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163/365 // Entiéndeme

-Dylan es mi novio, rollo o lo que sea -parecía que la conversación no había finalizado aún y la verdad me hubiese gustado que así fuese.

Y es ahora cuando empiezo a comprenderlo todo. Respiro con fuerza y lentitud, intentando calmarme pero lo único que consigo es apretar mi mandíbula con rabia y hacer que me doliese más el golpe. Por eso me había pedido perdón, porque en realidad sí pensaba -y quizás tenía- un poco de culpa.

-Lo siento un montón, de verdad, Theron, me gustaría explicarte lo ocurrido pero no en susurros -lo dice casi con enfado, mientras fija en mí.

Y lo único que hago es asentir, sin tener claro sí de veras quiero tener aquella conversación pero al menos Hylekia deja de centrar su atención en mí y decide prestar atención a la clase -no sin antes frotarse las manos como es de costumbre y respirar con fuerza, hastiada.

El resto de las clases pasan como de costumbre, lentas y aburridas, contando los diez últimos minutos de la última clase con la mirada fija en el reloj y es cuando toca el timbre que se escucha en la clase un suspiro generalizado, yo incluido.

-Te espero en la esquina de la heladería, no acepto un no por respuesta -lo dice con una media sonrisa, entre el revuelo de clase, aprovechando que nadie la iba a oír.

Y por un segundo levanto la vista y clavo mi mirada en la suya, se ríe por lo bajo y sale rápidamente de clases, contenta. Suspiro mientras recojo mis cosas y las guardo en la mochila. Lo cierto es que no tengo muchas ganas de tener aquella charla con Hylekia y menos después de saber que tenía novio. No voy a decir que me haya sorprendido el hecho de que tuviese pareja pero en el fondo de mi corazón esperaba que fuese una chica libre, que tampoco está bien lo de estar detrás de otras personas cuando estás más o menos comprometido. Había dicho que era "su rollo", no sé muy bien como funciona el grado de fidelidad en las relaciones pero, si fuese yo, también le hubiese partido la cara al tío que se hubiese intentado acerca a Hylekia; la diferencia es que yo no sabía que ella ya estaba comprometida, pues no me había comentado nada, ni siquiera me había alertado. 
"Oye, Theron, tengo novio, así que ándate con ojo porque igual te parten la cara cuando llegues a clases". Hubiese estado bien,

Pero soy un estúpido y ya me encuentro caminando hacia la heladería donde nos habíamos citado. Camino despacio, esperando a que todos los alumnos se vayan a sus respectivas casas y así intentar ser vistos por el menor número posible de personas. Supongo que alguien nos vio en las tres veces que nos encontramos Hylekia y yo, y claro está, los cotilleos corren con rapidez, no siempre llevando la verdad de los hechos. 

Cuando llego a la calle de la heladería, veo a Hylekia a lo lejos y ella también me divisa a mí. Lo siguiente que hace es darse la vuelta y entrar en el portal que tenía a sus espaldas. Uf, aquello no es bueno. Me pregunto por un momento sí de verdad quiero ir, si quiero meterme en aquel problema pues todo lo que esté relacionado con Hylekia está claro que no me va a traer nada bueno. Pero sigo avanzando y cuando llego a la altura del portal por el que había entrado la chica, una puerta abierta me estaba esperando, con ella bajo el umbral, sonriendo. 

-Estás invitado a comer a mí casa. Sé que te lleva tiempo soltarte y empezar a hablar, así que quizás cuando tomemos el postre ya hayas conseguido saludarme -lo dice riendo y se da la vuelta, avanzando hacia el ascensor. Se ha girado tan rápido que no ha percibido mi media sonrisa, lo cierto es que me ha hecho gracia. Pero al momento me planto a mitad del camino, ¿estaba sola en casa?

Como si me hubiese leído la mente, asoma su cabeza desde el ascensor sujetando la puerta, clava sus ojos en los míos y me vuelve a dedicar otra sonrisa. 

-Mis padres comen fuera todos los días debido a su trabajo y no llegan hasta la hora de la cena, estás a salvo aquí.

"A salvo". Jamás he sentido aquella sensación, siempre he estado en alerta, triste, preocupado por cuidar de mi mismo a edades en las que mi mayor dolor de cabeza debería ser que habíamos perdido el partido de fútbol de la escuela. Aquellas palabras hacen que me encoja por dentro, pues estar a salvo es lo que siempre había deseado, siempre había anhelado aquella sensación de no tener que preocuparme por nada, de vivir, de salir del agujero de soledad y tristeza en el que nadaba y quizás guiado por aquel sentimiento de querer huir, camino hasta el ascensor, hacia ella pues el ojo del huracán es el sitio más seguro durante la tormenta.

Hylekia me sonríe, siempre lo hace y casi se tiene que poner de puntillas cuando me retira el pelo de la cara, pues tengo la mirada clavada en la punta de mis zapatillas. Aquel espacio es enano, el perfume de Hylekia lo impregna todo y lo único que quiero es hacerme una bola en el suelo y dejar que ella me acaricie, como un perro, como lo que siempre he sido y que se lleve todos mis males. Me gusta como me trata, no tiene miedo, no le acongoja acercarse a mí, mostrarme una sonrisa que parece de verdad, al menos ahora que estamos solos y lejos de cualquiera que pudiera juzgarla por estar tan cerca del raro de Theron. Y yo dejo que lo haga, porque me gusta aquella mentira, le permito que se acerque tanto a mí porque es lo único que he tenido desde hace años, que es todo una farsa pero es mucho más que nada. Alzo mis ojos y me encuentro con los suyos, tan verdes, tan brillantes, tan bonitos, mirándome solo a mí y siento una ligera oleada de calor en mi interior, alejándome de aquella soledad, oscuridad y frialdad que era inherente a mí. 

Es entonces cuando el ascensor llega a la cuarta planta, dando un ligero bote. Hylekia abre rápidamente la puerta y se dirige hacia la de su casa, la abre con premura y se interna en el piso. La sigo con muchas más calma y cuando estoy cerrando la puerta escucho su voz a lo lejos, invitándome a que me siente en el sofá. Y así lo hago, mientras la veo aparecer con un botiquín y una estuche con forma de oso.

-No es necesario, Hylekia -le susurro y se sorprende de escucharme hablar, al fin y al cabo no contaba con mi voz hasta la hora del postre-, he aceptado venir a hablar pero no debo quedarme mucho tiempo, tengo cosas que hacer -y miento vilmente, pues la lista de cosas que tengo programas esta tarde se reduce a cero. 

-Al menos déjame que intente curarte ese corte tan feo y tapar el moratón que te va a salir, intento ahorrarte una larga charla con tus tutoras y un dolor de cabeza menos a ellas -sigue sonriendo y yo embobado mirándola, como no respondo, lo interpreta como una respuesta afirmativa aunque en realidad ni siquiera había sido una pregunta. 

Abre el botiquín, coge un poco de algodón y lo impregna de desinfectante. Me mira, me aparta el pelo con su dedo meñique y frunce un poco el ceño antes de pasarme aquel líquido por la herida, pues los dos sabíamos que aquello iba a escocer. No me quejo aunque la sensación sea bastante desagradable y es entonces cuando Hylekia comienza a hablar.

-Siento lo de Dylan, cuando me dijo que te iba a partir la cara, textualmente, no le creí. Sus razones eran que habías sido un osado al dirigirte hacia mí en el centro comercial, delante de tanta gente, dejándome en ridículo y decidió que debía darte tu merecido. Te juro que no pensé que lo dijese en serio, pues le encanta hacerse el macho con sus amigos pero supongo que lo he subestimado y el que ha pagado las consecuencias has sido tú. 

Y en ese momento siento alivio, no nos había visto nadie en nuestros encuentros esporádicos y me causa felicidad, aunque haya recibido los golpes de aquel imbécil, pues todavía podíamos seguir manteniendo aquella relación clandestina a la vez que tóxica. Porque nada bueno me iba a traer. 

-Tú no tienes que pedirme perdón, Hylekia -le contesto-, al fin y al cabo no tienes la culpa de que Dylan sea un imbécil pero sí de tener un novio tan imbécil -se lo digo con una sonrisa y aunque haya sido un puñal, me sonríe y se ríe. 

-No es así siempre pero ya sabemos que a los tíos les encanta hacerse los chulos delante de sus amigos. 

Me encojo de hombros, pues en realidad no sé cómo es la sensación de tener un grupo de amigos y tener que hacer aquellas tonterías simplemente por encajar. Es entonces cuando Hylekia abre el estuche en forma de oso y veo que está lleno de productos de maquillaje.

-Creo que no es necesario -digo alejándome de aquello, como si fuesen cucarachas. 

-Solo un poco, en el moratón ¡te juro que lo haré desaparecer! -y me pone ojos de gatito, yo suspiro y ella sabe que ha ganado. Me está calando demasiado, muy rápido y no debería darle tanto poder a aquella pequeña pelirroja. 

Nunca me han gustado las cremas y aquella no es una excepción, aquel tacto que tienen sobre mi piel me produce escalofríos pero aún así, cuando termina, le doy las gracias y me levanto. No pienso quedarme a comer, ya me he forzado lo suficiente a hablar y ella se da cuenta de que me quiero ir.

