquello no fuese la vida real se hubiesen ido a tomar un café juntos, como en las pelis. Pero también se dijeron a sí mismos ¿por qué no hacer de su vida la mejor historia del mundo? 

Y se volvieron a reír, pensando lo mismo. Y se volvieron a mirar. Y pensaron que los guisantes se iban a descongelar con el calor que desprendían sus sentimientos. 
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Guisantes que intentan robarme a mi trozo de frío diciembre



Princesa, hazme el amor con la mirada



Ahora que vuelve el calor tengo miedo de lo que pueda pasar con mi pequeño Glaciar. ¿Qué va a ser de ella con tantos rayos de sol, con las mañanas calurosas de domingo y la emoción de la gente con ponerse morena? Creo que se va a volver loca, quizás debamos emigrar a la Antártida o algo así. Genial, seremos los reyes de unas cuantas hectáreas de nieve, tendremos uno o dos pingüinos en el jardín, nos tocará comer sopa todos los días y me esperarán luchas continuas con ella y el abrigo. Apuesto lo que sea a que es capaz de querer salir en pijama a la nieve. Dioses, que ni se le pase por la cabeza. Y no bromeo, ahora mismo está cogiendo las bolsas de guisantes del congelador del supermercado para jugar con ellos aunque le haya dicho que no debe hacerlo. ¡Vaya pieza! Será mejor que apure, o la pillaré abrazando también a las pizzas congeladas.

-¿Intentando construir un iglú, preciosa? Habíamos quedado que nada de abrazar a la comida congelada, que si no me pongo celoso–la sorprendo por la espalda, haciendo que dé un bote y un temblor le recorra la espalda.

Se gira hacia mí con cara de disculpa, escondiendo la bolsa de guisantes a su espalda mientras intenta meterla de nuevo en el congelador. Ser discreta nunca se le ha dado bien y la patosidad corre por sus venas como el mismísimo hielo. La gravedad hace de las suyas y consigue tirar la bolsita al suelo, haciendo ese ruido tan molesto que mezcla plástico y un montón de cosas pequeñas moviéndose (obviamente, los guisantes).  Se enfurruña al instante y con un sonrojo de enfado y vergüenza mi esquimal de alma se agacha a la velocidad del rayo y los echa sin cariño en la cesta que traigo.

-Pensé que te gustaban los guisantes congelados, mira que cara de pena se les ha quedado. No debes echarles la culpa de que a tus manos se les dé siempre por tirar las cosas al suelo.

-Están nerviosas. La tele no se ha estado callada y ha anunciado subida de temperaturas para este fin de semana. ¿Qué va a ser del copo de nieve que tengo en el balcón? –la cara de pena que se asienta en su frente y en sus labios me hace estremecer. La pena que despide es casi tan grande como el frío que la moldea.

-Si me permites que lo lleve a la casa helada que está justo encima de la nevera de casa te prometo que no le pasará nada –le paso un brazo por la cintura y empiezo a andar hacia cualquier otra sección del supermercado. La última vez que pasamos más de cinco minutos allí terminó adoptando a tres bolsas de patatas congeladas, dos de croquetas y varias pizzas porque decía que en aquel sitio hacia demasiado calor para aquellos pequeños trocitos de frío como ella. Estar a temperaturas bajo cero no era suficiente para ella.

-¿Y puedo estar con él allí?

-¿Y no prefieres pasar una noche de frío casi finlandés con helado de chocolate con semejante caballero? –me hago el ofendido antes siquiera de que conteste. Me abraza como toda respuesta. Me abraza de verdad, como le he enseñado,  justo por debajo de las costillas y apretándome con la poca fuerza que tiene a su cuerpecito-. Tomo tu abrazo de oso polar profesional como un sí –le sonrío y se queda parada cuando se da cuenta de que lo ha conseguido, esta vez de verdad y sin darse cuenta.

Antes de que pueda evitarlo la veo abrazando de nuevo la bolsa de los guisantes mientras va dando saltitos por la sección de congelados. Empiezo a creer que debería estar celoso de esa bolsa de diminutas partículas de amor congeladas, si no fuera porque me regala una sonrisa con cada giro diría que se estaría yendo con su amante. Esta me la pagáis, guisantes congelados, Glaciares es mi trocito de frío diciembre.  


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Muñecos de nieve antárticos

Muñecas en estanterías


-¡Lo siento, lo siento, lo siento! –tanta ternura contenida en esas palabras, tanto dolor mezclado en sus ojos.

-¡Vamos, otra vez! –me tragué todo mi dolor de espalda y le regalé mi mejor sonrisa.

