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Aquella madrugada dormía fuera de casa, me encontraba anclada en la mitad de un pasillo con una manta azul envolviéndome, protegiéndome del frío pero sorprendentemente me sudaban las manos. Estaba allí de pie, escogiendo que puerta atravesar, si la entreabierta o la que estaba cerrada. 

La segunda fue la que escogí tras haberlo estado pensando durante unos minutos, sí, unos minutos plantada en medio de un pasillo a oscuras, con frío y las manos llenas de nervios. Me decidí y entré, sabiendo perfectamente lo que iba a decir ¡lo llevaba pensando más de diez minutos!
Lo primero era darle forma con palabras a la escusa que me había llevado hasta allí interrumpiendo el sueño de otra persona. Lo segundo era la petición de no dormir sola, de que me hiciese un hueco. Y los nervios se esfumaron rápido, de golpe, mi corazón palpitando rápido empujando los restos de ese agobio estúpido y momentáneo porque la respuesta fue sí. 

Me acurruqué en la cama, todavía envuelta en la manta azul, girada hacia donde se suponía deberías estar tú, cerca. Cogí un poco más de la poca valentía que me quedaba ya es los bolsillos y alcé mi mano hacia el lugar en el que deberías estar. Pronto mis dedos se perdieron entre tu barba, por detrás de tu oreja y entre tu pelo y era inevitable, realmente lo fue, que mis labios terminasen buscando los tuyos. No fue ese el hecho que me hizo sonreír por si solo y llenarme de alegría y esperanza sino que fue eso de "no sabes cuanto tiempo llevaba esperando esto". Eso sí que te remueve las mariposas del estómago, las vuelve locas de verdad. 

Descontroladas estaban todavía cuando más tarde sentí un abrazo sobre la piel de mi espalda que me hizo sentir querida, que me dio confianza, ternura, cariño, felicidad. Y no me di cuenta hasta ese momento de lo mucho que echaba de menos aquella sensación, lo mucho que la sigo echando en falta ahora. 
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