-¿No vas a dejar que te invite a comer, verdad? -lo dice con un deje de tristeza y niego con la cabeza mientras avanzo hacia la puerta. 

En realidad espero que ella me detenga, que me pida otra vez que me quede porque aunque haya dicho que ya me he forzado demasiado a hablar, me gusta estar con ella, tenerla cerca. Me calma pero no soy quién de decirle que necesito eso. Aunque, un momento, soy yo el que se está marchando, ella no me ha echado, ni siquiera me ha invitado a que me vaya y es entonces que detengo mis pasos y escucho su voz justo a mi espalda.

-Te dije que aquí estabas a salvo, no tienes porqué marcharte -y siento sus brazos acariciándome, abrazándome desde atrás, ciñendo sus manos en mi pecho y apoyando su cara en mi espalda.

Y es todo lo que necesito. 









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103/365 // Entiéndeme

Lo primero que siento, después de ver a un par de personas arremolinarse junto a mí justo al entrar en la escuela, es un puñetazo que atenta con sacarme algún que otro diente. Me he quedado tirado en el suelo, todavía estoy intentando asimilar qué es lo que está pasando pero una patada que se clava en mis costillas hace que deje de pensar en cualquier cosa, mi mente solo está ocupada en estos momentos en sentir dolor. 
Abro los ojos, que se me habían cerrado conteniendo las lágrimas y alcanzo a ver como otro puntapié de aquel tío se clava en mi cuerpo. Me suena su cara pero no lo termino de ubicar, lo que tampoco es que me extrañe mucho, al fin y al cabo no tengo amigos y las caras de las personas me resultan muy similares unas a las otras al no conocerlos. 

-¡Levántate hijo de perra! -y no es que no quisiera pero resulta estúpido que me haya gritado eso cuando es él mismo el que me está alzando del suelo cogiéndome por el jersey. 

Veo ya como otra vez su puño va camino de mi cara pero, milagrosamente, antes de que ocurra llegan un par de profesores y agarran a aquel tío. Yo estoy completamente ido -y prometo que no es por las drogas- ni siquiera me he defendido pero no porque no quisiera sino porque todo me ha pillado tan de sorpresa que me ha dejado en shock, 
Me sabe la boca a sangre y es una sensación que odio. Me paso la manga de la chaqueta por el labio, sacando los restos de sangre y me voy directo al baño, ignorando los gritos que se dirigen hacia mí, al fin y al cabo, yo no he hecho nada. Antes de cagarme en el tío este y ponerlo a caldo tengo que sacarme este sabor de la boca, con urgencia. 

La puerta del baño se cierra con estrépito tras de mí y acudo con premura al lavamanos. Me enjuago la boca un par de veces hasta que por fin dejo de sentir aquel sabor a óxido en mi boca. Y por un momento me miro en el espejo. Tengo el pelo más despeinado de lo normal, un corte bastante feo en el labio inferior y un moratón incipiente en la parte baja de mi mandíbula izquierda. No sé porqué pero me río al verme de aquella guisa. Me río de mi vida, de lo asquerosa que es. Me río por pena, por no ponerme a llorar e inundar el edificio. También me duelen las costillas, infinitamente y cuando estoy a punto de sentarme en el suelo la puerta se vuelve a abrir, sobresaltándome. En verdad he pensado que venían a terminar con lo que habían empezado pero es el director el que se me queda mirando bajo el umbral de la puerta.
Y me mira con pena, con compasión y es entonces cuando le dirijo una mirada de asco. Ni a mí mismo me permito sentir pena por mi persona, mucho menos voy a dejar que alguien me mire de la misma forma que a un perro abandonado en la calle. Soy como ese perro pero no quiero la compasión de nadie. 

-¿Estás bien, Theron? -es una pregunta de cortesía, creo que sin lugar a dudas no lo estaba-. ¿Qué es lo que ha ocurrido?

-He llegado a la escuela y antes de sentir ese asqueroso olor a humedad que vive en el edificio lo que me ha recibido ha sido un puñetazo en la cara. Yo también me pregunto qué ha pasado. 

-Hablaré con Dylan, por el momento ya está en mi despacho con una amonestación. ¿Quieres que le cuente lo ocurrido a tus tutoras? 

Por un momento lo miro con otros ojos, en realidad está interesado por mí, por mi opinión y en este mismo instante ha ganado muchos puntos positivos. No me trata como a un crío que se ha metido en una pelea, creo que sabe y entiende de verdad que yo he sido la víctima.

-Preferiría que esto quedase aquí -le digo con una sonrisa-. Muchas gracias, director. Si se entera del porqué de esto -le digo señalando mi cara hinchada- me encantaría saber la historia. Gracias otra vez por contar opinión -y se lo agradezco de verdad. 

Me dedica una pequeña sonrisa y me manda a clase con un solo movimiento de cabeza. Respiro hondo y echo a andar por el mismo camino que ha seguido el hombre. Las noticias van a una velocidad mayor que la de la luz y cuando pongo un pie en la clase todas las miradas se clavan en mí -y casi siento que tanta atención atenta con tirarme al suelo, hacer que pierda el control y me desmaye como tantas otras veces.
Casi corro hasta mi pupitre, me siento y clavo mi mirada en las vetas de madera de la mesa. "Si no los miras no están aquí" es el pensamiento que intenta calmar mis nervios y mi respiración. Apenas me doy cuenta de que la profesora ya ha iniciado la clase de arte y solo el olor de la colonia de Hylekia me saca de mis perturbados pensamientos y hace que levante ligeramente la vista. 

Se ha vuelto a sentar a mi lado, aunque haya más sitios libres en las primeras filas. Me extraña en sobremanera, puesto que me ha dejado más que claro que nuestra relación -bueno, no es ni una relación ni nada, que cojones- es totalmente clandestina. Pero allí está, a mi lado, y ya me está volviendo loco otra vez, como resulta habitual con el aura que la rodea. Sé que se fija por unos segundos en mi cara y pone cara de asombro pero no dice nada. Le empiezan a temblar las menos de nuevo y se las frota un par de veces -como es costumbre- antes de coger las cosas de su mochila. 

Yo, por mi parte, fijo la vista en el libro y sigo la lectura que está llevando a cabo la profesora. Me duele todo el cuerpo, de lo único que tengo ganas es de tumbarme en cama y dejar que todos mis pensamientos me destruyan por dentro, que se junte el dolor físico y mental y que me destrocen de una vez por todas. Pero siempre me acabo curando y vuelve a reabrir esa herida que jamás de sanado. Una de tantas. Y ahora también una de verdad en mi cara. Eso sí que iba a ser más difícil de esconder cuando llegase a la casa de los horrores.

-Siento lo de Dylan -escucho susurrar a Hylekia tan bajito que casi me cuesta seguir sus palabras. No entiendo por qué me pide perdón y lo cierto es que tampoco tengo ganas de tener ningún tipo de conversación.

Y ella no dice nada más, quizás porque piensa que estoy terriblemente enfadado -que lo estoy con ese tal Dylan pero no con ella. Pero ya sabemos que lo de socializar no es lo mío, quizás otro día ya le explicaré que en realidad no tengo nada en contra de ella. 




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67/365 // Entiéndeme

El aire cargado de THC -cannabis o maría de toda la vida, no me voy a poner tan técnico- entra en mis pulmones, arrasando con suavidad todo lo que pilla de camino. La garganta me quema un poco pero me aguanto las ganas de toser mientras clavo mi mirada en los ojos verdes de Hylekia.
Está loca. De remate. Y es lo que más me gusta de ella. Mi sentido común me dice que me aleje de ella y no me vuelva a cruzar en su vida mientras que el instinto más ancestral de los seres humanos me grita que me la debo tirar de todas las formas conocidas y así saciar aquella sed que embarga mi cuerpo. Y es el instinto quién manda ahora ¿a caso alguna vez ha mandado el sentido común en alguien? 

Sonrío y se me escapa finalmente el humo de los pulmones, fundiéndose con el aire y desapareciendo finalmente. Hyle también me mira divertida, con los ojos un poco vidriosos lo que los hace más verdes e incluso más bonitos. No deja de mirarme, no parpadea y no quiero romper aquella mirada que nos une casi alma con alma. Deben de ser cosas de la droga lo de las fusiones extrasensoriales. 
Nuestros cuerpos siguen pegados, su espalda contra el árbol y su pecho contra el mío y creo que no he conocido jamás una sensación que me gustase más que tenerla así de cerca. 

-Quiero dormir contigo -me pide, sorprendiéndome en sobremanera. 

-¿Dormir? -le pregunto alzando una ceja con guasa, acaba de decir que solo me quiere por el simple hecho de echar un polvo y repito, no estoy nada en contra-. Es imposible, tengo demasiados hermanos pequeños -río mientras pienso en todos aquellos críos que conviven conmigo.

-Entonces quiero que duermas conmigo -cambia sus palabras. ¿Significa eso que quiere que vaya a su casa? 

-Tienes una familia a la que no le va a hacer gracia que aparezca un tío metido en la cama de su virginal hija, seguramente un tío desnudo que a la vez es un tipo raro, que seguramente huela a maría y restos de alcohol; no es un buena idea, princesa.