Me volvió a apretujar entre sus brazos, dejando los míos atrapados contra su pecho, clavándome sus menudos brazos en mi espalda, encajando sus dedos entre los huecos de mis costillas, haciéndome cosquillas con el pelo en la nariz. No estaba mal del todo para ser su segundo abrazo de verdad que me regalaba (en realidad, que le regalaba a cualquiera) y bueno, el primero… mejor no hablar del primero. No hemos terminado en urgencias de puro milagro. Me río suavemente y rompo su abrazo haciéndole cosquillas en el costado izquierdo.

-Atiende, pequeña Glaciar, es la última vez que te explico como se hace.

¡Vamos, la mentira más grande jamás dicha! Podría explicárselo una y mil veces, sin cansarme, sin dejar de emocionarme al verla asentir con frenesí abriendo todos sus sentidos para captar una chispa de ternura que reavivara la suya propia. La acerqué a mí con el mimo más absoluto, dejando vagar libres a mis dedos por el final de su espalda, arrancándole un escalofrío de cosquillas. Con la otra mano le acaricié suavemente la mejilla, con lentitud, permitiendo que analizara con creces toda la ternura de mi piel ¡la que ella misma provocaba en mi interior! Por supuesto que se sonrojó mi trocito de hielo, muy despacio y casi no pude notar su piel sonrosada hasta que mi mano se aventuraba por su costado haciendo una levísima presión. Quería que notara mi cariño, que la traspasara e incluso deseaba que sus huesos se clavasen en mí, que me cortaran, que me quemasen como el mismísimo hielo. La cien millonésima parte de un milímetro que nos separaba se me hizo una galaxia y media de distancia y la apretujé  más contra mí, sonriendo con el fortuito dolor que se me coló por el pecho cuando sus dedos como estalactitas impactaron contra este. ¡Pero por nada del mundo me separaría de ella en aquel instante! Inconscientemente mi brazo se coló por debajo del suyo, queriendo abarcarla casi posesivamente cuando lo sentí que llegaba casi hasta su hombro contrario; pero ese era no era yo, era mi mismísimo amor por ella controlándome. ¡Y por todos los dioses! Mi porción de frío diciembre casi me derrite el corazón cuando la sentí revolverse entre mis brazos, sacando los suyos tímidamente de mi apretujón y dejándolos ascender hasta colgarlos de mi cuello. Me convertí en un escalofrío con patas cuando sus uñas jugaron con la piel del mismo pero por nada del mundo me estaba haciendo daño. Sin embargo, maldita la baratija de anillo que le había regalado que me arrancó un quejido que pretendía ser mudo. Pero no lo fue. Huyó de mí, literalmente. Mi trocito de invierno, con toda la pena del mundo ahogando sus pestañas con aquellas lágrimas que me hacían estremecer más que su piel.

-Miss Frozen, permíteme decir que lo estabas haciendo increíblemente bien –di un paso, la volví a atrapar entre mis brazos y cuando estaba más dispuesto que nunca a robarle un buen beso vio en mis ojos mis ganas de ella y me apartó de un empujón.

-¡No, no, no, un beso de esosno! –casi gritó histérica-. Ni siquiera se abrazarte, ¡imagínate lo que podría pasar si… si me besas!

Ay, mi muñeco de nieve antártico hecho mujer, cuánto nos quedaba por hacer.


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¡Mimos y aspirinas! 
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¿Qué sería el mismísimo frío sonrojado?