Princesa. Le he dicho princesa. Que me detengan ya por pasteloso insufrible, que por si no fuese suficiente con eso, me encuentro acariciándole el pelo, enredando mis dedos entre sus ondas cobrizas. Ella se pone de morros como respuesta alguna, enfadada ante mi negativa. Da un paso hacia la derecha, deshaciéndose de mi contacto y dejándome un frío aterrador en el pecho (tanto en la superficie como en el interior). Su pelo se escapa de entre mis dedos, con una suave caricia que vuelve a llenarme de vacío.

Llenarme de vacío. Vaya cosas pienso cuando tengo mis sentidos embaucados por las drogas. ¿A caso no he estado siempre lleno de nada, del más puro vacío? Quizás esos simples roces me alejan de ese sentimiento que he sobrellevado tantos años y la idea de volver a caer al abismo me da pánico. Por favor, no seas estúpido Theron. Tan solo le acabas de tocar el pelo, no ha significado nada para ella.

Pero en el fondo siento que es mucho más que eso. Tengo la plena conciencia de que Hylekia es quién de llevarme a lo más alto de la felicidad, de enseñarme todas las cosas buenas de la vida y sé con la misma seguridad de que en el momento que ella lo decida -o que los astros se conjuguen en una fatal alineación- también será la que me vuelva a enterrar en lo más profundo de mis tinieblas, dejándome destruido, en ruinas y otra vez sin nada salvo el recuerdo de haber sentido. Y eso será un arma de doble filo que me matará lentamente desde dentro. Haber perdido aquello que me llenaba. 

Y como si de una premonición se tratase, me planta un beso en la piel sensible de debajo de mi oreja, se da la vuelta y veo como empieza a caminar alejándose de mí, dejándome allí plantado, eufórico pero vacío, entusiasmado pero triste. Y sé que aquello va a ser el pan de cada día con esta mujer.

Puta Hylekia, si ya os lo tengo dicho. 

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Sex & drugs


Jamás había sentido aquella imperiosa necesidad de tener sexo. A ver, como cualquier tío mi edad tengo las hormonas alteradas y suelo calmarlas con un poco de porno, pero aquello era pasarse. Era excesivo, desconcertante, seductor. Se me había pasado, yo creo cualquier efecto anterior de la bebida, seguramente estoy blanco como la cal, como la pared en la que sigo apoyado. Dioses, aquella chica era brutal y me ponía hasta niveles insospechados que rozaban en el dolor.

Cuando ya estuve un poco más recuperado, salí andando de allí como podía mientras los pantalones me apretaban en el bajo vientre. Siento la mirada de todo aquel grupito clavado en mi espalda ¡a saber que les ha contado la chalada esa! Niego con la cabeza, con una ligera carcajada. Las cosas no iban a quedar así, ni por mi parte ni por la suya, lo tenía muy claro y es algo que verdaderamente me gusta, algo por lo que vale la pena sonreír. Desvío mi mirada a la mesa de Hylekia y sus amigos, todos hablando de sus cosas pero tan solo unos ojos verdes fijos en mí. Y vuelvo a sonreír, como un estúpido.

El camino a casa se me hace un poco desesperante. Me empieza a doler la cabeza y tengo unas ganas de vomitar impresionantes. Entre que no había comido nada y el medio litro de tequila que me había bebido parecían no haberle hecho mucha gracia a mi estómago. El tiempo en el ascensor hasta el noveno piso de La Casa del Terror se me hace eterno, creyendo realmente que voy a vomitar allí mismo pero, por suerte, no. Subo las escaleras de dos en dos, terminando por correr cuando llego al pasillo de las habitaciones y los baños. Entro en el primer inodoro que encuentro libre y echo allí hasta la primera papilla y no me doy cuenta de que estoy acompañado hasta que un renacuajo, con una voz realmente estridente empieza a gritar por Elena al son de “al chico raro le está saliendo comida por la boca”. Y no sé a qué comida se refiere, si es todo líquido. Asco de críos.
Con todo el revuelo que se ha armado, me encuentro en la parte posterior del coche de Ana Elle. Por más que he suplicado que no me llevasen a urgencias lo han hecho ¡les he hablado, les he rogado que no me llevasen! Pero no me han creído lo de que ha sido un corte de digestión, no son tontas y menos después de haber sufrido dos desmayos casi consecutivos. El médico de guardia que me atiende no está muy por la labor de atenderme, sobre todo después de escuchar  la minuciosa descripción de Elena sobre mi vómito y su olor (que casi me hace devolver de nuevo). Vamos, que me había pillado una borrachera y punto. El médico no lo dijo así sino con un “si los síntomas persisten, por favor acudan al médico de cabecera”. La forma más fácil de lavarse las manos y no rascarla en sus horas de guardias. De vuelta a casa tuve que escuchar la bronca de las dos mujeres pero esta vez ya me encerré en mí mismo y me negué a contestar. Cuando aparcaron junto a la entrada del edificio ya tenía la cabeza saturada de quejas, consejos y más mierda. Salgo del coche incluso antes de que apaguen el motor del coche y me quedo casi petrificado al ver a Hylekia sentada en el portal pero ni siquiera me mira. Espera a que las dos mujeres que me acompañan entren en el portal y me guiña un ojo, sin decir nada más. Lleva los ojos pintados de negro oscurísimo, todo el párpado, me refiero y le da un aspecto de descuidada, sobre todo por los restos de aquellos polvos que se habían quedado esparcidos por debajo de sus pestañas de la parte inferior del ojo.

El silencio en el ascensor casi se puede cortar. Elena y Ana Elle han decidido que por hoy ya ha llegado mi bronca. Se aseguran de que entre en casa y vaya a mi habitación, como si fuese un niño pequeño. Minutos después escucho como cada se despiden y se van a sus habitaciones, que están también en la planta superior pero bastante alejadas. Ardo en deseos de bajar ya y ver a Hylekia. ¿Qué narices está haciendo aquí? ¿Y cómo sabe dónde vivo? Por favor, cada vez me atrae más y más. Sé que no es de fiar, que puede que sea una puta (en todos los sentidos de la palabra). Porque tengo muy claro que el tipo que salió a defenderla no era simplemente un amigo pero me da igual, Cuanto más asustaría a cualquier persona normal, más me gusta a mí. Espero unos cinco minutos a que la vieja roñosa y Anna Elle se metan en cama, los cuales se me hacen realmente eternos.  Se supone que yo puedo entrar y salir cuando quiera pero después de los hechos acontecidos, iba a estar bastante más vigilado y esta noche, después del percal armado en el baño no me lo iban a permitir. Pero lo siento, la pelirroja cachonda espera abajo.

Bajo las escaleras de las casa de puntillas y camino de la misma forma hasta la puerta. Respiro profundamente y cojo la manilla con fuerza, buscando la posición en la que no hace ruido y giro las llaves con suavidad. El clac inevitable de cuando se abre el pestillo es inevitable pero con la edad que ya tienen las mujeres que duermen en el piso de arriba supongo y espero que no lo hayan escuchado. El ascensor sigue en el noveno piso, por lo que no pierdo el mínimo segundo y cuando se abre la puerta en el portal casi corro hacia la entra.

Pero ya no está allí sentada. Abro la puerta y me asomo, mirando hacia un lado y a otro y la veo un poco más adelante, mirándome y danzando suavemente. Comienza a reírse y echa a correr como un cervatillo en dirección a un parque cercano. La miro anonadado mientras se aleja, sorprendido, como siempre y también echo a correr detrás de ella. Corre dando pequeños saltitos, con suavidad, moviendo los brazos como si tan solo los empujase el viento. Se ríe, gira, me mira, sonríe y sigue corriendo hasta que cae rendida en el césped, con la mirada clavada en el cielo. Llego hasta ella y la miro con la respiración agitada todavía a causa de la carrera. El pelo se desparrama por la hierba, creando un bonito contraste entre su pelo cobrizo, la hierba verde y la luz de la luna. Y es ahora, cuando me tiende su mano, que comprendo la alegría con la que corría. Entre su dedo índice y corazón hay un pequeño cigarro hecho con papel de liar pero, sin duda, no lleva solo tabaco. Me encojo de hombros y lo tomo, dándole una larga calada. Aguanto la tos, aquello está más cargado de hierba que el césped del parque pero no de la misma, por supuesto. Tengo que sentarme cuando la droga que ha inundado mis pulmones empieza a esparcirse por mi sangre, joder, vaya chute. Ella se ríe, divertida, mientras se balancea ligeramente, casi haciendo la croqueta. Me río y me quedo mirando hacia ella, casi embelesado. Le doy otra calada al porro antes de devolvérselo.

-¿Por qué? –digo solamente, intentando abarcar un montón de preguntas.

-Es divertido –dice solamente, casi sin hacerme caso hasta que se tira sobre mí, rodando sobre sí misma y haciendo que me tumbase bajo ella.

-Me pones muchísimo –susurro en su oído muy lentamente, sin poder creerme que aquellas palabras estuviesen saliendo de mis labios. Putas drogas.

Ella se ríe, a sabiendas del poder que ejerce sobre mí. Qué dolor de cabeza va a suponer esta mujer. Comienza a besarme el cuello con suavidad, acariciando con su nariz y dejando leves mordeduras sobre mi piel sensible. Suspiro de placer, de dolor, de éxtasis entre aquella mezcla de sensaciones. Se contonea sobre mí, haciendo rozar con sabiduría sus caderas contra las mías, enrollando sus piernas a mi cuerpo y abrazándome con fuerza. Su pelo me hace cosquillas en la cara pero no lo aparto, huele bien, a frutas o quizás a hierba. Es igual, me da realmente igual cuando desliza sus manos por mi costado en dirección a mi pantalón. Me río y tomo su rostro entre mis manos, haciendo que se detenga por un segundo y clave sus ojos en los míos.

-No quiero amor, no quiero que me hables en clase, no quiero mensajes con chorradas cariñosas. Tan solo quiero sexo salvaje, primitivo, caliente, feroz. Cuándo sea y dónde sea –me susurra y asiento con fervor.

Qué más me da. Tampoco busco nada serio y menos con una tía como Hylekia. Seré su follamigo. Bueno, ni siquiera eso, que no somos amigos. Pero me da igual, es la sensación más fuerte que he tenido nunca y que seguramente, tendré.

Ella ser ríe, me besa con pasión e, increíblemente, se levanta y se pone en pie, alejándose de mí.

-Pero hoy no va a ser uno de esos días –dice riendo, al parecer muy divertida.

-No, no, querida, no vas a volver a dejarme más duro que una piedra –susurro mientras me levanto y la atrapo entre mis brazos. 

La empujo suavemente hasta dejarla entre un árbol y mi cuerpo. Sonríe, parece gustarle aquel juego tanto como a mí. Le da una calada a su cigarrillo pero antes de echar el humo al exterior se acerca a mí, con intención de besarme. Niego con la cabeza divertido pero me acerco a sus labios, entreabriendo los míos y dejando que aquel viento oscuro pasase de su boca a la mía, cargado de drogas y hormonas, incrementando mi locura y las ganas de comérmela entera. 
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Puta Hylekia


Y mejor, la verdad, porque no sé qué hubiese pasado si hubiese estado más receptiva y un poco alejados de la sociedad. Como me la tiraría, joder, salvajemente. Pero por favor, que se vayan estos pensamientos de mi mente, no tiene cavidad, ni la más mínima. Theron, que la han besado en medio de la Peatonal y te ha partido la cara, tendrás suerte si no te viene a detener la policía. Ciertamente, quizás ahora ya me haya consagrado oficialmente como un perturbado sexual o algo así. Como lo había jodido todo, así, en menos de dos horas.

Suspiro, enfadado, molesto conmigo mismo. Soy un imbécil, grande, como una catedral, el gilipollas en el mundo de los idiotas. Lo peor de todo es que quería volver a sentir aquella sensación de libertad, de sentirme bien conmigo mismo, de hacer cualquier cosa que quisiera sin importarme el qué pasará o pensarán. Y la única manera de conseguir aquello eran las drogas pero no tenía ni un pavo. Ni un euro. Cero. Asco absoluto. Estaría bien buscarme un trabajillo, clases particulares o algo así que no necesite mucho cerebro ni interés y que me diese unos ingresos. ¡Clases particulares! Qué chiste. Yo, que no tengo ni la más remota de idea de nada salvo de dibujar. Dibujar. ¿Pero quién querría mandar a su hijo con un loco como yo? Pero aquella sensación, me sentía realmente bien. De todas formas, cada dos meses tenía una paga extraordinaria del estado pero solía dejarme ese dinero en cds que estaba bien, mejor que gastarlo en droga.

Me llevo las manos a la cabeza, era realmente un yonki, uno de verdad, ya con el mono y toda la mierda. De todas formas, tenía muchos problemas antes que solucionar. Intentar pedirle perdón a Hylekia, de la forma que fuese y quizás, con un poco de suerte, no le he arruinado su vida. Vuelvo a suspirar, más pesarosamente y decido ir a darme un paseo, intentando convencerme de que tendría que hablar con ella, decir algo, aunque solo fuese un perdón, rápido, bajo e irme corriendo. ¿Pero dónde la iba a encontrar? No tenemos clase por la tarde y no soy un psicópata de estos que se dedican a espiar a la gente y saber qué hacen y dónde están en cada momento del día. De todas formas, es viernes y la gente joven, normal, social y común suele ir al centro comercial, a dar un paseo y a tomar algo con los amigos.

Sí, claro. Y mi plan es llegar allí, plantarme delante de todo el grupo de amigos de Hylekia y, aún por encima, intentar mantener una conversación con ella. Yo flipo o todavía me sigue haciendo efecto la droga. Si es que solo necesito un empujoncito, un chasquido de dedos que me haga espabilar y poder relacionarme. Y esa chispita se llama alcohol, sin duda. Bajo a la cocina, que está abierta como siempre pero Ana Elle no se encuentra allí. Joder, ya parece que el mundo se ha puesto de acuerdo en que me vaya por el mal camino. Empiezo a abrir y cerrar los armarios con rapidez pero intentando no hacer mucho ruido pero por allí no hay nada, miles de paquetes de cereales y galletas, leche, lechugas, patatas y un largo etc de comida. A ver, tampoco sé muy bien que esperaba encontrarme, es una casa de acogida de niños no un pub, pero no sé, a veces se utiliza en la cocina un poco de vino, aguardiente o… tequila. Allí, detrás de un par de lata de galletas y turrones hay una botella sin abrir con una etiqueta que reza tequila de la mejor calidad Mexicana. Por las cosas que había a su alrededor seguramente que se tratase de una cesta de Navidad pero del año de la polka, puesto que los turrones llevaban caducados ya tres años. Madre mía, si viese aquello Elena le daría la mala.

Sin pensármelo, cojo la botella y me la meto debajo del brazo, por dentro de la chaqueta. Echo un vistazo por la cocina, en busca de un botellín de plástico porque ya era demasiado exagerado ir con la botella de cristal por la calle. Abro la nevera y encuentro un par de botellas de agua, me agencio una, bebo un trago y lo demás lo tiro por el fregadero. Subo con rapidez a mi habitación, a proceder al traspaso de los líquidos y, con aquella textura transparente y cristalina del tequila cualquiera diría que es agua. Bien, Theron, bien. Le meto un trago a la botella de cristal, que está mediada, tras haber rellenado la otra botella, cojo el mp3 y me echo a andar hacia el centro comercial, no sin antes volver a dar un largo trago a aquella bebida que me quemaba en la garganta antes de salir por el umbral de la puerta.

Estoy loco, como una cabra (borracha), lo que hace que todo sea un poco peor y un poco más patético. Tener que hacer aquello porque no era capaz de hablar con nadie a la cara. Pero joder, no estaba lo suficientemente borracho, no me entraba en la cabeza la idea de plantarme delante de Hylekia y decirle lo que fuese. Agh, que asco todo. Aún así, a medida que he ido llegando hasta el centro comercial me he ido poniendo un poco más contento –por eso de que debe de ser la tercera o cuarta vez que pruebo el alcohol y esta vez en cantidades-. Subo por las escaleras mecánicas hasta la última planta, donde estaban los bares y estoy tranquilo, al menos así me veo yo no sé cómo me verán los demás. Me fijo en mi reflejo al pasar por un espejo, creo que ando recto, no hago las eses muy exageradas. No me ubico muy bien en aquel sitio, había estado muy pocas veces y el carácter laberíntico de estos sitios no ayudaba en nada. Exasperado, sigo bebiendo y me doy cuenta de que ya se ha acabado la botellita, lo que viene a significar que me he bajado media botella de tequila en menos de media hora. Un borracho, un jodido borracho, yonki y loco es lo que estoy hecho.

Y entonces es cuando la veo, de lejos, con la melena pelirroja destacando entre un grupo de amigos que se sientan en una mesa grande de un bar. Se está riendo y con más gente, al menos parece que no la han dejado de lado por ser una apestada a la que habían dejado de lado por haber sido besada por Theron el raro. Parecía que las chicas estaban cotilleando sobre algo, puesto que estaban todas echadas hacia delante, con las cabezas juntas mientras que ellos hablaban un poco más alejados, sim prestarle atención a ellas. Respiro hondo y se me pinta una sonrisa en la cara, sin saberlo, una sonrisa bonita, por cierto.
Ando decidido hacia allí, con paso firme, sin trastabillar y me ven todos ellos –los que están de espaldas se giran rápidamente, seguramente, después del comentario de “daros la vuelta  con  disimulo, Theron está ahí-. Me quedo a unos pasos por detrás de las sillas donde se encuentran sentados y con un chasquido de dedos señalo a la pelirroja con una sonrisa de medio lado. Todos se quedan anonadados, sin saber si echarse a reír, llorar o pegarme una paliza.

-¿Pero quién coño te crees?- dice uno de los chicos, que está sentado justo al lado de Hylekia-. No la vuelvas a tratar como si fuese un perro –continúa, enfadado pero antes de que pueda decir algo más, Hylekia lo interrumpe poniendo una mano sobre la suya, encima de la rodilla del chico.

-¿Qué quieres, Theron? –pregunta ella, un poco más calmada pero con tono hastiado.

Todos miran a Hylekia, como si fuese una boba por preguntarle algo a aquel chico raro pero más sorprendidos se quedan cuando me escuchan a mí contestar.

-Hablar contigo un momento –agradezo que las palabras salgan claras y no se me trabe la lengua, a decir verdad, hablo con más confianza de la que me esperaba-. Y dile al chuloputas ese que relaje los humos, no vaya a ser que le tenga que partir la cara –y lo digo tan pancho, sin reconocerme y tampoco tengo muy claro por qué le he dicho eso.