Los trocitos de glaciares como ella estaban hechos de esa pasta, de frío. Que se hubiese sincerado de aquella forma resultaba extraordinario para ella. Me dio por sonreír y darle un fuerte abrazo pero la notaba extraña, como confundida. Me separé un poco de ella y vi en sus ojos que esperaba que dijese algo y en ese momento me entró la risa tonta, esa que no puedes contener ni cerrando la boca con todas tus fuerzas. Pensó que me estaba riendo de ella, me dirigió una mirada envenenada pero que más tenía de tristeza y decepción aunque lo que me hizo reaccionar verdaderamente fue su caminar con la cabeza gacha. Vaya estupidez la mía, aquel trocito de glaciar no se derretía con el calor del cariño sino que se fundía en la miseria cuando le faltaban tres palabras bonitas. Como decía, ella no era de hablar de cosas de sus sentimientos pero le encantaba que le dijera el cariño que le tenía y no la malinterpretes como si fuese una egoísta, que no lo era para nada pero ya se sabe, mi porción de invierno andante se enrojecía sólo con decir quiero aunque fuese para pedir un helado. ¿Qué sería el mismísimo frío sonrojado? A sí, sería ella; fue ella entera con el cariño recorriéndole las venas cuando le dije que me encantaba su forma de decirme te quiero, que no siempre se dice con esa palabra que a ella le costaba tanto pronunciar. Se rió suavemente y puso cara de me has pillado pero por supuesto no lo admitió. Acurrucó sus manos en los bolsillos de la chaqueta y me pidió un mudo abrazo con la sonrisa. Tan inocente como siempre me preguntó que qué tenía que hacer ahora, que ella no tenía ni idea de dar mimos o de querer a alguien. Me sorprendí, ¿que no sabía querer? Estaba de bromas. Me reí mientras que le acariciaba la coronilla con mi nariz y le dije que para no tener ni idea de cómo hacer que un hombre se derritiera ante el hielo puro en persona que lo hacía bastante bien. Demasiado, diría casi. Me dedicó la primera carcajada de la tarde y me dio un beso rápido en la mejilla, clavándome en el pecho sus manitos que tenía resguardadas en los bolsillos y terminó por sorprenderme, bueno, no del todo, cuando echó a correr por el medio del parque llenándose de todo el frío que podía. Iba gritando que ya podría ir preparando un buen saco de abrazos, que esa tarde se iba a comer el frío a bocados y que luego necesitaría mi ayuda pero se paró un momento en su carrera de escalofríos para decirme que la siguiera, que tendría que empezar a practicar con lo de los abrazos de verdad y aquel era un buen día. Era ella, mi glaciar, con su frío, sus carcajadas, sus tonterías, sus nuevas ganas de querer y, por supuesto, su sonrisa helada que me derretía.
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Y volvía a mí hecha un glaciar


Se me quedaba enredada en el alma casi sin darme cuenta. Era tan fácil quererla, tan sencillo que se te escapara un suspiro cuando la veías aparecer, que se te congelara el cuerpo cuando te rozaba con sus manos heladas y tu sangre se convirtiera en fuego al sentir la suavidad de ella entera. Se me colaba por el pecho y la sentía jugar con mi corazón, acelerándolo cuando se reía mientras me abrazaba y sus carcajadas resonaban en mi propio cuerpo haciéndome cosquillas entre los pulmones. Se quedaba así abrazada, donde estuviésemos, que daba igual si estábamos en medio de la calle, del supermercado (en la sección de congelados, por supuesto) o en medio del pasillo de casa; que siempre me clavaba con cariño sus costillas en mi cuerpo intentando cada vez abrazarme más fuerte con aquellos bracitos menudos. Tanto le gustaba el frío que me sacaba de paseo los días más helados, se dejaba envolver con aquel gélido viento y volvía a mí hecha un glaciar para que le sacara el frío a base de mimos. Y vamos, para negarle un abrazo cuando la veías tiritar de pies a cabeza, aquellos brazos que intentaban abarcar su cinturita para darle un poco de calor pero que no le daban sacado el frío ni a empujones. Sería el egoísmo personificado si no la envolvía junto a mí y le regalaba el calor que ella misma producía en mí cuando me miraba a los ojos, apretaba los labios y ponía cara de querer caricias. Solía pensar que siempre estaba tan fría por mi culpa, por eso de que yo le robaba su calor y claro, a devolvérselo iba yo todo feliz. Acostumbraba a decirle que era la última vez que le daba mimos si no se ponía el abrigo para bajar a la calle pero es que la sensación de transmitirle mi calor (y sacarle algún que otro sonrojo cuando le quitaba el frío de las mejillas) me gustaba tanto como a ella. Se le quedaba helada la nariz y la apretujaba contra la curvatura de mi cuello, mandándome un escalofrío por la espalda y embriagándome con el olor de su piel. Se dedicaba a esconder sonrisas cuando se acurrucaba entre mis brazos ¡sabiendo muy bien lo que me molestaba aquello! Saber que aquellas preciosidades que salían de sus labios sólo eran visibles para mi chaqueta me ponía malo pero después de cuatro segundos exactos empezaba a reírse de nuevo y otra vez se me colaba su felicidad por todas partes. Mimos por sonrisas, lo veía un trato justo los días que el frío te perseguía por la calle. Era fría en todos los sentidos, solía llamarla meterme con ella sobre este tema y que así, por alguna casualidad del destino, me regalara dos o tres palabras bonitas. Nunca decía nada mientras la tenía abrazada contra mi cuerpo, ni una sola palabra. Era de aquellas que había que sacarle las palabras bonitas con sacacorchos, que no era que no las pensara, simplemente se las dejaba guardadas para ella (y lo peor es que me dejaba castigado sin ellas). El día que me dijo aquello de “resultas demasiado especial para mí” me dio miedo. Siendo ella, mi trocito de glaciar, aquellas palabras, aquel demasiado, podrían significarlo todo o ser una agridulce máscara del fin.

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