Al chico se le suben los colores a la cara, el tipo raro del instituto le está insultando como si nada pero antes de que se levante y arremeta contra mí con una botella o algo, Hylekia es más rápida y lo sujeta, pidiéndole que se calme. Me mira, confundida y enfadada, pero termina por acercarse a mí, cruzándose de brazos y esperando a que hablase.

-Deberías ser más educado, así no vas a conseguir nada de lo que haya venido a pedir –me dice, con un tono de voz seco.

-Quién sabe –le sonrío y comienzo a andar hacia una esquina un poco más alejada, fuera del ángulo de visión de sus amiguitos.

Ella me sigue, a regañadientes, sin descruzar los brazos y con el mismo enfado, de morros. Se planta frente a mí, sin decir nada, esperando a que yo fuese el que hablara. Al fin y al cabo, era yo el que había venido a hablar. O eso pensaba hasta que, tras asegurarse de que desde allí no podía vernos nadie, se haya saltado hacia mí con un mirada lujuriosa que encendería a cualquier hombre. Y se ha lanzado hacia mí casi literalmente, le saco más de una cabeza y media y está de puntillas y estirada mientras me besa apasionadamente. En verdad, yo más diría que me está comiendo la boca, literalmente. Me he quedado totalmente sorprendido, he tardado un largo segundo en darme cuenta de lo que estaba pasando y otro segundo más en continuar con aquel beso. Jodida Hylekia, estaba más loca que yo incluso. Y es que se pega a mí a más no poder, siento sus huesos contra mi cuerpo, sus pechos en mi vientre y me vuelve loco. Hoy no es por ninguna droga efecto viagra, me la quiero tirar, allí y ahora. Joder.

-Tequila… -dice, acariciando su labio inferior, saboreando lo que quedaba de mis labios en los suyos-. Y, estás perdonado pero la bofetada te la has llevado por no haberme dejado un bolígrafo en clase, idiota.

Dice sin más y se va, de vuelta con sus amigos, yo apoyado en la pared, con la polla como una piedra, con su calor pegado a mi cuerpo y su sabor en mi boca. Jodida Hylekia. 
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Qué decir.


Qué decir. Qué decir ante una situación así y qué cojones hacer. Me ducho sin prisas, vamos, ningunas. Si ya de por sí es deprimente ir a clases, hoy todavía más. ¡A saber la de alumnos que podían haber visto aquel espectáculo! La de palizas que me iban a llover, por favor, por no hablar de los cotilleos, dedos señalándome, mi nombre en un montón de bocas y, lo que todavía es peor. Hylekia sentada a mi lado. No creo que pueda soportar esta angustia, esta ansiedad. Joder.

Ni desayuno. Tengo el estómago cerrado y el tiempo justo para llegar al instituto. Eso si que no es un problema, por mí, como si me llevaba toda la mañana llegar. Pero es el segundo día, los profesores aún tienen que presentarse, hay que causar buena impresión y blablablá –intenta convencerme mi parte más cuerda- pero mi instinto me grita que salga por patas a otra ciudad, que me exilie o algo semejante. Arrastro los pies, con una lentitud increíble, casi tanto como si estuviese andando por la Luna pero termino por llegar a la cárcel matinal, aunque pasen diez minutos de la hora. Y soy un imbécil en potencia. Voy hacia clase para ver si me deja entrar el profesor o profesora. Así, con dos cojones me veo llamando a la puerta y cuando un adelante se cuela por las bisagras de la misma creo que me cago encima. De verdad, literalmente. Me tiemblan las manos para sujetar el picaporte de la puerta y cuando pongo un pie en el aula se hace el silencio, uno pesado, de esos que se te clavan en los tímpanos. No oso levantar la vista, vamos, ni que me pagasen con todo el oro de Moscú, me llega con sentir las miradas de todos los alumnos clavadas en mí, analizando cada pasa que doy, cada gesto, cada respiración. Y llego hasta mi pupitre, donde Hylekia ya está sentada y se pone firme, aguantando la respiración.

-¡Ahora es cuando se la va a follar! –se escucha gritar al gracioso de la clase desde las primeras filas y al instante una sonora carcajada multitudinaria.

Vale. Si no lo tenía claro que todo el mundo se había enterado, ahora ya me había quedado clarito. Dejo caer la mochila con estrépito y me siento casi sin respirar. Hylekia mueve las manos un número indeterminado de veces por minuto, acariciándoselas mientras mantiene la vista fija en la pizarra. Joder, vale que sea una tía popular y que todo el mundo la respete pero que el raro de turno la bese en medio de la Peatonal puede hundirle la vida social a cualquier. Quiero pedirle disculpas, a ella, ante toda la clase pero no tengo fuerzas, no tengo ese algo que se necesita para alzar la voz un poco. Y es que ni siquiera soy capaz de quitar la libreta y las cosas de la mochila.

La profesora pide orden y sigue a lo suyo. Esta vez escucho como dice mi nombre pero Hylekia no se molesta en avisar de que soy yo. Repite mi nombre. Y otra vez hasta que una chica de primera fila le dice quién es ese tal Theron y le da una explicación a mi conducta. Me pregunto si habrá optado por la de “asesino en serie” o “fugitivo de guerra”, son de las más codiciadas por los chismosos. Pero da igual, yo tengo la mirada clavada en la mesa, todos los músculos agarrotados y la respiración contenida. Cualquiera diría que soy una estatua. Me duele la mandíbula de la presión, de la fuerza que estoy haciendo apretando los dientes pero no puedo hacer nada por evitarla, por disminuirla. Y así me hayo, con aquella guisa. Creo que me voy a desmayar, más bien estoy seguro de ello, máxime cuando empiezo a notar la vista borrosa, una punzada en la frente y una desorientación desorbitada.

Theron cayendo sobre la mesa en tres, dos, uno… Pero ni siquiera creo terminar la cuenta atrás, se me va la cabeza.

Y despierto en mi cama, de nuevo, sin zapatillas y tapado casi hasta las cejas. Abro los ojos con cuidado y descubro a Anna Elle a mi vera, sentada en una silla. Cuando me ve despertarme sonríe y pone cara de circunstancias, como a punto de empezar a echarme la bronca pero un carraspeo hace que gire la mirada hacia el otro lado. Un doctor, deduzco, por su bata blanca y, sobre todo (avispado de mí) por el estetoscopio me mira con cara de enfado.
-¿Cómo te encuentras, muchacho?

Asiento con la cabeza, sin contestar nada. Me encuentro normal, bueno, hecho polvo pero es cómo me suelo encontrar después de desmayarme.

-Anna Elle me ha contado que ayer también sufriste otro desmayo, ¿estás comiendo bien?
-¡Para nada! –contesta ella misma antes de que pueda abrir yo la boca para contestar-. Hoy mismo se ha ido al instituto sin probar bocado, ¡te parecerá bonito, Theron!

El médico niega con la cabeza. Bueno, es que ya era lo que me faltaba, bronca general de todos. ¡Para un día que no desayuno, por favor! Cierro los ojos y hago un vago intento por ignorarlos mientras se quedan hablando de no sé qué vitaminas, comida equilibrada y no sé que más chorradas. Vista mi indiferencia, el doctor sale de la habitación con Anna Elle detrás murmurando un “te tendremos controlado”. Casi me echo a reír, por favor, ¿me van a poner un policía detrás para asegurarse de que tomo las cinco comidas diarias? Aquí la gente se droga, más que yo incluso.

Intento levantarme de la cama para ir a darme una ducha pero me vuelvo a quedar acostado, me duelen todos los huesos y la cabeza todavía me da vueltas. Suspiro lentamente mientras me quedo mirando el techo, no tengo sueño y se me está volviendo a juntar todo en la cabeza malamente. Drogas, Hylekia, las clases. Agh. Como desearía poder borrar lo que había hecho pero qué le vamos a hacer, cosas de adolescentes conflictivos. Es ahora cuando recapacito un poco más y me doy cuenta de como ha sido “mi primer beso”. Esa chorrada con la que se emocionan y sueñan todas las jovencitas. Que si su príncipe azul, que si cogiditos de la mano en una apuesta de sol. Duramente había roto los estereotipos. Hasta la cejas de drogas y en medio de la Peatonal. No entiendo ni siquiera como he sabido como se hace, muchas películas de esas romanticonas de los domingos por la tarde (porque, de las porno no ha sido, de eso seguro).
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Hyle.


No presto atención a nada, ni a lo que hace Hylekia ni a lo que dice la profesora. No sé ni siquiera si ha pasado lista, si alguien me ha gritado o me ha insultado, tan solo tengo la vista clavada en la mesa y apenas parpadeo. Sin venir a cuento, una mano temblorosa entra en mi campo de visión y deja caer un folio doblado cuatro veces sobre mi mesa. Sin duda, las uñas rojas delatan a Hylekia. No hago nada durante dos minutos, tan solo miro el papel y sin duda espero que estalle en llamas, puesto que la mirada que le estoy dirigiendo es a lo menos suficiente para explosionar. Aún así, me come la curiosidad, saber que pone, que gilipolleces de escusas se inventa  pero soy incapaz de coger aquel simple folio, abrirlo y ponerme a leer. Hylekia trastabilla suavemente con sus dedos sobre la mesa, esperando que haga algo, que abra su carta o que la rompa en mil trocitos pero es que soy incapaz de moverme si quiera.
Y, entre tanta presión y tanta cosa, empiezo a marearme. Me llevo una mano a la frente, intentando calmar mi respiración pero es inútil, termino por desmayarme. ¿Que nadie sabía nada de mis problemas también de tensión? Pues ahora ya estaban enterados. Soy un desequilibrado en todos los aspectos.
Por supuesto, no recuerdo nada de aquel momento. Sé que me empecé a encontrar mal y antes de que pudiese recostarme contra la mesa todo se había quedado oscuro. Ahora, estoy en mi habitación, en La casa del terror. Joder, que bien había empezado las clases, para darme con un canto en los dientes. Me llevo una mano a la frente, respirando con tranquilidad antes de que todo lo que había sentido esa mañana volviese a devorarme.

Me incorporo con lentitud, reposando mi espalda sobre el cabecero de barras de hierro como de película de terror. En mi mesilla veo un plato con comida, un vaso de agua y una nota que simplemente pone mi nombre, escrito casi ilegiblemente. Sin duda, Anna Elle tiene mucho que ver en ello. La pobre mujer jamás había ido a la escuela, como mucha gente de su edad pero había aprendido a escribir por sí sola, una genio, una perfecta autodidacta y que no tuviese una buena caligrafía era algo que se le podía perdonar. Esbozo una pequeña sonrisa y cojo el bocadillo de jamón que me había dejado. Qué amor de mujer, por todos los dioses. Y, con ese pensamiento recuerdo al instante la carta de Hylekia. ¡Joder! Con las ganas que tenía de leerla. Sin duda, la habría cogido con rapidez cuando me desmayé, no fuera a ser que alguien la pillase mandándole cartitas al raro ¡lo que le faltaba! Había sido un grosero con ella pero en verdad me tocaba los huevos que se hubiese acercado tanto a mí y que incluso hubiese osado tocarme, eso era algo que no le permitía a nadie que no fuese Anna Elle.

Como con tranquilidad, intentando no sulfurarme más y cuando termino decido que una ducha sería una de esas cosas que verdaderamente me subirían un poco la moral. Miro la hora, las cinco y media. Sin duda, a esas horas las fierecillas estaban jugando en el patio de la comunidad y tenía el baño para mí solito (exceptuando, claro está, algún apretón). Tan solo cojo mi toalla, como siempre y me dirijo al baño con pies de plomo. Me duele la cabeza pero me niego a tomarme nada de ibuprofeno ni ninguna de esas drogas, como yo las llamo. Atranco la puerta del baño con un banco, necesitaba diez minutos de auténtica intimidad sin que ningún mocoso entrara a molestarme, si tenía que ir a mear, que lo hiciese de campo.

Me saco la camiseta con lentitud, estirando los músculos para seguidamente desabrocharme el pantalón. Intento bajarlos pisoteando los bajos y tirando pero son tan jodidamente apretados que eso no funciona. Engancho los bolsillos para tirar de ellos hacia abajo cuando hay algo que roza mi mano, dentro de ellos que me sorprende, algo que no estaba allí a la mañana. Casi me da un vuelco el corazón cuando encuentro un papel arrugado, metido casi a presión. Lo desdoblo con manos temblorosos, como un jodido adolescente estúpido. Me río de mí mismo interiormente ¿qué coño espero, que me declare su amor de por vida?
Hylekia es una tía que está buena y jamás se rebajaría a estar con un trozo de mierda como yo. Pelirroja, melena larga y ojos verdes. Vamos, como decían muchos “para follártela las 24 horas del día”. Soy un estúpido, sin lugar a dudas pero bueno, no pierdo la esperanza cuando veo su letra estampada en aquel folio.

Lo siento, lo siento, lo siento. Soy una imbécil, Theron. Pensé que no tenías los cascos puestos y que tan solo me estabas ignorando pero es que era importante lo que intentaba decirte por eso fui tan osada como para obligarte a que me mirases, a que me prestases atención.
Lo siento, de verdad, te pido disculpas de corazón. No espero que me contestes, tan solo que logres perdonarme y bueno, creo que no hace falta decir que jamás volveré a hacer una cosa semejante.

Hyle.

No puedo evitar que una sonrisa se forme en mis labios. Vaya tonta estaba hecha aquella chica.

Me meto en la ducha y dejo que el agua fría me agarrote todos los músculos en un fuerte temblor que me recorre de arriba abajo, para luego suspirar casi con placer. Cojo el champú del pelo con una prisa casi irreconocible, prisa por salir a la calle, a que me dé el frío en la cara, a volver a sentir algo. Y eso solamente significa una cosa que mi cuerpo esté pidiendo. Drogas. De las más duras que encuentre en los suburbios en los que me suelo meter. ¿Que nadie sabía que soy un yonki? Bueno, pues ya lo saben, aunque no soy muy dado a estas mierdas. Solo las todo de vez en cuando; uno, cuando mi economía de mierda me lo permite, dos, cuando estoy muy quemado con la vida o tres, cuando me apetece vivir algo intenso, como en estos momentos.

El jabón de mi pelo se escurre con rapidez mientras me lavo el cuerpo con más velocidad si cabe. Si me doy un poco de prisa, quizás llegue antes de que los “veteranos” y pueda pillar algo de calidad. Oh, quizás hasta me decidía a dedicarle una mini-mini sonrisa a una de esas criachuelas que viven en La Casa del Terror. Anna Elle siempre me dice que sea simpático con ellas, que me ven como el chico guapo y mayor del “hotel” y que con que tan solo les guiñase un ojo ya estarían felices para toda la semana. Se supone que no debería costarme nada, no a uno persona normal pero es que yo me escapo con mucha ventaja de los límites de lo común.

Y eso, que antes de lo que me doy cuenta estoy saliendo con la toalla anudada a la cintura, la ropa en los brazos y el pelo chorreando, camino a mi habitación. La rutina de siempre, pantalón negro, camiseta de grupo desconocido para la inmundicia musical actual y Doc Martens. Me seco el pelo con prisas, tan solo casi enseñándole la toalla al mismo, cojo la chaqueta y la cartera y me largo de allí con prisas. Nadie se cruza en mi camino, nadie se atreve y como un jodido yonki salgo con los labios apretados hacia las afueras de la ciudad. Algunos me dirían que a donde diantres voy, ya no solo por el tema de las drogas, sino porque hace una escasa hora estaba tumbado en la cama semidesmayado. Pero soy así, que le vamos a hacer.
Camino con rapidez, pisando fuerte y tan solo me lleva unos veinte minutos llegar a los suburbios. Otro escenario de pelis de terror. Fábricas antiguas abandonadas, con la mayor parte de los cristales rotos, ratas que parecen leones apareciendo de detrás de los contenedores que debe hacer unos diez años que no vacían y, al fondo de todo, junto a una hoguera, los que van a ser mis amigos durante lo que me dure lo que me fume. La primera vez que pisé este sitio fue hace dos años, estaba tan asquerosamente mal que pensé que sería bueno perderme por algún lado, que igual las ratas me acogían en sus cloacas. Y algo parecido sucedió. Llegué a este mismo sitio y la gente que me encontré casi que también vivía en las cloacas, me ofrecieron un poco de su mierda, gratis, para engancharme y bien que lo consiguieron. Al día siguiente estaba allí para pedir un poco más pero después de lo que me clavaron, tuve que ahorra un poco más para volver a pillar algo. Y a esto se reduce mi vida, ahorra para comprar esta mierda y cds nuevos. Esos son mis hobbies.

Me acerco a un chico con rastas, ventipico años y que se está liando un cigarro. Carraspeo con suavidad y se gira hacia mí. Me mira de arriba abajo con cara de incredulidad y antes de que me pregunte nada le doy los veinte euros que llevo en la cartera. Sonríe y mete la mano dentro de su cazadora para sacar una bolsita con unas pastillas azul claritas. Lo miro con el ceño fruncido, al ver que no me devuelve un solo céntimo.

-Es de buena calidad, amigo. Es el mejor dinero que has invertido en toda tu vida para darte un buen colocón. Yo de ti me la tomaría al aire libre, en un banco del parque o algo, te va a entrar calor y, bueno, ya verás lo demás –dice riendo y a la vez dejándome la pastilla en la mano.

Asiento con la cabeza, me doy la vuelta y echo a andar fuera de aquel sitio con olor a… bueno, de todo. No es que vaya a hacerle caso e irme a un banco pero es que conque esté un segundo más allí acabaré vomitando hasta la primera papilla. Y, nada más poner un pie sobre la acera, me trago la pastilla con esfuerzo, notando como me rasca la garganta y apretando los ojos con fuerza. Y ¡venga! Suerte Theron, va a ser tu primer colocón en plena calle. Sin duda, esto promete mucho. Solía fumar en cualquier callejón oscuro o meterme cualquier cosa en un sitio abandonado pero hoy me ha salido la vena… no sé ni como llamarla, la verdad. Y, al instante, tengo que parar mi caminata y tomar aire un par de veces ¡vaya jodido calor! Me saco la chaqueta como puedo,  mientras que los colores a mi alrededor se van intensificando, se van haciendo más brillantes y las cosas empiezan a moverse con más lentitud de lo habitual. Camino hacia el centro de la ciudad, hacia la calle principal mientras una sonrisa estúpida se pinta en mi cara, vaya guasa que llevo encima. Las luces de las farolas me fascinan, como se mueven los fotones o lo que diantres sea que lleva. Me río, como si fuese un niño pequeño y me cuelo por una de las callejuelas que llevan a la peatonal, la calle principal. En entonces cuando los efectos empiezan a cambiar de nuevo ¡joder! las luces dejan de moverse y mi visión se torna un poco más centrada pero el calor es persistente, asfixiante. Ahora se me da por mirar a la gente, fijarme en su forma de caminar, de mover las caderas, los pies e incluso las manos. Dejarme seducir por cualquier contoneo que se me cruce por delante de la vista pero lo que no esperaba es justo lo que toca mi espada, con suavidad, cuando llevo unos metros recorridos de la peatonal. Me giro con lentitud, no vaya a ser que me caiga (cosa que veo muy posible, bueno, “veo”). Y allí está Hylekia, con una sonrisa vaga, casi miedosa y su mano derecha, con la que me ha tocado en hombro, temblando en el aire.

-Hola, preciosa –digo, para sorpresa de ambos, puesto que la cara de Hylekia se torna, literalmente, tan pálida como la cal para luego colorear sus mofletes con un suave color rosado.

-Te he visto… y, me preguntaba qué tal estabas –dice rápido, sin sentido casi, temblándole un poco la voz.
¿La estaba poniendo nerviosa? Bueno, yo lo estaría si el tipo extraño y callado de la clase, que se ha puesto como un loco a gritar en clases para luego caer desmayado me estuviese piropeando.

-Perfectamente –bueno, gracias a la mierda que me había tomado pero sí, estaba de puta madre y estaba manteniendo una conversación civilizada. O bueno, eso creía hasta que la pastillita siguió haciendo de las suyas.

Me fijo más detenidamente en Hylekia, algo me hace hacerlo. Fijarme en su chaqueta ceñida, en sus manos blancas y finas, sus pestañas largas, su morderse de labios, su mirada clavada en la mía y aquel rubor que no desaparecía. Oh, joder. Puto yonki, ya me podía haber avisado que aquella mierda me iba a poner el lívido por las nubes. Ahora entiendo su sonrisita socarrona. Por todos los dioses, no puedo dejar de mirarla, no puedo dejar de imaginarme cosas prohibidas con ella. Lo que me faltaba, joder, lo que me faltaba a mí.

-¿Puedo hacerte una pregunta? –dice, todavía con voz temblorosa.

-Eso ya lo es pero por ser tú, te dejo que me hagas incluso otra –río, ¡río, yo!

Sonríe como una tonta, con la mirada en sus zapatos y frotándose las manos antes de ponerse a hablar de nuevo.

-¿Me has perdonado? No sé si las leído la carta, la dejé en el bolsillo de tus pantalones, cosa que creo que tampoco debería haber hecho.

-Oh, por supuesto. Soy un ogro pero a las chicas guapas suelo perdonarlas. Tan solo no me toques jamás otra vez y… -espera, eso no es lo que quiero. No, sin duda que no. Quiero sus manos por mi cuerpo, ahora, que se funda con el calor que me está abrasando las entrañas-. Bueno, ahora mismo podría hacer una excepción. No quieras entenderlo pero es así –le susurro al oído, acercándome a ella para luego colocar un mechón de su pelo detrás de su oreja.

-¿Theron? –su voz temblorosa me roza junto al oído, haciendo estremecer casi.

Uh, pero ya no respondo de mis actos ni de nada en estos instantes. Ha sido rozar su piel y que todo se incendiara más todavía, que hubiese una explosión en mi interior, que quisiera y quiera tenerla aquí y ahora. Y, ¡qué coño! Sonrío de medio lado, la agarro con suavidad por la mandíbula y la acerco a mí, a mis labios. Joder y es que me la como entera. Está sorprendida, vamos ¡y quién no! Al principio se queda quieta, como una piedra, asustada pero estoy en frenesí y me atrevo a todo, incluso a darle una decena de besos por segundo, casi separando nuestros labios imperceptiblemente. Y en ese momento vuelve a decir mi nombre, más agudo, más alto, más contundente. Pero bueno, fuerte y contundente si que es la bofetada que resuena contra mi mejilla izquierda pero joder, como ha merecido la pena. Empieza a echarme la bronca, casi sin acertar a decir nada pero le sonrío y me doy la vuelta todavía con una sonrisa.

-Hasta mañana, Hylekia –digo con una carcajada y en el fondo espero que todavía vuelva a darme una paliza.

Soy un insensato. Soy un insensato, loco, puesto hasta las trancas que acaba de besar a su compañera de pupitre, esa que todos se quieren tirar y que, sin duda, después de lo que he hecho puede que me caiga alguna paliza. Y bueno, la verdad no sé como diantres llego a La casa del Terror pero llego y me meto en cama todavía en éxtasis, con ropa y botas.

3 de septiembre

Manos pegajosas. Dolor de espalda. Migrañas. Algo que se me clava en una pierna y, como banda sonora de todo, el despertador; el cuál deja de sonar después de uno de mis típicos manotazos. Joder, vaya mañanita. No recuerdo absolutamente nada, en realidad, no sé porqué tengo todavía las botas puestas, los pantalones y ropa interior semibajada y la carta de Hylekia está encima de la almohada. Oh, joder, Theron ¿qué diantres has hecho? Me llevo una mano a la frente, intentando recordar, cerrando los ojos con fuerza. Una pastilla azul. Eso es lo primero que se me viene a la mente. Luces parpadeantes, sonrisas, gente caminando. Hylekia. Espera. ¡Hylekia! Abro los ojos con espanto cuando las imágenes descolocadas de mi mente van tomando forma. Joder. Joder, joder, joder. Yo hablando con Hylekia y, lo que todavía es peor ¡besándola! Madre del amor hermoso, en la peatonal, delante de todo el mundo. Por todos los dioses, que si no llega a ser porque estábamos rodeados de gente me la hubiese merendado allí mismo, que por ganas no eran. Vale, después había conseguido llegar a mi cama sin muchos más ajetreos, me había metido en ella pero a los pocos segundos me había levantado a por la carta de Hylekia. Y… Joder. Puta pastilla. Puta lívido. ¡Vaya asco! Necesitaba una ducha. Ya. Acaba de comprender las últimas piezas del rompecabezas, esas que incluían las manos pegajosas y la ropa bajada.

Joder, la que me esperaba en clases.
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I'm Theron



T h e r o n 


Me pongo los cascos del mp3 y en menos de diez segundos She Wolf the Megadeth estalla en mis oídos a un volumen estratosférico. Muevo la cabeza casi imperceptiblemente al ritmo de la música mientras que frunzo el ceño malhumorándome a pasos agigantados. Jodida lluvia, como odiaba mojarme. Me queda media hora de camino para llegar al instituto pero por suerte voy con tiempo de sobra, cosa que no suele pasar el 99% de los demás días. Las calles todavía estás oscuras, iluminadas mínimamente por las farolas que hay cada seis metros en la acera. Los coches circulan con rapidez y pronto se empiezan a escuchar los bocinazos enfurecidos de la gente que no sabe tomar una rotonda; vaya par de imbéciles, por favor.

Con más de la mitad del camino recorrido ya comienzo a ver a gente del instituto, algunos más jóvenes que yo y otros de mi edad. Todos sonrientes, charlando con los compañeros que van a su vera y, sin duda, especulando sobre los profesores que le tocarán en el venidero curso. Esas cosas han dejado de importarme, sin duda. Todos son igual de cabrones y no quieren más que hacerte sufrir, así de claro y sin excepción. Les caigo mal, como a toda la sociedad y ni siquiera se esfuerzan en mirar mi historial para saber que me pasa e intentar comprenderme un poco. Pero lo prefiero, no quiero ir dando pena por ahí y que me miren como si fuese un perro precioso pero con pulgas al cuál jamás te acercarías.

Medio cd de Megadeth escuchado, puertas del instituto abiertas ante mí. Las miro fijamente, como el que va observando la puerta que está al final del corredor de la muerte, así es como me siento. Aquí es donde termina la laguna Estigia, que es el camino al instituto y este es el puto infierno. Me saco los cascos con parsimonia mientras que comienzo a subir las escaleras hacia el último piso, donde siempre está la case de artes de 2º de Bachiller. Veo a un par de chicas que ya habían estado conmigo el curso pasado en clase, me miran de soslayo durante los segundos que paso a su lado y cortan su conversación, quedándose calladas hasta que estoy a una distancia prudencial y comienzan a cotillear de nuevo, ahora en susurros. Soy el primero en llegar a clases y tras echar un vistazo, me siento en el pupitre del fondo de la mesa más alejada del profesor, allí, en el fondo sur donde pasaré desapercibido todo el jodido curso. Bueno, pasar desapercibido sería un milagro que, sin duda, no se cumplirá.

Para mi desgracia, cuando empiezan a llegar los demás alumnos comienzan a juntar las mesas de dos, al grito de “¡si los profesores ya encuentran las mesas de dos no nos van a decir nada!” y ale, todo el mundo a arrastrar mesas y sillas como si fuesen unos elefantes en una cacharrería. Levantad las mesas, por favor. Sin duda, la única mesa que queda sin unir es la que está al lado de la mía y yo no pienso moverla para que cualquier nuevo se siente a mi lado, uno que no me conozca y se me ponga a dar la chapa. Escucho a gente que me grita que junte esa mesa con la mía pero ni siquiera me inmuto ante los insultos que la gente me regala. Que os den, sin duda.

Pasados tres minutos ha legado toda la clase y es en ese instante cuando entra el profesor por la puerta, cerrándola tras de sí. Todavía no se ha sentado cuando alguien toca la puerta y es en ese instante cuando se asoma la cabeza de Hylekia por la puerta. Asustado, miro si queda alguna mesa libre a parte de la que se encuentra a mi lado pero no, estaban jodidamente contadas. Ella también se da cuenta de lo que pasa y con la cara un poco tensa, acude hacia el final de la clase y, tras los susurros de la mitad de la clase de que junte la mesa, lo hace con disimulo mientras el profesor mira algunos papeles.

Me saluda por lo bajo cuando se sienta a mi lado pero parece no importarle que no le conteste. Lleva en mi clase unos cuatro años y ya sabe que soy el raro que no abre la boca salvo en situaciones límites para soltar una sarta de palabrotas. Recuerdo el primer día que ocurrió aquello, en un examen de inglés en el que toda la clase estaba hablando y no dejaban que me concentrase. Después de 20 minutos leyendo la misma frase el texto, se me hinchó la vena de la cabeza y grité un “¿os queréis callar todos de una jodida vez?” y, sin duda, surtió efecto. Todos se giraron hacia mí, anonadados. Tenía fama de ser mudo de verdad pero aquello confirmaba que podía hablar. Hasta la profesora me miró sorprendida tras aquel hecho inaudito.

Hylekia se frota las manos con suavidad antes de abrir la mochila y coger sus cosas, con la mirada clavada en la semioscuridad de la misma. Parece nerviosa, seguramente por su cabeza no paran de pasarse un millón de ideas sobre mi persona. Que si soy un psicópata y por eso no hablo, que si soy un violador y a saber que más cosas. Le tiemblan suavemente las manos cuando deja la agenda sobre la mesa y el libro de Historia del Arte; así que aquella asignatura era la que teníamos. Perfecto. La oigo susurrar un suave joder mientras escucho de fondo como el profesor comienza a pasar lista “para irnos conociendo”. Frustrada, Hylekia tira la mochila al suelo y se cruza de brazos sobre la mesa. La menciona el profesora y alza la mano diciendo yo para, seguidamente, escuchar salir de los labios del profesor mi nombre. Ni siquiera alzo la mano, no quiero que la gente me mire, que sepan mi nombre. No quiero nada que nos relacione.

-¿Theron? –vuelve a repetir el profesor.

-Es mi compañero –contesta Hylekia por mí, sorprendiéndome.

-Qué pasa, señorita, ¿acaso su compañero es mudo y no sabe contestar?

Me contengo las ganas de sonreír. La clase se queda totalmente en silencio y  el profesor frunce ligeramente el ceño al ver que su broma no ha tenido gracia. Levanto un poco la vista de la mesa, donde la he mantenido clavada todo el tiempo y lo veo hojear su cuaderno. Asiente levemente con la cabeza, sin duda acaba de encontrar algo sobre mí que ponga “es el raro” o algo similar. No dice nada, ni siquiera pide disculpas por su mierda de gracia y se dedica a seguir pasando lista.

Hylekia se revuelve en su asiento y vuelve a frotarse las manos dos veces, casi seguidas y toma aire con fuerza.

-Vale. Sé que no te gusta hablar y que sin duda no me vas a contestar, ¿pero podrías dejarme un bolígrafo? –dice de carrerilla y se estaba dirigiendo hacia mí.

Quería decirle que sí, que no tenía problema en prestárselo ya que tenía uno de sobra, de que me alegraba de que se dirigiese a mí casi con normalidad pero en vez de eso me quedo con la mirada clavada en las vetas de la madera, tenso, casi sin respirar. Ella espera un gesto, un algo que le haga saber que puedo dejarle el bolígrafo. Pero nada de eso ocurre. Es en ese instante cuando la chica que está delante de nosotros se gira para tenderle un boli a Hylekia.

Ésta se lo agradece con una sonrisa y coge una hoja de su fichero para tomar nota de cualquier cosa que diga el profesor. Vaya ganas, yo ni siquiera he sacado las cosas de la mochila pero me veo en la obligación de hacerlo cuando el profesor se levanta y oigo como escribe algunas cosas en el encerado. Me cuesta horrores levantar la vista para poder copiar, he perdido toda la practica desde el año pasado. Me da miedo que alguien de las primeras filas esté girando hacia atrás y clave su mirada en la mía o que mismamente el profesor me pille mirándolo y que me haga cualquier tipo de pregunta (cosa que veo casi imposible) pero que si me quiere hundir, lo hará. Me tomo mi tiempo, con lentitud abro la libreta y saco un bolígrafo de la mochila. Por suerte, el profesor dice en voz alta lo que está escribiendo, por lo que me ahorro tener que levantar la vista y escribo con lentitud y buena letra lo que dicta.

Y en eso consiste toda la clase, dedicarse a copiar al pie de la letra lo que sale de la boca de aquel licenciado. Un aburrimiento. Y solo es la primera clase del curso, vaya tortura.

Y bueno, aquel castigo se extiende dos horas. Repetidamente, acaba la clase y viene una profesora, al parecer, de Lengua Castellana. Se repite lo mismo que en la primera clase, dice mi nombre e Hylekia contesta por mí. No sé porqué lo hace pero me hace sentir bien aunque jamás se lo pueda decir. Me hace sentir como que le importo a alguien. Qué loca estaba esta chica, sin duda, estaba jugando con fuego, con la exclusión social con que se relacionase mucho conmigo; aunque, por lo que tenía oído, era medianamente popular y se llevaba bien con casi todo el mundo. Un caso extraño de chica, sin duda.

En esta clase ya ni siquiera me preocupo por tomar notas, tan solo me dedico a dibujar en la libreta. Un árbol, lleno de ramas y sin hojas, realmente aterrorizante. Y en eso me paso toda la clase. Cuando suena el timbre indicando el primer recreo suspiro casi con alegría, primeras dos horas superadas. Hylekia se levanta cuando el profesor lo indica, se pone su chaqueta y sale disparada a hablar con una de sus amigas que está sentada en una de las primeras filas. Sin duda, me tocaba ser el tema de conversación de esas dos chicas durante todo el recreo. Me quedo en mi sitio, cojo el mp3 de nuevo, me recuesto contra la pared y me quedo allí sentado, solo, como siempre.

Me hundo en lo más profundo de mí mismo, donde nada me duele, donde nada me importa. Y así me quedo todo el recreo, buceándome entre mis más oscuros pensamientos, pensando en que mi vida es una mierda y todas esas cosas que me dedico a pensar siempre. Toca el timbre, indicando que otras dos horas de sopor se acercan con rapidez. Mantengo la música un rato más, por lo menos hasta que llegue el profesor (y eso con un poco de suerte, si no decido evadirme por completo y dejarla puesta mientras él o ella da la clase).

Hylekia vuelve hacia su sitio, quitándose la chaqueta de camino y atusándose un poco su melena pelirroja. Coloca la chaqueta tras la silla y se queda parada delante de ella, al parecer con la mirada clavada el mí. Tan solo la estoy viendo por el rabillo del ojo, por lo que no tengo claro si está hablando con alguien de las filas de adelante o qué narices está haciendo. En entonces cuando sus manos, finas, blanquecinas y con las uñas rojas me toman por la mandíbula haciendo que me gire hacia ella. Me pongo más que tenso, realmente enfadado ¡¿cómo diantres se atreve a tratarme así?! ¿Cómo es que se atreve a tocarme? Antes de que pueda alejar sus manos de un zarpazo me dio cuenta de que está moviendo los labios, de que al parecer me estaba hablando a mí. Estúpida ¿es que no se ha dado cuenta de que estoy escuchando música? Jodida Hylekia, si estuviese un poco más desequilibrado la estrangulaba allí mismo pero por el contrario me quito los cascos, de un tirón y a ella se le queda la cara más blanca de lo normal. Es entonces cuando retiro sus manos de mi cara con un zarpazo, cuando me empieza a quemar su contacto.  Clava su mirada en la mía, como pidiéndome disculpas y le devuelvo la mirada, envalentonado y realmente furioso. Tan furioso como aquella vez en el examen de inglés.

-¿Qué cojones te pasa a ti? –grito, al igual que en aquel examen, haciendo que todos se giren hacia nosotros.

-Lo siento –tartamudea simplemente.

Se frota las manos indefinidas veces antes de sentarse e incluso cuando se estaba flexionando para poner su culo contra la silla sigue con aquel meneo de manos. La sangre me quema en la venas, escucho los latidos de mi corazón palpitando en mis orejas, ensordeciendo todo lo que ocurre a mi alrededor. Tan solo siento un calor insoportable, unas ganas de arrancarme la piel donde me ha tocado Hylekia y de gritarle cuatro cosas pero ya se me ha pasado el momento valiente y no creo que vuelva abrir la boca en lo que queda de día.








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